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sábado, 5 de junio de 2021

LA IGLESIA CATÓLICA Y EL "COMUNISMO" DE PEDRO CASTILLO

 


En la recta final de la campaña electoral, se ha impuesto una retórica política que recicla el viejo tópico del comunismo. Por ratos he llegado a pensar que el Perú ha regresado en el tiempo a los peores años de la Guerra Fría. Pero la verdad es que esta palabra es usada con mucha ligereza, solo para avivar temores al cambio del sistema político-económico vigente y a un gobierno de izquierda. No en vano la bandera principal es evitar que el Perú se convierta en Venezuela, presentando al chavismo como paradigma del comunismo, pero omitiendo que dicho régimen político autoritario y populista tiene muchas semejanzas con el fujimorismo de los noventa y los ofrecimientos electorales de Keiko Fujimori.

Esto no debería llamarnos la atención. Es una retórica usada por la derecha latinoamericana en campañas electorales previas a lo largo de toda la región. Sin embargo, lo que sí me ha sorprendido ingratamente es la facilidad con que obispos, sacerdotes y grupos de laicos se han plegado a la ola anticomunista. Sin ningún afán de decirte por quién votar, me parece importante desmenuzar las incongruencias de este discurso, alertar sobre sus peligros e invitar a una reflexión más seria sobre cómo los católicos hemos de discernir nuestro voto. Así, comparto mi opinión partiendo de ubicar por dónde ha ido la discusión y proponiendo cómo reenfocarla hacia una conversación más constructiva con la sociedad y fiel al Evangelio.

¿Por dónde ha ido la discusión?

En su carta al pueblo de Dios del 25 de mayo, los obispos afirman que la Iglesia católica “siempre ha rechazado y condenado al comunismo por ser un sistema perverso que reduce al ser humano a la esfera de lo económico y restringe las libertades fundamentales de la persona”, citando la encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, escrita en 1991 en pleno ocaso de la Unión Soviética y de la Guerra Fría. Es cierto que la carta contrapone el comunismo al “capitalismo salvaje” y, además, invoca a un voto libre e informado, consciente de la crisis multidimensional que vive el país y de los valores fundamentales de la República. Pero esta declaración sin referencias personales avaló a que algunas autoridades eclesiásticas digan explícitamente que un católico no puede votar por Pedro Castillo. El arzobispo de Arequipa Javier del Río, concretamente, en su mensaje semanal del último domingo, llamó a un “voto libre e informado”, pero sosteniendo que la Iglesia católica no puede apoyar al profesor Castillo, pues el Ideario de Perú Libre “está abiertamente reñido con la doctrina y moral católicas” y “es diametralmente opuesta a su propia fe y a la correcta comprensión del ser humano”. A buen entendedor, pocas palabras.

¿Tiene algún sustento real esta advertencia a los fieles sobre la amenaza comunista? Del Río alega que Perú Libre al definirse como una organización leninista-marxista propaga una ideología atea, que es contraria a la fe católica. Lo paradójico es que el candidato Castillo es un cristiano evangélico que defiende visiones tradicionales de la familia, que lo acercarían a los activistas “pro-vida”, en donde Del Río es una voz representativa. Sorprende, por eso, que el arzobispo de Arequipa acuse al candidato Castillo de apoyar la despenalización del aborto, cuando el candidato abiertamente se ha manifestado en contra.

Aunque el arzobispo especifica que es el Ideario de Perú Libre el que plantea estos temas, a estas alturas, si algo ha quedado claro, es que hay una tensión entre el candidato y el partido por el que postuló. Castillo, quien claramente no esperaba llegar a la segunda vuelta, ha intentado armar un equipo con cuadros de partidos de izquierda de diversas canteras y marcado distancia de los líderes duros de Perú Libre y de su ideario original. Uno tiene el derecho de creerle o no, afirmar que los pasos del profesor Castillo no son suficientes, así como dudar si realmente en el poder la coalición de Perú Libre no exigirá introducir parte de su agenda. Lo que no me parece válido es enjuiciar al candidato, basándose solo en la lectura de un documento aislado, haciendo afirmaciones tan categóricas sin una mirada compleja sobre el contexto político.

Aunque llame a un voto informado y responsable, al final, Del Río direcciona a los católicos a preferir a Keiko Fujimori, sea esto resultado de una opción consciente o inconsciente. Si un candidato es presentado tajantemente como contrario a la doctrina católica, ¿realmente hay algo que discernir? Tal actitud es totalmente irresponsable. Primero, porque usa el magisterio de la Iglesia como un arma política, haciendo pasar sus propias preferencias como doctrina. Segundo, porque no es su rol decirles a los fieles por quién votar o no votar. Las autoridades eclesiásticas pueden ofrecer criterios y pistas para el discernimiento cristiano ante una decisión tan importante con el objetivo de formar y empoderar las consciencias de los católicos. Pero es un abuso de autoridad el pretender suplantar esas consciencias dándoles una directiva camuflada.

Si prestamos atención a los voceros católicos del anticomunismo, hay otro aspecto preocupante. El fundamento de sus mensajes es la desinformación, el miedo y el odio, no la razón, la esperanza o la caridad. Se han avivado viejas fobias católicas, recordando que los regímenes comunistas persiguieron a los cristianos y restringieron la libertad religiosa, cuando eso ya es producto del ayer y no hay condiciones reales para que algo semejante ocurra en el Perú de hoy. Apelando a una imagen más cercana a nuestra historia, a Castillo se le quiere asociar con la herencia de Sendero Luminoso y la violencia terrorista, debido a su retórica de protesta y a presuntos vínculos de su organización política con el MOVADEF. Pero lo que no se quiere admitir es que este discurso anticomunista se sostiene sobre la violencia verbal, las medias verdades y la intimidación, en maneras que no entiendo cómo pueden ser compatibles con la fe cristiana. 

Otro punto es que Perú Libre plantea revisar el concordato entre el Estado peruano y la Santa Sede. En realidad, algo así podría ser una oportunidad para repensar constructivamente la relación Iglesia-Estado y zanjar por las buenas y de una vez por todas críticas anticlericales infundadas cuya raíz es dicho tratado. Se ha dicho también que Perú Libre considera a la Iglesia católica como “aliado político, mediático y propagandístico de la colonización territorial y cultural del Perú”. Sin lugar a duda, es una simplificación de lo que somos. Pero la respuesta debería sustentarse en argumentos y testimonio, así como también dar lugar para la autocrítica que nos haga reconocer nuestros pecados y deudas con la sociedad peruana.

Asimismo, preocupa que esta campaña católica contra el comunismo hace eco de los discursos de defensa del modelo económico neoliberal presentándolos como doctrina católica. Se compran acríticamente la agenda política de la derecha peruana y pretenden vender que solo se puede ser plenamente católico si uno está alineado con esta tendencia. Esto es rotundamente falso. Hay cristianos militando en todas las tiendas políticas, incluso en las izquierdas. Por tanto, la Iglesia católica respeta el pluralismo ideológico y no toma partido en un contexto electoral, como recordó el arzobispo de Lima CarlosCastillo. Hacer lo contrario es romper la comunión eclesial y promover confrontaciones entre creyentes basadas en motivaciones políticas e intereses de poder, que están muy lejos de un espíritu cristiano. 

Lo más delicado es que al levantar el fantasma del comunismo solo se desvía la atención de los problemas reales y se renuncia a una mirada objetiva y reflexiva sobre el escenario que tenemos delante. Como apuntó el obispo de Jaén Alfredo Vizcarra, “el resultado de la primera vuelta es también la expresión del reclamo de muchos peruanos por un cambio hacia un país que deje de olvidarlos, porque ya están cansados de escuchar promesas”. Los profetas del anticomunismo no hablan de eso, de las profundas desigualdades y las causas del descontento social en el Perú. Prefieren ver la realidad desde ojos estrechos y preocuparse por fantasmas de lo que podría ocurrir en vez de asumir y pensar el presente en toda su complejidad. En eso, lamentablemente, se suman al estado de ánimo general en la segunda vuelta, que, en vez de reflexión sensata, informada y aterrizada ha preferido echar más leña al fuego.

¿Cómo y sobre qué reenfocar la discusión?

La vocación de la Iglesia católica es forjar comunión allí donde está presente. Por ello, es un anti-testimonio encontrar cristianos alimentando la aguda polarización que solo nos asfixia. Más bien, en este contexto, nos toca aportar ofreciendo claves para mirar más allá de lo que nos divide, captar los desafíos de nuestra realidad, interpretarlos desde los principios cristianos y proponer salidas que contribuyan al bien común. En la encíclica Fratelli Tutti del papa Francisco, encontramos valiosas pistas para entrar en ese camino de esperanza activa, conscientes de los retos del siglo XXI. En tal sentido, me ha sorprendido lo ausente que ha estado este documento en los pronunciamientos de los obispos y de otros grupos católicos. Claramente, los católicos peruanos tenemos como tarea pendiente reflexionar el Perú desde las claves de la última encíclica papal. Gracias a la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) que ha procurado orientarnos en esa senda.

De acuerdo con Fratelli Tutti, urge una mejor política basada en la fraternidad universal, el bien común y el cuidado de la vida. Sin embargo, los populismos y el neoliberalismo se presentan como sistemas políticos que dificultan soñar con un mundo abierto donde todos sean tratados con dignidad, especialmente los más débiles (FT 155). Por un lado, Francisco critica el “insano populismo” porque “se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo”, lo que termina sometiendo todo al servicio de un proyecto personal y de su perpetuación en el poder (FT 159). Además, trabaja “exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población”, busca “el avasallamiento de las instituciones y de la legalidad” (FT 159), y ofrece políticas inmediatistas y planes asistencialistas que son soluciones pasajeras e incompletas (FT 161).  

Por otro lado, el Papa denuncia el “dogma de fe neoliberal” que cree que el mercado lo resuelve todo, calificándolo como un “pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente” (FT 168). Es claro que la cultura del goteo o derrame no resuelve la desigualdad. Puede haber elecciones limpias y formalidad institucional, pero si los poderes económicos dominan la política, hay algo que no funciona del todo bien en la democracia y aviva tensiones. En breve, el sueño de una mejor política implica mirar más allá de los populismos y el neoliberalismo reinante, sumándose a la acción de los movimientos populares que, desde los márgenes, están creando alternativas políticas, económicas y culturales a los sistemas vigentes y gestando un verdadero desarrollo integral (FT 169). ¿Acaso estas ideas de Francisco no resuenan con lo que ocurre en el Perú de hoy?

Para reenfocar la discusión, también, es necesaria una autocrítica de los pastores. Su rol en un escenario electoral es animar a que el pueblo “resucite la política, no partidarizar”, como afirmó el arzobispo Castillo. Más grave aún, difundir discursos de odio y miedo desnaturaliza el fin de un liderazgo religioso. Y, lamentablemente, ver a pastores haciendo uso de la fe como arma de batalla política se ha vuelto un fenómeno global que contribuye con la propagación de populismos autoritarios y la perpetuación de una economía inhumana. Un ejemplo desafortunado se vio en las elecciones norteamericanas, como analizó el jesuita James Martin. Tal situación ha llevado al papa Francisco a denunciar la imprudencia de líderes religiosos que desatan violencia fundamentalista con sus palabras incendiarias.  Acertadamente, el Papa ha recordado que quien pastorea almas debe “ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros” (FT 284).

El Perú vive un momento crítico de su historia. Como cristianos no podemos ser indiferentes y hemos de discernir cómo proceder ante estas circunstancias desde la convicción que “lo único verdadero y definitivo es Dios”, como bien dijo el obispo Alfredo Vizcarra. Hoy más que nunca nos toca escuchar al Espíritu Santo invitándonos a no perder la esperanza. Cual sea el resultado electoral, Dios permanece con nosotros y nos anima a seguir encarnando su misión de anunciar la promesa de vida plena y luchar contra la muerte. No nos perdamos en lo inmediato, sino asumamos la realidad tal y como esta se presenta, escuchemos la voz del pueblo, formemos nuestras consciencias con información veraz. Solo así reconoceremos la acción de Dios en medio de nosotros indicándonos el camino. Haciendo eco de las palabras de monseñor Vizcarra, confiemos en el Señor y pidamos la gracia de “obrar teniendo como horizonte no solo el acto electoral, sino toda posibilidad de ir construyendo la fraternidad universal y la amistad social”. Tal actitud será muy necesaria ante el escenario que se abrirá luego de la segunda vuelta.

 


 

martes, 27 de octubre de 2020

EL SEÑOR DE LOS MILAGROS EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO PERUANO

 


Las procesiones del Señor de los Milagros a lo largo de octubre son símbolo de la cultura viva de Lima. Es, sin duda, una de las devociones más arraigadas en el corazón del pueblo peruano, al punto que compatriotas migrantes la han llevado más allá de las fronteras nacionales. Por ello, es triste que la pandemia nos impida ser testigos un año más de ese mar humano peregrinando por las calles de la ciudad detrás del Cristo moreno. Pero estoy seguro de que el amor de los fieles va encontrando nuevas maneras de comunicarse en medio de los tiempos desafiantes que vivimos. En el espíritu de hacer memoria agradecida, comparto tres ideas que vienen a mi corazón al pensar en el Señor de los Milagros, devoción tan querida por el pueblo de Lima y del Perú.

Devoción cristocéntrica en el corazón de los pobres

Desde sus orígenes, el culto al Señor de los Milagros ha sido una manifestación de la fe de los pobres. Según el historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte, este surgió con la formación espontánea de una cofradía de esclavos negros del barrio de Pachacamilla, ubicado en las afueras de Lima. En el mundo colonial, estas agrupaciones religiosas eran espacios donde sus integrantes compartían las vivencias y se protegían mutuamente de las desavenencias del trabajo. La cofradía adquiría una identidad a partir de la adopción de un santo patrono. En este caso, los negros de Pachacamilla se congregaban en torno a la imagen de Cristo crucificado, reconociendo que Él los llevaba en su corazón y los amaba. Era el símbolo de la fraternidad y la solidaridad vivida en la cofradía. Los últimos de la sociedad colonial, como tantos pobres e insignificantes de nuestro tiempo, descubrían en el rostro de Jesús que no estaban solos ni olvidados. El sentirse amados por Dios y por los hermanos era una razón para caminar con esperanza y en solidaridad con los otros, y aspirar a una vida con dignidad.

La fiesta y la religiosidad popular

En su catequesis del 12 de agosto de 2015, Francisco recordaba que la fiesta es una “invención de Dios” y dimensión central de la fe cristiana. Pero esta “no es la pereza de estar en el sofá o la emoción de una tonta evasión”, sino en su sentido más hondo “una mirada amorosa y agradecida por el trabajo bien hecho”, un tiempo de contemplación y gozo porque se camina acompañado. En mis recuerdos, el mes morado tiene mucho de esto. Mi abuelo, fiel devoto del Señor de los Milagros, cada año congregaba a toda la familia para asistir a la misa y procesión del día 18. Era un momento para dar gracias por tanto bien recibido, pero además para gozar de la familia reunida. El ritual siempre conducía a un desayuno festivo en la calle Capón. La experiencia religiosa era parte de la alegría de vivir.

Camino para una cultura del encuentro

Para las comunidades de peruanos migrantes, el Cristo de Pachacamilla se ha convertido en un elemento de identidad que los mantiene unidos a su cultura originaria y los acompaña en las experiencias, muchas veces duras, de adaptarse a un nuevo contexto. Pero, adicionalmente, es una posibilidad para construir caminos de integración. Como anotan Claudia Rosas y Milton Godoy (1), la presencia del culto al Señor de los Milagros en Santiago de Chile, institucionalizada desde 1992, se ha convertido en un espacio de cercanía entre peruanos y chilenos, hijos de dos pueblos hermanados por la fe cristiana. La misma iglesia local reconoció y apoyó esta iniciativa, siendo un gesto de esta actitud la donación de la imagen por parte del cardenal Errázuriz en 1993. Al decir de Francisco, esta devoción se convierte en una oportunidad para cultivar una “cultura del encuentro”, aquella que aspira a que todos y todas nos reconozcamos como hijos del Dios de Jesús y aprendamos a colaborar juntos por una sociedad donde nadie se sienta excluido.

Que el Cristo moreno siga inspirándonos a hacer grande al Perú. Que cada uno de sus devotos se sienta animado a convertirse en un milagro para los demás.

Notas

(1) Milton Godoy Orellana y Claudia Rosas Lauro (2014). "Devociones compartidas: el culto a Santa Rosa y al Señor de los Milagros en Lima y Santiago de Chile, siglos XIX y XX". En Sergio González Miranda y Daniel Parodi, Las historias que nos unen. Episodios positivos de las relaciones peruano-chilenas, 1820-2010 (pp. 107-131). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. 

domingo, 30 de agosto de 2020

SANTA ROSA DE LIMA, UN MODELO DE VIDA CRISTIANA

Escena de la película “Rosa mística” de Augusto Tamayo (2018)

https://rosamisticalapelicula.com/


Santa Rosa de Lima (1586-1617) es una de las mujeres más famosas de la historia latinoamericana, debido a que, en 1671, se convirtió en la primera persona nacida en las Américas en ser canonizada por la Iglesia Católica. Por ello, su figura es bastante conocida y venerada en nuestro continente desde los tiempos coloniales. A pesar de haber vivido en un mundo muy distinto al nuestro, pienso que los creyentes de hoy podemos redescubrir en Rosa un testimonio actual para inspirar nuestro camino de seguir a Jesús.

Nacida en Lima, durante el surgimiento del Virreinato del Perú, fue bautizada con el nombre de Isabel Flores de Oliva. Creció en una familia blanca que luchaba por ganarse su sustento en una sociedad impregnada de colonialismo, inequidad y racismo. Su padre, Gaspar Flores, era originario de San Juan de Puerto Rico. Fue militar y funcionario público al servicio del virrey del Perú. La madre de Isabel fue María de Oliva, quien era originaria de Lima y tuvo la tarea de criar diez hijos. Como pasaba con todas las mujeres de su época, a sus padres les preocupaba que Isabel se casara para aumentar el prestigio y los ingresos de la familia. Sin embargo, Isabel estaba más interesada en seguir una vida religiosa, por lo que se negó a cumplir con las expectativas familiares.

Las biografías sobre Rosa de Lima destacan que su vida espiritual y prácticas penitenciales comenzaron en su niñez. A una edad temprana, hizo un voto perpetuo de virginidad, practicó el ayuno y rechazó toda forma de vanidad. Cuando tenía alrededor de 12 años, construyó una diadema de espinas para emular la Pasión de Cristo. Siguiendo el modelo de santa Catalina de Siena, en 1606, Rosa se convirtió en terciaria dominica. Así, construyó una ermita en el jardín familiar, donde llevó una vida intensa de oración contemplativa, ascetismo y austeridad. Durante esos años, decidió cambiar su nombre al de Rosa de Santa María. Su experiencia mística alcanzó su punto más alto cuando, durante la Semana Santa de 1617, Rosa experimentó un “desposorio místico”. El Niño Jesús se le apareció y le pidió que fuera su esposa. Este vínculo espiritual tuvo lugar el domingo de Pascua. Meses después, falleció porque sus prácticas penitenciales habían debilitado su cuerpo.

A pesar de su renombre, a primera impresión, la vida virtuosa de santa Rosa parece estar desconectada de las preocupaciones de los católicos del siglo XXI. ¿Cómo es posible identificarse con su modelo de santidad propio de la época del Barroco? Es retador comprender su espiritualidad que, aparentemente, la aislaba del mundo. Además, podría decirse que sus prácticas penitenciales extremas eran propias de una persona que padecía una enfermedad mental que no debería ser imitada. Estas, sin duda, son interpretaciones simplistas que reducen a Rosa a una beata encerrada en su ermita viviendo una espiritualidad perdida en gestos exteriores vacíos, fantasías y milagros vanos. Aquella Rosa que, según Ricardo Palma, hablaba y jugaba con los mosquitos. Y, en cuanto a supuestos desórdenes psiquiátricos, ese juicio cae en anacronismos que juzgan la experiencia mística barroca desde las categorías psicológicas del presente.

Sin embargo, la brecha entre la vida de Rosa y la de los católicos de hoy existe. Reconocerla es un primer paso para enganchar con esta santa. En el fondo, el problema se debe a que sus biógrafos y los difusores de su culto han subrayado que la espiritualidad de Rosa la separaba del mundo en el que vivía. Por ello, para poder presentarla como un modelo significativo es necesario tomar distancia de estas lecturas tradicionales. Más bien, debemos enfocarnos en rescatar que ella era, ante todo y sobre todo, una fiel discípula de Jesús y una misionera. En esa perspectiva, propongo tres rasgos en los que esta santa mujer puede enseñarnos cómo llevar una vida cristiana.

Primero, es importante comprender integralmente su misticismo. La práctica contemplativa de Rosa tiende a describirse simplemente enfatizando sus duras penitencias y el sufrimiento que infligió a su cuerpo. No obstante, cuando se ve con más profundidad, su motivación fundamental en la vida fue cultivar una relación profunda con Jesucristo. Quería identificarse con el Señor de todas las formas posibles, incluso recreando el misterio de su Pasión. Pero su práctica mística no era un sufrir por sufrir, sino una búsqueda de conocer mejor a Jesús para más amarle y seguirle. En ese sentido, el misticismo de Rosa es relevante, porque nos recuerda que toda experiencia cristiana debe basarse en un encuentro íntimo con el Dios revelado en Jesús. Nuestro objetivo es alimentar ese vínculo amoroso, como lo hizo Rosa, para que podamos convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.

En segundo lugar, Rosa de Lima no era una mujer aislada del mundo. Historiadores, como Ramón Mujica o Luis Millones, han demostrado que tenía conocimiento de la teología espiritual y del contexto cultural de la Hispanoamérica colonial. Además, Rosa disfrutaba de la música, compuso versos y escribió algunos textos espirituales. Sus intereses revelan que nuestra santa tenía un alma alegre y una capacidad de reflexionar desde el contexto en el que le tocó vivir. En definitiva, para Rosa, comunicar la alegría del Evangelio implicaba conectarse con la sociedad y la cultura local, y amar su tierra natal.

Finalmente, Rosa se dedicó a los enfermos y hambrientos de su ciudad. Esta laica a menudo los llevaba a su casa para cuidarlos. En otras palabras, era una mujer activa cuya vida no solo se gastaba en ejercicios contemplativos. Ella caminó por las calles de Lima encontrándose con los necesitados y viviendo la caridad cristiana. Su caridad estaba más allá de las jerarquías raciales y étnicas de la sociedad colonial peruana. Como escribió su biógrafo Leonard Hansen, Rosa "sirve sin hacer distinciones entre mujeres españolas, indias, africanas; con la misma compasión, cuidó a las empleadas domésticas, a los extranjeros e incluso a los que no ha visto en toda su vida" (1). Esta santa abrazó a los pobres como un signo real de su amor por Jesucristo.

Entre santa Rosa de Lima y nosotros, hay una distancia temporal de cuatro siglos y concepciones distintas del mundo y la fe. Sin embargo, los católicos peruanos de hoy pueden descubrir en ella un modelo para crecer en la fe. La vida de Rosa nos enseña que ser cristiano es estar enamorado de Jesucristo, encarnar su Evangelio en un escenario histórico y colaborar en la construcción de una sociedad en la que se respete la dignidad de todos, especialmente de los pobres.

 (1)    Citado por Noé Zevallos, Rosa de Lima: compromiso y contemplación. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones, 1988, p. 78.


sábado, 18 de enero de 2020

LIMA: UNA BREVE MIRADA A SU HISTORIA



Lima es la ciudad donde he pasado casi toda mi vida. Mi cariño por ella es indiscutible, a pesar de que soy consciente de sus grandes contradicciones y problemas. Hoy es el 485° aniversario de su fundación y me toca celebrarlo desde muy lejos. Para evitar la nostalgia, volví sobre un breve texto que escribí para presentar la historia de Lima. Fue preparado para los participantes del XX Encuentro Latinoamericano de Responsables de Pastoral Juvenil, cuya sede fue la capital del Perú. Con algunas breves adiciones, lo comparto como mi homenaje a la “Ciudad de los Reyes”.

A la larga, hacer memoria es una manera de animarnos en la tarea de hacer de Lima un lugar que todos quienes vivimos ahí podamos llamar hogar.

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Lima, fundada el 18 de enero de 1535 por los colonizadores españoles, ha experimentado profundas transformaciones a lo largo de sus casi cinco siglos de historia. En la “Ciudad de los Reyes”, llamada así por estar bajo el patronazgo de los Reyes Magos, habitan más de 10 millones de personas, representando un tercio de toda la población del Perú. Por tanto, actualmente la capital de la República es el espacio donde puede apreciarse la diversidad cultural del país, sus potencialidades y sus contradicciones.

En la época colonial, Lima fue el centro del poder español en Sudamérica. Allí residía el virrey y una aristocracia criolla que controlaba la administración colonial y el comercio. Para nutrir al virreinato de funcionarios públicos y clérigos, en Lima fue fundada en 1551 la Universidad de San Marcos, el primer centro de estudios superiores de América. El poder político estaba acompañado de un prestigio espiritual. Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima entre 1579 y 1606, es reconocido por haber estructurado la Iglesia en Sudamérica y potenciado la evangelización de la población indígena. Asimismo, en la primera mitad del siglo XVII, Lima fue reconocida por ser un recinto de intensa piedad religiosa, cuyos frutos más reconocidos son santa Rosa de Lima y san Martín de Porres.

Las guerras de independencia significaron un nuevo estatus para la ciudad de Lima. De ser la sede de la aristocracia colonial pasó a convertirse en la capital de la naciente República. Inicialmente, Lima no experimentó cambios significativos en esta nueva etapa histórica, debido a la inestabilidad política y las guerras internas entre las élites regionales del país. Fue recién, hacia mediados del siglo XIX, que las exportaciones internacionales del guano (un fertilizante hecho del excremento de aves que se acumulaba estratégicamente al sur de Lima) permitieron consolidar una élite económica y un aparato estatal centrado en la ciudad capital. A inicios de 1870, empezó la expansión de la ciudad, al tumbarse las murallas coloniales y levantarse infraestructura que reflejaba los ímpetus modernizadores venidos de Europa. Este apogeo se vio interrumpido por la derrota peruana en la Guerra con Chile. El signo contundente del fracaso fue la ocupación de Lima por el ejército chileno entre 1881 y 1883.

El periodo de posguerra y el tránsito al nuevo siglo fue un momento de reconstrucción del aparato institucional y de crecimiento económico basado en exportaciones de materias primas. Lima concentró los beneficios de los procesos de modernización, que se fueron acelerando a lo largo del siglo XX. Desde los años 1920 en adelante, el Estado asumió un rol preponderante en la ampliación del acceso a infraestructura, educación, salud, vivienda, servicios que fundamentalmente se concentraron en Lima. Tal situación generó una centralización del poder político, del desarrollo económico y de las oportunidades en torno a la capital, en perjuicio de las otras regiones. Para nadie es novedad que este es un problema aun latente en la actualidad.

La centralización de los beneficios del desarrollo alimentó la percepción en todo el país de que las oportunidades laborales abundaban en Lima. Si alguien quería prosperar, tenía que ir a la capital. A partir de 1940, esto se tradujo en un incremento poblacional que desbordó las posibilidades reales de vivienda de Lima. En busca de un techo, los migrantes de origen popular, campesino e indígena no solamente tomaron posesión de terrenos en las afueras de la ciudad. Lo más importante fue que construyeron comunidades en las que recrearon sus identidades y tradiciones en una ciudad que, hasta entonces, se imaginaba como blanca y criolla. Gracias a ello, hoy Lima tiene un rostro mestizo, que, en medio de heridas y desigualdades irresueltas, es reflejo pleno de la diversidad cultural del Perú.

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Originalmente publicado en http://noti.pjlatinoamericana.org/?p=44