viernes, 31 de julio de 2020

SOBRE LA REAPERTURA DE IGLESIAS

Fuente: Instituto Bartolomé de las Casas

Ante la presión para reabrir las iglesias y permitir aglomeraciones, corresponde una respuesta pastoral que combine caridad y firmeza. Ante todo, ser contundentes en refutar las voces irresponsables que buscan invalidar las restricciones dadas para resguardar el bien común bajo la falacia de que atentan contra la libertad religiosa. Sus argumentos no solamente carecen de sensatez, sino que lo más grave es que distorsionan la imagen del Dios cristiano que ha venido a que tengamos vida en abundancia (Juan 10:10) y que, por tanto, no quiere más contagios y muertes por COVID-19. El cuidado de la vida humana, incluso por encima del culto religioso, es un tema central en la revelación bíblica: “Misericordia quiero, no sacrificios (Oseas 6:6). Al final, el verdadero culto es ofrecer la vida por los hermanos: Amar a Dios es amar al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:37-40). Contribuir a evitar los riesgos de contagio es un acto de amor a los hermanos y, a la vez, un acto de culto al Dios que ama incondicionalmente a la humanidad.

Pero simultáneamente se requiere empatía con el gran número de creyentes que extraña asistir al culto comunitario, y en el caso de los católicos, celebrar la Eucaristía y recibir los sacramentos. En la Iglesia católica, nuestra experiencia religiosa está estrechamente conectada con la dimensión sacramental de la fe. Cada domingo somos invitados a congregarnos en torno al altar y la Palabra de Dios para celebrar la Eucaristía que es “fuente y culmen de toda vida cristiana” (LG 11). Es decir, todo lo experimentado en la semana lo compartimos con el Señor y la comunidad, y en ese encuentro aumentamos nuestro deseo de cultivar una vida de fe, esperanza y caridad. Es retador pedirles a los fieles ayunar del pan eucarístico y del encuentro con los hermanos.

Sin embargo, las circunstancias nos obligan a ayunar de la Eucaristía. ¿Qué hacer ante esto? Pues ni caer en los discursos irresponsables que juzgan estas restricciones injustas, pero tampoco descalificar la legítima ansia de los fieles por participar de la misa dominical. Lo que corresponde es reeducarnos para ampliar nuestra imaginación teológica, de tal manera que, mientras aguardamos el retorno del culto, estemos abiertos a crecer en la fe en estos tiempos extraordinarios. Eso implica estar abiertos a reconocer la presencia de Dios en nuevas formas que, si bien no reemplazarán la Eucaristía, nos ayudarán a que esta adquiera un sentido más profundo y conectado con la vida.

En otras palabras, la actual crisis sanitaria y social está planteando el reto de mirar la sacramentalidad de la Iglesia desde ojos renovados. Ante la suspensión de la administración presencial de los sacramentos, la comunidad cristiana está llamada a profundizar sobre esta enseñanza del Concilio Vaticano II: “la Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión” (SC 9).

Si afirmamos que la naturaleza y misión de la Iglesia es ser “sacramento de la unión íntima con Dios y de la unión de todo el género humano” (LG 1), la pandemia es una oportunidad para reavivar la convicción de que somos una comunidad visible de cristianos que, a través de su testimonio, portamos, manifestamos y comunicamos la gracia salvífica de Cristo. La sacramentalidad de la Iglesia, por tanto, refiere a cómo la Iglesia es puente entre lo humano y lo divino en una manera en que ambas dimensiones son indisociables. Es irresponsable decir que hay que priorizar la salud espiritual a la salud corporal, porque, ambas son interdependientes y complementarias.

En otras palabras, por medio de su relación con Cristo, la Iglesia da un significado tangible a la gracia redentora de Dios y la encarna en los pueblos y culturas de la tierra. Más aún, si la Iglesia y los sacramentos no están enganchados con la vida de quienes participan de ellos, no pueden ser vehículos eficaces de la gracia de Dios. Y lo sería menos si pretendiese continuar con las misas presenciales sin considerar que son focos de contagio. Actuar de esta manera es un acto de egoísmo e indiferencia ante una sociedad herida por la pandemia y, sin duda, un acto contrario a cómo Dios quiere que vivamos.

Un buen ejemplo de cómo recrear la dimensión sacramental en tiempos de pandemia lo estamos viendo cada domingo en las misas transmitidas desde la Catedral de Lima. El arzobispo Castillo nos propone palabras o signos que capturan las tristezas y las alegrías, los gozos y las esperanzas de nuestra nación. Nos ayuda a mirar las experiencias retadoras y desgastantes de la pandemia desde los ojos de la fe, aviva nuestra esperanza y nos exhorta a practicar la caridad en medio de tanto sufrimiento.

Por lo dicho, la práctica sacramental no se reduce a un rito que repetimos. Es un espacio y tiempo de encuentro con Dios y los hermanos, examen del camino recorrido y discernimiento de la voluntad de Dios para nuestras vidas. Es una oportunidad para renovar nuestra vocación personal y comunitaria de ser “sacramento de salvación”. Qué duda cabe, estamos ante un momento donde ese testimonio es más necesario que nunca. A la larga, las iglesias no han cerrado, ya que estas son constituidas por las comunidades que, a pesar de la distancia social, siguen actuando en el mundo.

Hoy hay tantos cristianos (y no cristianos) que están actualizando el sacrificio martirial de Jesús, haciéndose pan partido para los hambrientos, consuelo para los que están de duelo, esperanza para los angustiados, oxígeno para los infectados. Ver esa entrega por amor gratuito es una invitación para asumir nuestro compromiso cristiano con mayor coherencia y decisión. Y será aquello que presentaremos como dones cuando podamos volver a celebrar la Eucaristía cara a cara. Porque hemos visto y oído que aquello que creemos y celebramos no son conceptos vacíos, sino palabra hecha vida por hombres y mujeres de carne y hueso.

Mientras llega ese día del retorno a la Eucaristía presencial, nos toca profundizar la fe a través de las misas virtuales, la escucha de la Palabra de Dios u otras formas de oración. Pero, especialmente, nos toca acrecentarla desde el encuentro con el mundo que nos rodea, dejándonos afectar por lo que sucede. “Nada de lo que es humano es ajeno al corazón de los discípulos de Cristo" (GS 1).

A ejemplo de San Ignacio de Loyola, hemos de buscar a Dios en todas las cosas que van ocurriendo, las personas que nos vamos encontrando, en las luces y las sombras de este tiempo insólito. Este "peregrino loco por Jesucristo" nos enseña que la fe no consiste en certezas absolutas que nos sirven como "seguro de vida" y nos estancan en lo que siempre se ha hecho. Al contrario, es apertura a los cambios, en lo bueno y lo malo que traen, y el aprender a discernirlos desde la convicción firme que la vida adquiere sentido si la empleamos para "en todo amar y servir". En entrar en ese dinamismo, reconozcamos la gracia de Dios haciéndonos testigos de la vida y el bien en medio de la muerte y el mal traído por la pandemia.



viernes, 24 de julio de 2020

LA PANDEMIA DESDE LOS OJOS DE LOS POBRES

Fuente: RPP Noticias

Voces desesperadas claman por ayuda en todas partes del Perú. La imagen de una mujer persiguiendo la comitiva presidencial en Arequipa para pedir ayuda por su esposo enfermo, la de un periodista en Amazonas describiendo en lágrimas la situación de los hospitales en esa región, y la lista continúa. A pesar de los discursos oficiales de que caminamos hacia una “nueva normalidad”, la realidad es que el COVID-19 nos está golpeando sin piedad.

Quiero pensar que la mayoría se deja conmover por esta tragedia; más aún, porque cada vez son más los afectados por sus estragos. En esas cosas increíbles de la naturaleza humana, cuando uno palpa el dolor está más abierto a empatizar con el de los demás. Eso quizás explique porque, simultáneamente al avance de la pandemia, se ve la respuesta solidaria de tantos que quieren sumar un grano de arena para paliar sus efectos.

Qué duda cabe, estamos en un tiempo que nos desafía a vacunarnos contra la indiferencia y el egoísmo. Pero esta sensibilidad en expansión no puede quedarse en acciones personales, por más buenas, justas y necesarias que estas sean. Hay algo más en juego y es preguntarnos por qué un país que se creía económicamente exitoso está hoy en el ranking mundial del COVID-19. Claramente, nuestras prioridades han estado mal centradas y necesitamos cambiar.

Habiendo mucho por decir al respecto, me parece urgente una cosa: toca aprender a mirar el Perú desde el “reverso de la historia”. El teólogo Gustavo Gutiérrez acuñó esa expresión para recalcar que la justicia y la paz solo podrán ser reales si escuchamos la voz de quienes sufren la pobreza. El drama de ser pobre en países como el nuestro es que, además de carecer de lo mínimo para subsistir, son tratados como no-humanos. El papa Francisco habla de la “cultura del descarte”, que desecha a los pobres por considerarlos insignificantes, gente que no tiene nada que aportar a un mundo regido por la eficiencia y la hiper-productividad.

El signo más claro de la primacía de la “cultura del descarte” en el Perú son las respuestas a la emergencia sanitaria. Hemos visto cómo se dan medidas que, aunque bienintencionadas y lógicas, desconocen la realidad del mundo de los pobres y lo profundo de las desigualdades en países como el nuestro. No se consideró que un porcentaje alto de hogares peruanos no tiene un trabajo formal, un salario digno, un fondo de pensiones o una refrigeradora que le permita sostener una cuarentena estricta y larga. En la distribución de subsidios monetarios o alimenticios, no se consideró que muchas personas en situación de pobreza extrema no aparecen en las bases de datos de los programas sociales del Estado. Quizás el drama más duro lo viven los pueblos indígenas de la Amazonía que, a pesar de todas las advertencias hechas, no recibieron la prioridad que les correspondía por su alta vulnerabilidad.

Entrar en el mundo de los pobres implica escuchar sus historias de sufrimiento y colaborar en que sean escuchadas. No son cifras, son personas las afectadas. Hay que reconocer que los pobres tienen un rostro y algo que aportar. Ese es el primer paso hacia su dignificación. Pero también hacia una proyección realista de las metas del país. Mirar a los pobres es el mejor antídoto contra los espejismos del éxito fácil, que nos ha hecho creer que todo avanzaba bien. Sus vidas truncadas por la pandemia del COVID-19 y tantos otros males son un recordatorio permanente de que el Perú es no solo un proyecto inacabado, sino un cuerpo enfermo.

Sin embargo, si miramos la realidad desde los pobres no solamente encontramos sufrimientos, sino motivos de esperanza. Como en otras épocas de crisis, las organizaciones populares han respondido ante la necesidad con solidaridad, creatividad y entrega. Por todas partes, los comedores populares y las ollas comunes se expanden. Y en el campo, las rondas campesinas reaparecen para ayudar a prevenir el contagio del virus. Los que menos tienen son los que más saben compartir. Si así respondiesen los que más tienen, quizás la situación del Perú ante el COVID-19 sería otra. El papa Francisco dice que los movimientos populares son “poetas sociales” que desde las periferias del mundo nos testimonian que un estilo de vivir más humano es posible.

Estando cerca del 28 de julio, no hay mucho que celebrar. Pero sí mucho que reflexionar para sanar la sociedad enferma en la que vivimos. Eso implica colocar a los pobres como centro de la agenda pública. Y eso solo será factible si hacemos el esfuerzo de mirar los estragos de la pandemia desde los ojos de los pobres. Interpelados por sus experiencias de dolor, descubriremos las verdaderas urgencias de este tiempo.


sábado, 11 de julio de 2020

JORGE ÁLVAREZ CALDERÓN


El padre Jorge Álvarez Calderón ha partido apenas 3 días después de haber celebrado 90 años. Las palabras no alcanzan para expresar la inmensa pérdida que este acontecimiento representa para la Iglesia del Perú. Indiscutiblemente, es uno de los artífices de la recepción del Concilio Vaticano II y del desarrollo de la Teología de la Liberación en nuestro país. Fue mentor espiritual para al menos 3 generaciones de cristianos que sueñan con una Iglesia pobre y para los pobres. Nos deja el testimonio de una larga y fecunda vida centrada en el Evangelio, que merece ser mejor conocida para inspirar nuevos caminos de búsqueda.

Jorge nació en 1930, en el seno de una familia influyente, adinerada y devotamente católica. Sin embargo, tempranamente descubrió que el mundo de la oligarquía no lo llenaba. Entre la catequesis para niños de la parroquia de Miraflores, la Juventud Estudiantil Católica (JEC) y la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC), descubrió que el Perú era mucho más que su reducido círculo social. Su participación en esos espacios significó una toma de consciencia sobre la responsabilidad de los laicos en el anuncio del Evangelio y en la construcción de la justicia. Para Jorge, era memorable el día en que, junto a un grupo de Unecos, se plegaron a las protestas contra el golpe de estado del general Manuel Odría. Profundizar en su fe como cristiano lo llevó progresivamente a reconocer su compromiso como ciudadano.

Ingresó a la Universidad Nacional Agraria para complacer a su padre, quien deseaba que Jorge se hiciera cargo de las haciendas de la familia. Sin embargo, guardaba en su corazón el deseo de ser sacerdote. Por influencia de su hermano mayor Carlos, quien estudiaba Letras en la Universidad Católica, se vinculó con el padre Gerardo Alarco. En las conversaciones con este mentor, confirmó su vocación de pastor. No obstante, tuvo que esperar un tiempo para comunicarle a sus padres la decisión, pues su hermano Carlos había decidido optar por el sacerdocio también. Temía que su padre fuera a oponerse, considerando que los dos únicos hijos varones se metían de curas. Pero no fue así, sino que recibió el apoyo familiar a su decisión.

Por intercesión de Alarco, el arzobispo de Lima Juan Landázuri envío a Jorge y Carlos, junto al joven Gustavo Gutiérrez, a realizar los estudios eclesiásticos en Europa. Hicieron la filosofía en Lovaina (Bélgica) y la teología en Lyon (Francia), siendo testigos de las innovaciones teológicas y pastorales que se planteaban por esos lares. En 1959, ya de vuelta al Perú, Jorge fue ordenado sacerdote de la arquidiócesis de Lima en la misma ceremonia que Gustavo.

El primer encargo pastoral que recibió Jorge fue como párroco de San Juan de Lurigancho, donde por entonces empezaban a formarse las primeras barriadas en medio de lo que tradicionalmente eran haciendas. Como signo de autenticidad, decidió fijar su residencia en un cuarto de la barriada de Tres Compuertas. Allí se encontró por primera vez con el mundo de los pobres, sus sufrimientos y sus luchas por alcanzar una vida digna. Al conocer el trabajo de las Hermanitas de Jesús en la periferia de Lima y la espiritualidad del francés Charles de Foucald, reconoció el llamado de Dios a colocar el servicio a los pobres como el corazón de su ministerio sacerdotal. Jorge siempre contaba que fue en San Juan de Lurigancho donde comprendió cabalmente las contradicciones del Perú y qué tipo de presencia eclesial era necesaria. En esa tierra tan insignificante para los hombres pero bendita a los ojos de Dios, descubrió la plenitud de su vocación en tanto se dejó evangelizar por los pobres.

Jorge fue una pieza clave en el proyecto del cardenal Landázuri de poner a la Iglesia al servicio de las barriadas de Lima. Desde su nombramiento en 1955, Landázuri había logrado comprometer a congregaciones religiosas misioneras y sacerdotes Fidei donum (todos ellos extranjeros) para encargarse de la Lima que surgía en los arenales sobre la base de invasiones y en medio de la más inhumana miseria. Por ser el único sacerdote diocesano peruano asignado a la atención de barriadas, Landázuri le solicitó ser la bisagra con los curas extranjeros y colaborar en su adaptación a una realidad social que les resultaba ajena. En esta tarea hizo equipo con su hermano Carlos y Gustavo Gutiérrez, quienes fueron los “maestros” de los “gringos”, ayudándoles a entender el Perú en ebullición de los años sesenta.

La visión del Concilio Vaticano II marcó a Jorge y a toda su generación. El anhelo de edificar una Iglesia con rostro humano en el Perú despertó una inquietud: cómo implementar la renovación eclesial en un territorio tan distinto del contexto europeo que permeaba los textos conciliares. La conferencia del CELAM en Medellín (1968) brindó una brújula para recibir el Concilio en América Latina. Los obispos del continente escucharon el clamor de los pobres y comprometieron a la Iglesia en la lucha por la liberación de toda injusticia como signo palpable de la salvación en Jesucristo.  El grupo de sacerdotes formado en torno a las figuras de Jorge, Carlos y Gustavo fueron sensibles a esta nueva sensibilidad pastoral latinoamericana cristalizada a la luz de Vaticano II y la escucha de la realidad local. Por ello, un par de meses antes de Medellín, se involucraron en la creación de la Oficina Nacional de Información Social (ONIS), movimiento de sacerdotes que buscaba concretizar la renovación conciliar por medio del compromiso con el cambio social en curso en el Perú.

Al calor de las reformas del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, ONIS se desarrolló como una voz crítica de las insuficiencias de la respuesta estatal y, simultáneamente, labró caminos para encarnar una evangelización liberadora de los pobres. Jorge fue designado secretario general de ONIS, contribuyendo al tejido de una red nacional de sacerdotes proclives a una nueva pastoral comprometida. En 1971, la realización de un encuentro organizado por la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) dio origen al Movimiento Fe y Acción Solidaria (FAS), que, bajo las mismas preocupaciones de ONIS, incorporó movimientos laicales y parroquias populares. Fue en estos espacios donde se forjó la Teología de la Liberación, al calor de la praxis de cristianos luchando contra la injusticia y la deshumanización imperante en el país.

Si bien Gustavo Gutiérrez fue la gran figura intelectual de este movimiento en el Perú, es indiscutible que Jorge fue uno de sus más destacados constructores. Como secretario general de ONIS y activo líder de FAS, aportó en el tejido de una red de relaciones a nivel nacional. Era el responsable de sostener las comunicaciones y de realizar visitas para cohesionar al movimiento. Asimismo, fue el autor de un libro breve donde reflexionaba sobre su experiencia pastoral en San Juan de Lurigancho incorporando las voces de los pobladores. Así comenzamos fue la primera sistematización de evangelización liberadora como una pedagogía y un método, que sirvió de referencia para los agentes pastorales que intentaban entrar en esta perspectiva.

Ante la efervescencia de los gremios de trabajadores durante el velasquismo, consideró necesario involucrarse en el mundo obrero como terreno de evangelización. Por ello, fundó el Movimiento de Trabajadores Cristianos (MTC) al cual dedicó largos años de su vida. Su inserción al mundo obrero lo condujo a seguir de cerca los paros generales del segundo quinquenio de la década de 1970 y denunciar los abusos del gobierno del general Morales Bermúdez contra los sindicatos.

En paralelo, estuvo activamente involucrado con el Instituto Bartolomé de las Casas, fundado en 1974 para promover iniciativas de formación, reflexión y práctica en la perspectiva de la opción preferencial por los pobres y la teología de la liberación. Jorge era un asiduo colaborador de los “cursos de teología” del Bartolo, que cada verano congregaron miles de asistentes entre 1971 y 2000. Allí siempre se le encontraba deseoso de aprender de la experiencia de los agentes pastorales de tantas diversas regiones del Perú y Latinoamérica.

Al dividirse la arquidiócesis de Lima en 1996, Jorge pasó a ser sacerdote de la diócesis de Chosica (Lima Este) en cuya jurisdicción está San Juan de Lurigancho. Allí fue párroco hasta su jubilación al cumplir 75 años. Asimismo, promovió el Programa Jóvenes, Discípulos y Ciudadanos que, hasta la actualidad, es una escuela de líderes cristianos comprometidos con el desarrollo integral de Lima Este.

Jorge fue un sacerdote diocesano. Fue parte de su itinerario reflexionar sobre qué era lo distintivo de esta forma de vida eclesial. Hacia el final de su vida descubrió a Antonio Chevrier y a la Asociación de Sacerdotes del Prado. En ellos descubrió una espiritualidad fecunda para dinamizar la vocación del sacerdote diocesano. Por ello, animó a jóvenes sacerdotes cercanos a los pobres a forjar una comunidad del Prado en el Perú. Más recientemente estuvo volcado a consolidar una rama laical del movimiento, que fue posiblemente su último sueño pastoral. Desde ese lugar, fue un promotor de la Mesa de Movimientos Laicales que integra a los diversos grupos de apostolado seglar adheridos a la Iglesia del Vaticano II y la opción preferencial por los pobres.

Sus últimos años los pasó en el Asilo de las Hermanas de los Ancianos Desamparados de la Av. Brasil. Era bastante conocido por ser el “padrecito” que más paraba en la calle que en el asilo. Incluso, en su retiro, no perdió ese dinamismo pastoral que lo acompañó toda su vida. Un cáncer al páncreas lo deterioró hasta producir su deceso el 10 de julio de 2020.

Pero quien ha dado la vida como Jorge la dio nunca muere. Los frutos de su ministerio son carne en personas concretas a quienes él acompañó en su proceso de hacerse cristianos adultos para el servicio del Reino de Dios y de los pobres. Sus amigos, al organizar la misa por sus 90 años, escogieron como lema esa bella imagen de Mateo: “sal de la tierra y luz del mundo” (5: 13-16). Que duda cabe que el testimonio cristiano de Jorge encarna esas palabras de Jesús. Que su memoria nos siga inspirando en el camino de dar razón de nuestra esperanza en el Perú de nuestros días, tan herido y a la vez tan lleno de esperanzas.

miércoles, 8 de julio de 2020

¿FIN DEL CONFINAMIENTO?



Fuente: Agencia Andina

Tras más de 100 días de medidas estrictas de confinamiento, el Perú empieza a flexibilizar su cuarentena. Y tal escenario abre varias preguntas sobre cómo avanzar hacia una “nueva normalidad” que permita la reapertura de las actividades regulares, pero sin bajar la guardia ante el COVID-19 que sigue siendo una amenaza latente.

Sin embargo, entrar en modo “reapertura” puede llevarnos a la tentación de pensar que ya todo pasó. La mente humana tiene facilidad para bloquear recuerdos incómodos y hacernos creer que todo está bajo control. Si como sociedad caemos en ese juego, rápidamente olvidaremos que la pandemia nos ha confrontado con el hecho que somos una sociedad enferma necesitada de atender profundos males estructurales.

No es mi intención entrar a plantear cuáles son esos problemas. Más bien, lo que quiero apuntar es que necesitamos examinar nuestras actitudes ante la “nueva normalidad”. Como individuos, familias o comunidades, no podemos pretender que nada ha pasado y volver a nuestros estilos de vida previos a la cuarentena. Si somos de carne y hueso, este tiempo duro nos debe haber dejado lecciones. Reconocerlas es una obligación moral.

Si examinamos el impacto de la pandemia en nosotros, nuestras familias y el país no solamente es por saber más. Lo hemos de hacer porque esta realidad nos ha afectado. Aunque en distinta magnitud, según el lugar donde nos ha tocado estar, algo ha provocado en nosotros. Escuchar esos ecos dentro de nosotros y en nuestros seres queridos es un paso necesario. En estos días, ¿qué hemos descubierto como lo auténticamente valioso? ¿qué da la verdadera felicidad? ¿y qué es superficialidad que nos engaña?

Pero también pasa por escuchar cómo ha impactado nuestros vecindarios, la ciudad donde vivimos, el Perú, el mundo. En tanto nuestra experiencia no es la única existente, es saludable conectarse a lo que otros han vivido para identificar aspectos comunes, así como descubrir dimensiones desconocidas para nosotros.

Este ejercicio de escucha atenta de uno mismo y del entorno -si se hace con profundidad y sinceridad- nos conducirá a reconocer cuánto dolor ha provocado la pandemia, así como cuanta solidaridad ha despertado. Si nuestro corazón no es de piedra experimentará compasión, que para los cristianos es esa emoción que nos hace conmovernos, identificarnos y comprometernos con la vida del otro.

Sentir compasión es un movimiento interior que no solo nos concientiza de los problemas, sino nos involucra en ellos. Nos mueve a la acción desde un genuino deseo de querer aportar al bien común. Por eso, esta reflexión nos confrontará con nuevas preguntas: ¿qué papel juego yo en todo esto? ¿cómo lo que veo me invita a crecer como persona? ¿qué puedo hacer mejor para sanar tanto sufrimiento?

En medio de todo el horror que hemos vivido, la pandemia es una oportunidad para que crezcamos en humanidad. No pasemos indiferentes ante sus consecuencias, habiendo solo acumulado anécdotas. Tenemos la alternativa de que el fin del confinamiento no solo sea una reapertura económica. Que sea también un tiempo para forjar juntos un Perú y un mundo más justo y fraterno.

sábado, 20 de junio de 2020

UN CORPUS CHRISTI DISTINTO, UN LLAMADO A REFUNDAR EL PERÚ

Fuente: Arzobispado de Lima

La imagen de la Catedral de Lima repleta de fotografías de peruanos fallecidos por los estragos del COVID-19 dio la vuelta mundo. Más de 5 mil familias acogieron la iniciativa del arzobispado de homenajear a los caídos por la pandemia en la misa del Corpus Christi. Tal cifra muestra la gravedad de la crisis, por lo que lo ocurrido no es una anécdota. Es un desafío que nos confronta con la urgencia de unirnos para reflexionar sobre el presente y el futuro de este Perú herido.

El volumen de fotografías expresa el “sabor amargo” que viven miles de familias, que no han podido ofrecer un entierro digno a sus parientes por las restricciones del confinamiento. El arzobispado de Lima ha acogido esta necesidad espiritual, pero dándole un sentido aún más hondo. No se trató de una suma de duelos privados, sino un acto público de duelo nacional. Desde sus hogares, todo el país pudo unirse a quienes han perdido a alguien y solidarizarse, porque todos formamos una sola comunidad, un solo cuerpo.

El arzobispo Castillo destacó el sentido cristiano de orar por los difuntos en el Corpus Christi: “Unir esas muertes con el Cuerpo de Cristo que significa solidaridad, cariño por la gente, esperanza”. De manera especial, agradeció a los héroes que murieron dando la vida combatiendo la pandemia, cuyo testimonio actualiza la entrega generosa del cuerpo de Cristo para salvar la vida del mundo.

Esas palabras son un recordatorio a los católicos del significado de la comunión eucarística. Cada vez que comulgamos confirmamos nuestro deseo de ser uno con Cristo, alimentarnos de su estilo de vivir humanizador y compartir su misión de reconciliación. Simultáneamente, como enseña san Pablo, reconocemos nuestra interdependencia con los otros miembros de la Iglesia, porque “aun siendo muchos, un solo cuerpo somos” (1 Cor. 10:17). Somos una comunidad unida en Cristo y alimentada por su Cuerpo, lo que nos transforma en “pan partido” y ofrecido para alimentar a los demás. Como dice el apóstol, “y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Cor. 10:16).

Pero este mensaje tiene un valor universal, aplicable a toda la ciudadanía. En simple, el Perú no podrá enfrentar la pandemia y sus consecuencias si no se une como una comunidad de hermanos llamados a salir de sí mismos para ofrecer sus cuerpos al servicio de todos. En las últimas dos décadas hemos vivido en un espejismo, creyendo que somos un “milagro económico”, invisibilizando nuestras profundas desigualdades y descartando a muchos en el camino. Hemos sido infectados del “virus del egoísmo”, cultivando un individualismo que lleva a prescindir de los demás y defender privilegios a costa del sufrimiento de muchos.


En la misa, el arzobispo Castillo denunció cómo esta mentalidad está metida en estructuras y organizaciones, poniendo el caso del sistema de salud, donde las clínicas privadas, las empresas de seguros y los proveedores de oxígeno han pecado de indiferencia ante el colapso de los hospitales estales. Castillo dijo que la salud en el Perú parece organizada para ser “un sistema de enfermedad, porque está basado en el egoísmo y el negocio, y no en la misericordia, la solidaridad y la dignidad de la gente”. Para descubrir la verdad de estas palabras basta entrar a las redes sociales para recoger los testimonios de pacientes, como el de la historiadora Gabriela Adrianzén, que sienten que el sistema funciona en contra suyo.

La pandemia es una desgracia, que podemos convertir en oportunidad para regenerar el país desde una visión que pone a las personas en el centro. Para el arzobispo Castillo, esto implica desterrar el egoísmo tan enraizado en prácticas cotidianas y estructuras sociales. Para ello, la tarea es educarnos en una conciencia de interdependencia, fraternidad y solidaridad que nos permita reconocernos como una comunidad de ciudadanos iguales, libres y hermanados. Sus palabras sintetizan dónde está la clave para refundar el Perú: “Nos debemos los unos a los otros, todo lo que tenemos es prestado y debemos compartirlo”.

Este Corpus Christi “distinto” nos alerta del riesgo que la tormenta pase sin que hayamos aprendido lo que hicimos mal y articulado una visión de futuro que realmente incluya a todos los peruanos. Si lo logramos hacer, ese será el mejor homenaje a los compatriotas caídos por el COVID-19. De lo contrario, como advirtió el arzobispo Castillo, lo que vendrá es una catedral llena de rostros de muertos por hambre y abandono. Evitar esto es responsabilidad de todos los que integramos el Perú, pero sobremanera de los poderosos que están llamados a “abrir sus corazones” y “el puño” para compartir lo que tienen. Ojalá estemos a la altura de este reto histórico y todos (especialmente los que más tienen) nos hagamos “pan partido y compartido” para calmar el sufrimiento reinante.

El hambre y tantas necesidades en el país son un “problema espiritual”, dijo Castillo, porque nos involucran a todos los miembros de la comunidad para encontrar salidas al drama que viven los más indefensos. Por tanto, no basta solo desarrollar respuestas técnicas a los problemas. Menos aún -como viene pasando- reducir el debate público a la reapertura de la economía, por más importante que esta sea. Necesitamos una visión de país que nos inspire y hermane, que sea empática y solidaria con los más vulnerables, que nos haga autocríticos y propositivos de cambios por la igualdad de oportunidades y la justicia. Esa es la respuesta pendiente ante la pandemia, en la que ya hay instituciones -como la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y el Instituto de Estudios Peruanos- ofreciendo insumos.

Gracias, arzobispo Castillo, por recordarnos lo esencial: de la pandemia debe emerger un nuevo Perú donde realmente seamos hermanos los unos de los otros.

domingo, 14 de junio de 2020

EL RACISMO: UN DESAFÍO ESPIRITUAL

Fuente: Steel Brooks/Anadolu Agency via Getty Images

Además del COVID-19, actualmente, los Estados Unidos enfrentan otra epidemia: El COVID-1619.  Esa frase se popularizó en las manifestaciones en Minneapolis, tras el asesinato del afroamericano George Floyd. Refería al año 1619 en que los primeros esclavos africanos desembarcaron en la colonia de Virginia. Y es que, por más guerra de independencia en 1776, la guerra civil (1861-65), la lucha por los derechos civiles en la década de 1960 o el triunfo de Obama en 2008, el racismo sigue estando enraizado en la política y la sociedad norteamericana. Hoy por hoy, los afroamericanos y los hispanos son las principales víctimas del COVID-19, pero también de las profundas desigualdades que fracturan a la nación que se autoconcibe como la “tierra de los libres”.

El caso de George Floyd -es decir, afroamericanos muertos como consecuencia de abuso policial- no es una excepción, sino un fenómeno recurrente. La semana pasada estuve en una oración pública donde se mencionaron al menos 100 nombres de hombres y mujeres que murieron en circunstancias similares a las de Floyd. De hecho, el lema de las protestas #BlackLivesMatter es, en realidad, el nombre de una asociación de ciudadanos que, desde 2013, promueve acciones públicas de visibilización de los crímenes contra afroamericanos que, casi siempre, quedan impunes.

Estos eventos me han llevado a hacer muchas preguntas para conocer mejor la sociedad norteamericana. Entre las cosas más impactantes, me topé con un video que simula la cotidiana experiencia de padres afroamericanos instruyendo a sus hijos cómo deben actuar si son detenidos por la policía en la calle. Me quedé atónito: lidiar con el asedio policial es parte de la socialización de los niños y adolescentes afroamericanos. En pocas palabras, la comunidad negra crece con el temor de que su vida está en riesgo constante y tan solo por la arbitraria razón de su color de piel.

Más allá del asunto del abuso policial, la naturalidad con que el racismo fluye en las relaciones sociales es realmente alarmante. Bryan Massingale, sacerdote afroamericano y profesor de Fordham University, utilizó un incidente en el Central Park de Nueva York -ocurrido el mismo día de la muerte de Floyd- para explicar esta perversa dinámica. Amy Cooper, una mujer blanca, fue confrontada por Christian Cooper, un hombre negro, por incumplir las normas del parque. La reacción de Amy fue llamar a la policía denunciando que estaba siendo hostigada por Christian. No importaba que era ella quien estaba trasgrediendo la ley, asumía que le darían la razón por el hecho de ser blanca. A esto es a lo que se denomina “supremacía blanca” (white supremacy), una ideología que opera de manera “natural” y que, en la práctica, se traduce en privilegiar a los blancos a costa del agobio de las personas de color.

La lucha contra el racismo no es una cuestión de izquierdas contra derechas, de republicanos contra demócratas. Es un life issue, como se dice en inglés, un asunto que concierne a la defensa de la dignidad de toda persona y de todas las personas. Y por serlo es más que un asunto político, ideológico o cultural: es un desafío espiritual, que nos confronta con qué significa ser auténticamente humano y qué tipo de convivencia aspiramos construir entre los que integramos la familia humana. El racismo es una barrera que impide que todos podamos ser plenamente libres, ser tratados con respeto, ser reconocidos como personas valiosas sin importar nuestro color de piel o nuestras raíces étnico-culturales. Mirar este problema como un asunto espiritual es ubicarlo por encima de banderas ideológicas o intereses políticos para afirmar que es algo que nos involucra a todos sin distinciones.

La pregunta sobre cómo erradicar este mal social es algo que nos atañe a los cristianos. Es, sin duda, parte de la proclamación del Evangelio de Jesús, cuyo horizonte es sembrar vida plena, amor, libertad, justicia, paz en todos los rincones del mundo. Digámoslo con contundencia: El racismo es incompatible con la experiencia cristiana. Es un pecado, como recientemente ha recordado el papa Francisco. Los cristianos creemos que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, dotando a cada vida humana de un valor sagrado e inquebrantable. Por ello, como han afirmado los obispos de los Estados Unidos: “no podemos hacernos de la vista gorda ante estas atrocidades y aún así pretender que respetamos toda vida humana”.

En la muerte de George Floyd y la de tantos otros afroamericanos, descubrimos un grito de inmenso dolor y desesperación de tantos hermanos y hermanas que viven en el miedo, porque su color de piel los hace víctimas de violencia y marginación. No podemos ser indiferentes. Los videos que retratan estos atropellos son un llamado a prestar atención, escuchar, involucrarnos. En el lenguaje cristiano, hablamos de “conversión” como ese proceso permanente en que buscamos transformar nuestras vidas según el fin por el que hemos sido creados, que, para los cristianos, es seguir la voluntad de Dios. A eso estamos llamados todos ante el racismo: a la conversión espiritual. Eso pasa por examinarnos personal y colectivamente, así como nuestros sistemas y estructuras. Pidamos la gracia de reconocer cómo el racismo lastima y produce injusticia (a los otros y a nosotros mismos), y cómo nuestras acciones perpetúan la discriminación. Dicha reflexión no puede quedar en palabras, sino debe traducirse en compromisos y acciones concretas, cada uno según el lugar donde está y desde lo que le toca hacer.


En este escenario, la conversión empieza por escuchar las voces de quienes reclaman indignados por la muerte de George Floyd y tantos otros que sufren por la violencia racial. Muchos han criticado los desmanes y el radicalismo de ciertas manifestaciones, perdiendo de vista, no solo que la mayoría han sido movilizaciones pacíficas, sino que la indignación y la rabia ante la injusticia son respuestas comprensibles y legítimas. “Las protestas son el lenguaje de los que no son escuchados”, dijo el arzobispo José Gómez, presidente de los obispos norteamericanos, citando a Martin Luther King. Como enseña la doctrina social de la Iglesia, es una hipocresía clamar por paz social si es que simultáneamente no se está comprometido con la concreción de la justicia. El padre Massingale, citando a Tomás de Aquino, afirma que el pecado de ira puede ser por exceso, porque se desborda y produce destrucción de la vida. Pero también por deficiencia, es decir, porque no nos enojamos ante una situación de injusticia que debería enojarnos. El mismo Jesús, ante la corrupción del Templo de Jerusalén, sintió una indignación que expresó en un acto de protesta.

Sin embargo, la ira per se no nos conduce a la solución integral del problema. Es un motor que nos pone en movimiento, pero necesitamos ver con mayor amplitud. Más aún, por más legítima que sea, la expresión de la indignación requiere límites éticos. Concretamente, marcar distancia ante el desborde de violencia. Defender que esta es la única manera de visibilizar la protesta es un discurso ambiguo que se presta a legitimar abusos. Ha sido muy doloroso contemplar cómo ciertos actos de vandalismo en el marco de las protestas antirracistas terminaron dañando a pequeños comerciantes, varios de ellos afroamericanos o personas favorables a la causa. La espiral de la violencia solo engendra más violencia, que usualmente termina volviéndose contra los inocentes y los vulnerables como “efectos inevitables”. Avalar la violencia como medio necesario es traicionar los ideales de defender que todas las vidas importan.

Más bien, la indignación bien dirigida conduce a la creatividad y la valentía. Por lo que he apreciado, las protestas recientes han servido como medio de sensibilización ciudadana y la mayoría de los norteamericanos las respaldan. El desafío actual es cómo se aterriza en propuestas para la “conversión” de todos, particularmente de quienes se sienten ajenos a esta lucha. ¿Qué está detrás de quienes ejercen la violencia racial? ¿Cómo un oficial de la policía fue capaz de aplastar su rodilla contra el cuello de George Floyd por 8 minutos y 46 segundos sin sentir ningún remordimiento? Son preguntas que necesitan plantearse para reconocer las raíces de la violencia racial y encontrar rutas para transformarla. A la larga, la meta no puede ser solo castigar a los perpetradores de delitos, sino educar una nueva humanidad. Eso será lo que garantice un cambio duradero. En breve, para desmantelar el racismo como estructura de injusticia, es fundamental formar personas justas y sensibles que encarnen la convicción que todas las vidas importan (particularmente las afroamericanas) y sean las constructoras de nuevas estructuras coherentes con tal principio.

Si bien todos estamos llamados a esta “conversión”, este llamado es doblemente necesario entre quienes detentan posiciones de poder y gozan de los privilegios de la “supremacía blanca”. Por ello, desconcierta ver autoridades, comenzando por el presidente, alimentando la polarización y amenazando con reprimir el movimiento popular, en vez de comprender en la magnitud de estos hechos una oportunidad histórica para sanar la herencia de la esclavitud. Felizmente, esta no es la actitud de todos. En un acto ejemplar, policías de Miami se arrodillaron ante la muchedumbre que protestaba frente a una comisaría. Era una manera de admitir culpa y pedir perdón, que contribuyó a reconciliar a dos bandos que no son enemigos, sino miembros de un mismo pueblo.

En ese signo, reconocemos la enseñanza de Jesús de “ofrecer la otra mejilla” no como un acto de pasividad o sometimiento, sino como una forma de romper la dinámica de la confrontación y abrir la posibilidad de sanar las heridas que nos impiden vernos como hermanos. Estas son expresiones de la conversión creativa que necesitamos. Dígase de paso estas actitudes necesitan venir principalmente de quienes son blancos y gozan de los beneficios de tal condición. Son ellos los que necesitan poner la “otra mejilla” ante la rabia de los afroamericanos, aceptando “incomodarse” y renunciar a privilegios. Como enseña Jesús, “a quien se le dio mucho, se le exigirá mucho” (Lucas 12:48).

Las víctimas, como en tantas otras historias de violencia sistemática, nos marcan la dirección por dónde ir. Las declaraciones del hermano de George Floyd se centraron no en el resentimiento, sino en el pedido de acciones para que esto no se repita más. Según él, esa era la mejor manera de honrar la memoria de su hermano. Teniendo todas las razones para optar por el odio y la venganza, ha preferido dar testimonio de la conversión necesaria para sanar las heridas del racismo. Me hace recordar a Jesús, desde la cruz, ofreciendo perdón a sus asesinos como signo de renuncia al círculo del ojo por ojo para posibilitar una humanidad nueva. Como Jesús, el hermano de George Floyd ha sido capaz de traspasar su dolor y transformarlo en una voz que afirma que todas las vidas importan sin distinción de color de piel. Unidos a él, descubrámonos llamados a entrar en el camino de convertirnos en hombres y mujeres conscientes del poder perverso del racismo, y forjadores de caminos valientes y creativos que destierren este mal de la faz de la tierra.

domingo, 31 de mayo de 2020

EL VALOR DE LA FE EN ÉPOCA DE CRISIS

Fuente: Arzobispado de Lima

El otro día una amiga me preguntó qué hacía cuando me costaba concentrarme. Sin pensarlo mucho dije que orar. Algo intrigada, ella me pidió que le explicase a qué me refería, porque no es creyente (en todo caso, no de la misma manera en que yo lo soy). Le conté entonces que, antes de hacer algo que sé que me tomará esfuerzo, hago una pausa, cierro los ojos y repito un par de oraciones de San Ignacio de Loyola. No lo hago pensando que por arte de magia lograré concentrarme. Más bien, empezar alguna actividad retadora de esta manera es conectar lo que estoy haciendo con mi proyecto de vida y los principios que lo orientan. Es reconocer que lo que hago día a día tiene un sentido que va más allá de ser una rutina o algo que me representa un beneficio concreto: en mi caso, intentar vivir al estilo de Jesús, encarnando sus enseñanzas y comunicando la esperanza que me contagia el encuentro con su persona.

Probablemente, esto hubiera quedado en una anécdota más si no hubiera tenido varias ocasiones en la semana para pensar sobre el valor de las creencias en tiempos de crisis. La pandemia ha trastocado los planes de todos y nos ha sumergido en una profunda incertidumbre acerca del futuro. Hasta el momento, la ciencia ha proporcionado herramientas cruciales para atender las consecuencias del COVID-19 y prevenir el contagio, pero hay preguntas que no es capaz de responder plenamente. ¿Cómo vivir el duelo en tiempos de distanciamiento social? ¿Cómo comprender tanto sufrimiento en nuestro entorno? ¿Qué hacer ante la incertidumbre que nos agobia? Para este tipo de interrogantes no bastan datos o teorías que nos explican el por qué de las cosas. Estas son preguntas que más apuntan al para qué o al hacia dónde nos movemos, es decir, cuestiones que nos desafían a darle sentido y orientación a la existencia, lo cual es particularmente necesario cuando atravesamos por situaciones adversas.

Por ello, estos días tantas personas encuentran en su práctica religiosa una fuente de consuelo e inspiración para enfrentar la pandemia. Encuentran en sus creencias una brújula para guiarse ante circunstancias sin precedentes. Sin embargo, es imprescindible pensar este aspecto de nuestras vidas, porque puede conducir a acciones irresponsables que nos ponen a nosotros mismos y a los demás en riesgo. La fe no puede servir para alimentar extremismos que nos deshumanizan. Debemos estar alertas a no reducir nuestras creencias a una razón rígida que quiere clasificar y controlar todo, ni menos a un emotivismo que se convierte en egoísmo que absolutiza nuestra voluntad por encima de los otros y del mundo.

Una fe auténtica aporta un sentido que ordena y orienta nuestros pensamientos, afectos, deseos y acciones hacia un fin que nos conduce a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. No solamente implica suscribir un conjunto de dogmas, sino entrar en una experiencia que nos ayuda a “sentir y gustar” de nuestras vivencias y encuentros, incluso aquello que resulta incómodo o doloroso, a la luz de aquello que es lo fundamental. Cuando miramos las cosas desde ese ángulo, somos capaces de romper con el egocentrismo, pues descubrimos que el estar encerrados en nosotros mismos nos enferma. En el fondo, la fe es un acto de liberación de la idea que somos superhéroes todopoderosos. La vida va más allá de nuestra existencia limitada y finita, por lo que solo nos sentimos plenos cuando reconocemos nuestra vulnerabilidad y nuestra necesidad de relaciones significativas con la familia, los amigos, la comunidad y Dios.

Lo anterior es factible porque la fe nos abre al Misterio, a la constatación de alguien o algo que trasciende nuestra humanidad, y que, simultáneamente, nos infunde la confianza y la fuerza para encontrar esperanza en medio de la crisis y seguir adelante. Y ese Misterio, si lo sabemos acoger serena y sensatamente, nos confronta con una verdad universalmente válida: somos seres humanos creados para transformar nuestro mundo en un lugar donde reine el amor, la libertad, la justicia, la paz y la fraternidad para todos sin exclusiones. Como tantos han repetido últimamente, solo nos salvaremos de la pandemia si cooperamos juntos, no si luchamos divididos, y eso exige saber renunciar un poco a nosotros mismos para abrirnos a la escucha y la colaboración con los otros.

Es oportuno, por tanto, incorporar esta dimensión en la búsqueda de soluciones ante el COVID-19. Esto implica un nivel personal, donde cada individuo emplee su propio sistema de creencias para calmar sus angustias, retomar el horizonte y tomar decisiones que le ayuden a navegar en la tormenta que vivimos. Pero también abarca un nivel colectivo, donde las comunidades de creyentes, tradicionalmente organizadas en iglesias o religiones tradicionales, reconozcan en la pandemia un contexto en el que están llamadas a dar testimonio de su fe en formas concretas de solidaridad, así como ofreciendo la sabiduría de su tradición al servicio del esfuerzo de toda la humanidad por encontrar esperanza en el drama actual.

Más aún, es necesario reconocer el valor público de la fe y los sistemas de creencias, cuestionando ese viejo prejuicio de que este aspecto está restringido al ámbito de la vida privada. Aquello en que creemos configura nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, todo nuestro ser. Un creyente coherente no puede divorciar su fe entre lo privado y lo público, pues su performance ético y social en ambos escenarios está fundamentado en su horizonte de fe. Quizás este momento ayude a que las universidades, la sociedad civil y el Estado revaloren esta dimensión de la condición humana, incorporando las perspectivas de las comunidades de fe en el diálogo por una sociedad mejor y brindándoles herramientas para una reflexión crítica que dé mayor densidad y pertinencia a su acción en el mundo. Ese es el camino, a mi parecer, para vacunarnos contra el fundamentalismo, el apego al poder y el afán colonizador que no pocas veces han ensombrecido la historia de las religiones.


De manera particular, quienes somos cristianos, hoy que celebramos Pentecostés, estamos llamados a afinar nuestros sentidos para reconocer al Espíritu Santo actuando en nosotros y en nuestro mundo, aún a pesar del mal imperante. Estemos abiertos al Misterio de Dios que hoy, a través de su Espíritu, nos convoca a poner nuestras creencias y nuestra vida al servicio de un mundo herido, imaginando formas creativas y concretas de dar razón de nuestra esperanza.