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miércoles, 23 de junio de 2021

CONSUELO DE PRADO

Fuente: Instituto Bartolomé de las Casas


Hay personas cuyas vidas son presencia silenciosa y cotidiana de la alegría del Evangelio, buena noticia para otros. Consuelo de Prado es, sin lugar a duda, una de ellas. Su profundo amor por el Dios de Jesús y los pobres la llevó a dejar su tierra y echar raíces en el Perú. Aquí se sumó a esa generación que asumió con radicalidad el llamado de Vaticano II y Medellín a encarnar una evangelización liberadora de toda forma de esclavitud, opresión y violencia. Hace algunos años, tuve la gracia de registrar algunos de sus recuerdos como misionera en el sur andino, asesora de UNEC y teóloga del Instituto Bartolomé de las Casas, el Bartolo. Ahora que nos ha dejado para el encuentro definitivo con el Dios de la vida, comparto algunas piezas de esa conversación para que la sigamos sintiendo presente y animando nuestro camino en estos tiempos tan desafiantes.

Consuelo ingresó a las Misioneras Dominicas del Rosario en España, en años donde su congregación buscaba renovarse según el espíritu del Vaticano II. Tras unos primeros años enseñando en un colegio secundario en España, fue enviada al Perú en 1975. Su primer destino fue la Prelatura de Sicuani en Cusco, a la que llegó en plena reforma agraria. Las primeras tareas que recibió fue estudiar quechua y empaparse de la ley de reforma agraria. Algo confundida por estas indicaciones y sintiéndose que “no hacía nada” fue a hablar con el “obispo”, el carmelita canadiense Albano Quinn. En esa conversación, Consuelo le dijo que ella era profesora y quería ponerse a trabajar cuanto antes. La respuesta de Albano la interpeló profundamente: “A mí me da mucho temor las hermanas que llegan de Canadá, Norteamérica o Europa, y que a la semana de haber llegado ya están trabajando en algo. Eso quiere decir que no se han tomado el tiempo necesario para darse cuenta de que están en otra realidad”. Ese fue un primer paso para comprender que ser misionera en los Andes requería una conversión personal y pastoral, una disposición espiritual a sumergirse en este nuevo contexto.

De ahí el encuentro con las comunidades andinas y la reflexión teológico-pastoral sobre estas experiencias la condujo a encontrar su lugar en ese nuevo mundo. En alguna oportunidad, le preguntó al presbítero Víctor Ramos por qué tenía que estudiar la ley de Reforma Agraria, porque esto le parecía algo propio de economistas o agricultores. La respuesta fue esclarecedora: “para trabajar con los campesinos hay que saber en qué están”.

Entre sus primeros encargos, estuvo colaborar con Víctor Ramos en talleres de concientización para campesinos. En una de esas oportunidades, estaban en un curso de historia rural andina, en que se dijo que, durante la colonia, los españoles se habían apoderado de las tierras buenas de los terrenos llanos, echando a los campesinos para la puna. A Consuelo, esas palabras la hirieron, llevándola a cuestionar el sentido de su presencia en el Perú. Se dijo a sí misma: “qué necesidad tengo yo de estar ahí aguantando que me digan todo lo que hicieron mal mis compatriotas de cinco siglos atrás, que no tienen nada que ver conmigo. Yo aquí aguantando el dolor de cabeza por soroche y sin poder hacer nada”. A la hora del receso, un catequista se le acercó y le preguntó de dónde venía. Consuelo, algo atormentada por lo antes ocurrido, contestó: “vengo del país de dónde empezó la explotación”. El hombre la miró compasivamente y le dijo: “No me importa de dónde vienes, sino dónde está tu corazón”. Esas palabras no solamente disiparon las mociones espirituales negativas, sino que la acompañaron por el resto de su vida. Ese breve diálogo fue como una epifanía, que siempre le recordaba lo fundamental de su vocación misionera.

Tras un tiempo en Sicuani, la congregación decidió trasladarla a una localidad entre la prelatura de Ayaviri y la diócesis de Puno. Allí las Dominicas del Rosario se hicieron cargo de una parroquia sin sacerdote, algo no poco común en el Perú rural. Como “párrocas” se dedicaron a acompañar a las comunidades campesinas con mucha entrega y en vínculo estrecho con el resto de la Iglesia del sur andino. El obispo de Puno Jesús Calderón las visitaba esporádicamente para celebrar la Eucaristía con ellas y estar al tanto de su labor pastoral.

También coordinaban con el prelado de Ayaviri Luis Dalle SS.CC. Consuelo me confesó que le costaban sus actitudes machistas, aunque se las perdonaba porque era entregadísimo a los campesinos. En sus palabras, “nos valoraba a las mujeres, pero para cuestiones más de mujeres”, así que, en reuniones de pastoral, “teníamos que estar calladitas, escuchando para aprender bien y ya después podríamos hablar”. Ahí se ven las raíces de otra preocupación de Consuelo, que las mujeres sean reconocidas por los dones que brindan a la Iglesia y la sociedad, para lo cual es imprescindible apostar por su formación humana, intelectual y espiritual.

En 1982, Consuelo tuvo que salir del sur andino porque la altura complicaba su salud. Sin embargo, los aprendizajes de esos años la acompañaron para siempre. En los Andes, descubrió el valor de la comunidad y la importancia que cada persona fuese apreciado como miembro de dicha comunidad. Allí aprendió que un “buenos días con todos” no bastaba, sino había que saludar uno por uno para demostrar el interés por todos y cada uno.

El traslado de Puno a Lima fue difícil. Era triste dejar atrás un apostolado tan fecundo porque la salud ya no permitía seguir en la zona. Durante esta transición, a Consuelo le persiguieron pensamientos de que estaba renunciando a la opción por los pobres, que para ella había cobrado sentido al estar con los indígenas de Cusco y Puno. Poco a poco, fue soltando esas ideas de su cabeza, gracias al acompañamiento de los padres Gustavo Gutiérrez y Luis Fernando Crespo, quienes le ayudaron a ver que había distintas maneras de comprometerse en una perspectiva solidaria con los pobres.

Los años siguientes fue asesora de la UNEC, donde mostró un don para caminar con los jóvenes universitarios, orientando y animando sus búsquedas existenciales. Asimismo, se incorporó al equipo teológico del Instituto Bartolomé de las Casas, siendo una colaboradora crucial en la organización de las “Jornadas de Reflexión Teológica” o “cursos de verano”. En esos espacios formativos, fue pionera de una reflexión teológica feminista en el Perú, dando charlas para leer la Biblia desde los anteojos femeninos. Su artículo “Yo siento a Dios de otro modo” (*) hacía eco de la sugerente frase de Matilde, uno de los protagonistas de la novela Todas las Sangres de José María Arguedas, para pensar el aporte de las mujeres latinoamericanas a la espiritualidad cristiana. En sus palabras, “esta frase reivindica el derecho de la mujer a sentir de distinta forma, y consiguientemente a expresar también de otra manera nuestra particular experiencia de Dios. Se trata de una manera ‘relacional’ de conocer que desborda la frialdad conceptual y va implicando todas las dimensiones de la vida en esta relación”.

En tanto su apostolado giró hacia la reflexión teológica, decidió darse un tiempo para estudiar Teología. Si bien había recibido cursos como parte de su formación religiosa, sentía que, para aportar más, necesitaba una armazón que solo estudios sistemáticos le podían dar. Para ello, se fue a la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid), donde estuvo preparándose entre 1995 y 2000.

A su regreso, volvió al Bartolo y a los cursos de teología para agentes pastorales. Allí la conocí yo, en el verano de 2015. Me impresionó su calidez humana, su genuino deseo de conocer a las personas, su facilidad para acoger lo compartido y tener la palabra o el gesto oportuno. Desde entonces, nos encontramos en varias oportunidades en espacios similares, aunque quizás no los suficientes. La noticia de su partida me dejo con el sinsabor de que Consuelo tenía mucho más por dar y yo tenía mucho más por aprender de ella.

Una preocupación de sus últimos años fue motivar a jóvenes a “tomar la posta” de la perspectiva de la teología de la liberación y la opción preferencial por los pobres. Consuelo era consciente que para que esta perspectiva teológica siga vigente y se encarne en una manera de vivir la fe era necesario incorporar los desafíos actuales. Lo que implica que los jóvenes enganchados con la corriente liberadora se preparasen teológicamente con seriedad y pensasen desde las preguntas de hoy. Como me dijo, “el aporte de los más jóvenes es importante planteando preguntas nuevas que exijan respuestas nuevas, que no son solo aplicar la nueva tecnología para hacerlo más atrayente o dinámico, sino también una mirada crítica de la realidad”. Yo fui uno de aquellos que Consuelo animaba para estudiar teología. Parte de los motivos por los cuales compartió conmigo su historia fue la de motivarme a “tomar la posta”.

Mi última comunicación con ella fue en diciembre de 2020. Nos encontramos en un grupo de lectura de Fratelli Tutti, organizado por el Bartolo. La última sesión me tocó facilitar la discusión. No solamente fue la primera en reaccionar a mi presentación, sino luego me envió un correo felicitándome y diciendo que le daba mucha alegría ver cuánto había crecido aquel “muchachito” que conoció años atrás. Cerraba su mensaje recordándome que hay “una gran tarea para aportar a la construcción de una humanidad hermanada”. Que duda cabe, la vida de Consuelo fue testimonio de que ese sueño del papa Francisco es una hermosa posibilidad si nos compramos el pleito y nos dejamos moldear por el amor que hace nuevas todas las cosas.

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(*) Consuelo de Prado, “Yo siento a Dios de otro modo (en el umbral de la espiritualidad)”, en Convocados por el Evangelio: 25 años de reflexión teológica (1971-1995). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú y Centro de Estudios y Publicaciones, 1995, pp. 71-89. Originalmente aparecido en la revista Páginas, número 75 de 1986.


sábado, 20 de marzo de 2021

LUIS BAMBARÉN GASTELUMENDI, S.J.

Fuente: Archivo de Servicios Educativos El Agustino


La partida del jesuita Luis Bambarén Gastelumendi enluta a la Iglesia peruana y latinoamericana. Bambarén era de los últimos obispos que quedaban vivos de esa primera generación que vivió el Concilio Vaticano II y Medellín. Su vida grafica la terca apuesta de muchos cristianos en Latinoamérica por edificar una Iglesia pobre y al lado de los pobres, coherente con el Evangelio de Jesucristo, recinto de justicia, paz y reconciliación, comprometida con la vida plena para nuestros pueblos.

Nacido en Yungay (Ancash) en 1928, Bambarén tempranamente se trasladó a Lima, donde realizó sus estudios escolares en el colegio de la Inmaculada. Allí conoció a la Compañía de Jesús, a la que ingresó un 20 de abril de 1944 para iniciar el noviciado. El resto de su formación la hizo entre España y el Perú, siendo ordenado sacerdote en 1958. Sus primeros encargos pastorales fueron como profesor del Colegio de la Inmaculada en Lima y, luego, en el Colegio San Ignacio de Piura.

Por los años 1960, entre los jesuitas ya florecía una consciencia social y Bambarén se formó en este ambiente. Por eso, tanto en la Inmaculada como en el San Ignacio -ambos colegios de élite-, promovió que los estudiantes tuvieran experiencias de cercanía con el mundo de los pobres. Además, en 1964, creó el Instituto de Mecánica Agrícola en Piura como un centro de educación técnica para hombres del campo.

En 1968, el cardenal Juan Landázuri lo convocó para que fuera su obispo auxiliar en una Lima que crecía rápidamente. En signo de su opción por los pobres, pidió ser ordenado obispo en la parroquia San Martín de Porres, ubicada en uno de los nuevos barrios populares de la capital. Este evento marcó su misión, pues estuvo encargado de coordinar el trabajo pastoral en las zonas periféricas de Lima, donde los pobres levantaban sus viviendas en medio del desierto o los cerros. Al recorrer este camino, sumó esfuerzos con sus hermanos obispos auxiliares Germán Schmitz M.S.C. y Augusto Beuzeville, así como numerosas congregaciones religiosas, movimientos laicales y comunidades cristianas de base.

Testimonio de Bambarén sobre la pastoral social en Lima Norte

Las precarias condiciones de vida y el origen informal de estos asentamientos hicieron que en la opinión pública limeña fueran llamados despectivamente “barriadas” o “invasiones”. A Bambarén le pareció que esta manera de hablar deshumanizaba a hombres y mujeres que con mucho esfuerzo sacaban adelante a sus familias y buscaban forjarse un futuro mejor. Por eso, popularizó hablar de estos espacios como “pueblos jóvenes”, resaltando que eran comunidades que estaban luchando por ser agentes de su destino y construir una nueva ciudad.

Pero su apoyo no se quedó en el plano retórico. Su contacto directo con los “pueblos jóvenes” lo convirtió en aliado de las organizaciones vecinales en sus luchas por una vivienda digna. Esto se hizo visible cuando en 1971 fue arrestado por orden del ministro del Interior, el general Guillermo Artola, por solidarizarse con un grupo que había ocupado terrenos en Pamplona Alta. El intento de la Policía por desalojarlos había dejado como saldo un muerto, y Bambarén se hizo presente y celebró una misa por el fallecido. El incidente derivó no solo en la rápida liberación de Bambarén, sino en la reubicación de estas familias en lo que hoy es Villa El Salvador, distrito reconocido por su fuerte organización vecinal y autogestión popular, en donde se forjó la lideresa María Elena Moyano. Por gestos como este fue bautizado como el “obispo de los pueblos jóvenes”.

Bambarén y la historia de Villa El Salvador

Otro de sus grandes aportes fue constituir la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS), apoyado inicialmente por Ricardo Antoncich S.J. y luego por Ernesto Alayza Mujica. Durante las décadas de 1970 y 1980, CEAS fue una plataforma desde donde la Iglesia católica se conectó con los movimientos sociales y colaboró en afirmar una cultura democrática y de defensa de los derechos fundamentales de los pobres. Sus equipos de profesionales laicos contribuyeron a articular el trabajo social de la Iglesia, fortalecer a diversas organizaciones sociales y generar reflexión teológica y ética sobre la realidad nacional. 

En 1978, fue transferido para dirigir la entonces Prelatura de Chimbote, que se convirtió en diócesis en 1983. Allí le tocó vivir los años de la violencia política y resistir la acción asesina de Sendero Luminoso del lado de jóvenes y asociaciones vecinales. Como en otras partes del Perú, las parroquias de la diócesis de Chimbote fueron espacios comunitarios que trabajaron para resguardar a la población, defender los derechos humanos y detener el avance de Sendero. Como consecuencia de esta apuesta diocesana fueron asesinados tres sacerdotes de la diócesis, los franciscanos polacos Miguel Tomaszek y Zbiniew Strzalkowski, y el diocesano italiano Sandro Dordi. Ellos son hoy beatos mártires reconocidos por la Iglesia universal.

Entre 1998 y 2002, fue presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, teniendo un rol destacado en la caída del régimen fujimorista y la transición democrática. Tras la crisis política generada por el fraude electoral del año 2000, participó en la mesa de diálogo convocada por la OEA para intentar encontrar una salida democrática entre el gobierno de Alberto Fujimori y las fuerzas de oposición. Asimismo, fue observador en la Comisión de la Verdad y Reconciliación y participante en la firma del Acuerdo Nacional de 2002. Como obispo emérito, de vuelta en Lima, asumió la causa de preservar el Puericultorio Pérez Araníbar para los niños huérfanos. 

En esos procesos y en muchos otros conflictos sociales, puso al servicio del Perú sus habilidades para facilitar el diálogo y la concertación, como lo ha destacado Víctor Caballero en su nota de remembranza. No obstante, ese talante concertador no le impidió expresar sus posiciones firmes a favor de las causas justas, la defensa de los pobres, la Comisión de la Verdad o la teología de la liberación. Pero quizás su apuesta más terca fue ser un pastor cercano a su pueblo y comprometido con formar ciudadanos libres y servidores de la nación. Por donde fuera que pasó, es así como se le recuerda.

Demos gracias a Dios por tanto bien sembrado por el ministerio pastoral y el compromiso ciudadano de monseñor Bambarén. Pero, sobre todo, dejémonos inspirar por su testimonio profético. Su vida tiene mucho que enseñarnos a quienes hoy seguimos soñando con un Perú más justo y fraterno y una Iglesia empapada de Evangelio y solidaria con los últimos.

Para conocer a Mons. Bambarén, puede consultarse esta entrevista publicada por DESCO.

Bambarén sobre Teología de la liberación y el papa Francisco


domingo, 30 de agosto de 2020

SANTA ROSA DE LIMA, UN MODELO DE VIDA CRISTIANA

Escena de la película “Rosa mística” de Augusto Tamayo (2018)

https://rosamisticalapelicula.com/


Santa Rosa de Lima (1586-1617) es una de las mujeres más famosas de la historia latinoamericana, debido a que, en 1671, se convirtió en la primera persona nacida en las Américas en ser canonizada por la Iglesia Católica. Por ello, su figura es bastante conocida y venerada en nuestro continente desde los tiempos coloniales. A pesar de haber vivido en un mundo muy distinto al nuestro, pienso que los creyentes de hoy podemos redescubrir en Rosa un testimonio actual para inspirar nuestro camino de seguir a Jesús.

Nacida en Lima, durante el surgimiento del Virreinato del Perú, fue bautizada con el nombre de Isabel Flores de Oliva. Creció en una familia blanca que luchaba por ganarse su sustento en una sociedad impregnada de colonialismo, inequidad y racismo. Su padre, Gaspar Flores, era originario de San Juan de Puerto Rico. Fue militar y funcionario público al servicio del virrey del Perú. La madre de Isabel fue María de Oliva, quien era originaria de Lima y tuvo la tarea de criar diez hijos. Como pasaba con todas las mujeres de su época, a sus padres les preocupaba que Isabel se casara para aumentar el prestigio y los ingresos de la familia. Sin embargo, Isabel estaba más interesada en seguir una vida religiosa, por lo que se negó a cumplir con las expectativas familiares.

Las biografías sobre Rosa de Lima destacan que su vida espiritual y prácticas penitenciales comenzaron en su niñez. A una edad temprana, hizo un voto perpetuo de virginidad, practicó el ayuno y rechazó toda forma de vanidad. Cuando tenía alrededor de 12 años, construyó una diadema de espinas para emular la Pasión de Cristo. Siguiendo el modelo de santa Catalina de Siena, en 1606, Rosa se convirtió en terciaria dominica. Así, construyó una ermita en el jardín familiar, donde llevó una vida intensa de oración contemplativa, ascetismo y austeridad. Durante esos años, decidió cambiar su nombre al de Rosa de Santa María. Su experiencia mística alcanzó su punto más alto cuando, durante la Semana Santa de 1617, Rosa experimentó un “desposorio místico”. El Niño Jesús se le apareció y le pidió que fuera su esposa. Este vínculo espiritual tuvo lugar el domingo de Pascua. Meses después, falleció porque sus prácticas penitenciales habían debilitado su cuerpo.

A pesar de su renombre, a primera impresión, la vida virtuosa de santa Rosa parece estar desconectada de las preocupaciones de los católicos del siglo XXI. ¿Cómo es posible identificarse con su modelo de santidad propio de la época del Barroco? Es retador comprender su espiritualidad que, aparentemente, la aislaba del mundo. Además, podría decirse que sus prácticas penitenciales extremas eran propias de una persona que padecía una enfermedad mental que no debería ser imitada. Estas, sin duda, son interpretaciones simplistas que reducen a Rosa a una beata encerrada en su ermita viviendo una espiritualidad perdida en gestos exteriores vacíos, fantasías y milagros vanos. Aquella Rosa que, según Ricardo Palma, hablaba y jugaba con los mosquitos. Y, en cuanto a supuestos desórdenes psiquiátricos, ese juicio cae en anacronismos que juzgan la experiencia mística barroca desde las categorías psicológicas del presente.

Sin embargo, la brecha entre la vida de Rosa y la de los católicos de hoy existe. Reconocerla es un primer paso para enganchar con esta santa. En el fondo, el problema se debe a que sus biógrafos y los difusores de su culto han subrayado que la espiritualidad de Rosa la separaba del mundo en el que vivía. Por ello, para poder presentarla como un modelo significativo es necesario tomar distancia de estas lecturas tradicionales. Más bien, debemos enfocarnos en rescatar que ella era, ante todo y sobre todo, una fiel discípula de Jesús y una misionera. En esa perspectiva, propongo tres rasgos en los que esta santa mujer puede enseñarnos cómo llevar una vida cristiana.

Primero, es importante comprender integralmente su misticismo. La práctica contemplativa de Rosa tiende a describirse simplemente enfatizando sus duras penitencias y el sufrimiento que infligió a su cuerpo. No obstante, cuando se ve con más profundidad, su motivación fundamental en la vida fue cultivar una relación profunda con Jesucristo. Quería identificarse con el Señor de todas las formas posibles, incluso recreando el misterio de su Pasión. Pero su práctica mística no era un sufrir por sufrir, sino una búsqueda de conocer mejor a Jesús para más amarle y seguirle. En ese sentido, el misticismo de Rosa es relevante, porque nos recuerda que toda experiencia cristiana debe basarse en un encuentro íntimo con el Dios revelado en Jesús. Nuestro objetivo es alimentar ese vínculo amoroso, como lo hizo Rosa, para que podamos convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.

En segundo lugar, Rosa de Lima no era una mujer aislada del mundo. Historiadores, como Ramón Mujica o Luis Millones, han demostrado que tenía conocimiento de la teología espiritual y del contexto cultural de la Hispanoamérica colonial. Además, Rosa disfrutaba de la música, compuso versos y escribió algunos textos espirituales. Sus intereses revelan que nuestra santa tenía un alma alegre y una capacidad de reflexionar desde el contexto en el que le tocó vivir. En definitiva, para Rosa, comunicar la alegría del Evangelio implicaba conectarse con la sociedad y la cultura local, y amar su tierra natal.

Finalmente, Rosa se dedicó a los enfermos y hambrientos de su ciudad. Esta laica a menudo los llevaba a su casa para cuidarlos. En otras palabras, era una mujer activa cuya vida no solo se gastaba en ejercicios contemplativos. Ella caminó por las calles de Lima encontrándose con los necesitados y viviendo la caridad cristiana. Su caridad estaba más allá de las jerarquías raciales y étnicas de la sociedad colonial peruana. Como escribió su biógrafo Leonard Hansen, Rosa "sirve sin hacer distinciones entre mujeres españolas, indias, africanas; con la misma compasión, cuidó a las empleadas domésticas, a los extranjeros e incluso a los que no ha visto en toda su vida" (1). Esta santa abrazó a los pobres como un signo real de su amor por Jesucristo.

Entre santa Rosa de Lima y nosotros, hay una distancia temporal de cuatro siglos y concepciones distintas del mundo y la fe. Sin embargo, los católicos peruanos de hoy pueden descubrir en ella un modelo para crecer en la fe. La vida de Rosa nos enseña que ser cristiano es estar enamorado de Jesucristo, encarnar su Evangelio en un escenario histórico y colaborar en la construcción de una sociedad en la que se respete la dignidad de todos, especialmente de los pobres.

 (1)    Citado por Noé Zevallos, Rosa de Lima: compromiso y contemplación. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones, 1988, p. 78.


lunes, 10 de agosto de 2020

JORGE ÁLVAREZ CALDERÓN: TESTIMONIO DE COMPAÑÍA, CUESTIONAMIENTO Y SANTIDAD

Tres días después de celebrar tus 90 años nos tocó despedirte. Las palabras no alcanzan para decir cuánto fruto diste en tu terca opción por seguir a Jesús desde el mundo de los pobres. Teniendo todas las seguridades del dinero y el buen apellido, decidiste dejar todo eso atrás para anunciar el Evangelio haciéndote pobre como testimonio de tu confianza en Dios y tu compromiso con los más insignificantes.

Tu larga y fecunda vida la dedicaste a acompañar a laicos y sacerdotes en sus caminos por anunciar el Reino de Dios y servir a los pobres aquí y ahora. Al menos 3 generaciones de cristianos se han beneficiado de tu sabiduría y amistad. Tu estilo de ser pastor, tan abierto a la escucha y a la acogida, nos ayudó a descubrir los modos particulares en que Dios nos llamaba a servirlo en la Iglesia y el mundo. Tu manera de relacionarte nos ha mostrado el rostro tierno del Dios que Jesús nos ha revelado: siempre tan cercano, tan generoso, tan alegre, tan incisivo, tan profundo, tan juguetón, tan libre.

Tus palabras de agradecimiento en la misa por tu cumpleaños reflejan tu vida: "uno se siente muy pequeño ante todo esto. Por eso le agradezco a Dios que me tenga hasta ahora y los tenga a ustedes como compañía, como cuestionamiento, como santidad". Gracias por haber sido eso para todos tus amigos: testimonio de compañía, cuestionamiento y santidad.

Seguirás entre nosotros a través de la vida de tantos a quienes acompañaste e inspiraste. Como dijeron tus amigos, al organizar la misa por tus 90 años, fuiste “sal de la tierra y luz del mundo” (Mateo 5: 13-16). Tu memoria nos seguirá animando en el camino de dar razón de nuestra esperanza en el Perú de nuestros días, tan herido y a la vez tan lleno de esperanzas.

Hoy te toca abrazarte largamente con Aquel a quien le ofreciste todo lo que eras. No cabe duda que ya estás en el banquete del Reino celestial, sentado a la mesa con los preferidos de Dios, los pobres a quienes ofreciste tu sacerdocio desde aquella primera misión en la barriada de Tres Compuertas (San Juan de Lurigancho) hacia 1960. Te imagino allí escuchando con una sonrisa, haciendo preguntas o compartiendo anécdotas, y en algún rato animándote a cantar y bailar.

Que tu vida nos siga inspirando a ser fieles a la vocación que Dios nos ha llamado. 

Aparecido en el boletín Signos, edición especial del 24 de julio de 2020


sábado, 11 de julio de 2020

JORGE ÁLVAREZ CALDERÓN


El padre Jorge Álvarez Calderón ha partido apenas 3 días después de haber celebrado 90 años. Las palabras no alcanzan para expresar la inmensa pérdida que este acontecimiento representa para la Iglesia del Perú. Indiscutiblemente, es uno de los artífices de la recepción del Concilio Vaticano II y del desarrollo de la Teología de la Liberación en nuestro país. Fue mentor espiritual para al menos 3 generaciones de cristianos que sueñan con una Iglesia pobre y para los pobres. Nos deja el testimonio de una larga y fecunda vida centrada en el Evangelio, que merece ser mejor conocida para inspirar nuevos caminos de búsqueda.

Jorge nació en 1930, en el seno de una familia influyente, adinerada y devotamente católica. Sin embargo, tempranamente descubrió que el mundo de la oligarquía no lo llenaba. Entre la catequesis para niños de la parroquia de Miraflores, la Juventud Estudiantil Católica (JEC) y la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC), descubrió que el Perú era mucho más que su reducido círculo social. Su participación en esos espacios significó una toma de consciencia sobre la responsabilidad de los laicos en el anuncio del Evangelio y en la construcción de la justicia. Para Jorge, era memorable el día en que, junto a un grupo de Unecos, se plegaron a las protestas contra el golpe de estado del general Manuel Odría. Profundizar en su fe como cristiano lo llevó progresivamente a reconocer su compromiso como ciudadano.

Ingresó a la Universidad Nacional Agraria para complacer a su padre, quien deseaba que Jorge se hiciera cargo de las haciendas de la familia. Sin embargo, guardaba en su corazón el deseo de ser sacerdote. Por influencia de su hermano mayor Carlos, quien estudiaba Letras en la Universidad Católica, se vinculó con el padre Gerardo Alarco. En las conversaciones con este mentor, confirmó su vocación de pastor. No obstante, tuvo que esperar un tiempo para comunicarle a sus padres la decisión, pues su hermano Carlos había decidido optar por el sacerdocio también. Temía que su padre fuera a oponerse, considerando que los dos únicos hijos varones se metían de curas. Pero no fue así, sino que recibió el apoyo familiar a su decisión.

Por intercesión de Alarco, el arzobispo de Lima Juan Landázuri envío a Jorge y Carlos, junto al joven Gustavo Gutiérrez, a realizar los estudios eclesiásticos en Europa. Hicieron la filosofía en Lovaina (Bélgica) y la teología en Lyon (Francia), siendo testigos de las innovaciones teológicas y pastorales que se planteaban por esos lares. En 1959, ya de vuelta al Perú, Jorge fue ordenado sacerdote de la arquidiócesis de Lima en la misma ceremonia que Gustavo.

El primer encargo pastoral que recibió Jorge fue como párroco de San Juan de Lurigancho, donde por entonces empezaban a formarse las primeras barriadas en medio de lo que tradicionalmente eran haciendas. Como signo de autenticidad, decidió fijar su residencia en un cuarto de la barriada de Tres Compuertas. Allí se encontró por primera vez con el mundo de los pobres, sus sufrimientos y sus luchas por alcanzar una vida digna. Al conocer el trabajo de las Hermanitas de Jesús en la periferia de Lima y la espiritualidad del francés Charles de Foucald, reconoció el llamado de Dios a colocar el servicio a los pobres como el corazón de su ministerio sacerdotal. Jorge siempre contaba que fue en San Juan de Lurigancho donde comprendió cabalmente las contradicciones del Perú y qué tipo de presencia eclesial era necesaria. En esa tierra tan insignificante para los hombres pero bendita a los ojos de Dios, descubrió la plenitud de su vocación en tanto se dejó evangelizar por los pobres.

Jorge fue una pieza clave en el proyecto del cardenal Landázuri de poner a la Iglesia al servicio de las barriadas de Lima. Desde su nombramiento en 1955, Landázuri había logrado comprometer a congregaciones religiosas misioneras y sacerdotes Fidei donum (todos ellos extranjeros) para encargarse de la Lima que surgía en los arenales sobre la base de invasiones y en medio de la más inhumana miseria. Por ser el único sacerdote diocesano peruano asignado a la atención de barriadas, Landázuri le solicitó ser la bisagra con los curas extranjeros y colaborar en su adaptación a una realidad social que les resultaba ajena. En esta tarea hizo equipo con su hermano Carlos y Gustavo Gutiérrez, quienes fueron los “maestros” de los “gringos”, ayudándoles a entender el Perú en ebullición de los años sesenta.

La visión del Concilio Vaticano II marcó a Jorge y a toda su generación. El anhelo de edificar una Iglesia con rostro humano en el Perú despertó una inquietud: cómo implementar la renovación eclesial en un territorio tan distinto del contexto europeo que permeaba los textos conciliares. La conferencia del CELAM en Medellín (1968) brindó una brújula para recibir el Concilio en América Latina. Los obispos del continente escucharon el clamor de los pobres y comprometieron a la Iglesia en la lucha por la liberación de toda injusticia como signo palpable de la salvación en Jesucristo.  El grupo de sacerdotes formado en torno a las figuras de Jorge, Carlos y Gustavo fueron sensibles a esta nueva sensibilidad pastoral latinoamericana cristalizada a la luz de Vaticano II y la escucha de la realidad local. Por ello, un par de meses antes de Medellín, se involucraron en la creación de la Oficina Nacional de Información Social (ONIS), movimiento de sacerdotes que buscaba concretizar la renovación conciliar por medio del compromiso con el cambio social en curso en el Perú.

Al calor de las reformas del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, ONIS se desarrolló como una voz crítica de las insuficiencias de la respuesta estatal y, simultáneamente, labró caminos para encarnar una evangelización liberadora de los pobres. Jorge fue designado secretario general de ONIS, contribuyendo al tejido de una red nacional de sacerdotes proclives a una nueva pastoral comprometida. En 1971, la realización de un encuentro organizado por la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) dio origen al Movimiento Fe y Acción Solidaria (FAS), que, bajo las mismas preocupaciones de ONIS, incorporó movimientos laicales y parroquias populares. Fue en estos espacios donde se forjó la Teología de la Liberación, al calor de la praxis de cristianos luchando contra la injusticia y la deshumanización imperante en el país.

Si bien Gustavo Gutiérrez fue la gran figura intelectual de este movimiento en el Perú, es indiscutible que Jorge fue uno de sus más destacados constructores. Como secretario general de ONIS y activo líder de FAS, aportó en el tejido de una red de relaciones a nivel nacional. Era el responsable de sostener las comunicaciones y de realizar visitas para cohesionar al movimiento. Asimismo, fue el autor de un libro breve donde reflexionaba sobre su experiencia pastoral en San Juan de Lurigancho incorporando las voces de los pobladores. Así comenzamos fue la primera sistematización de evangelización liberadora como una pedagogía y un método, que sirvió de referencia para los agentes pastorales que intentaban entrar en esta perspectiva.

Ante la efervescencia de los gremios de trabajadores durante el velasquismo, consideró necesario involucrarse en el mundo obrero como terreno de evangelización. Por ello, fundó el Movimiento de Trabajadores Cristianos (MTC) al cual dedicó largos años de su vida. Su inserción al mundo obrero lo condujo a seguir de cerca los paros generales del segundo quinquenio de la década de 1970 y denunciar los abusos del gobierno del general Morales Bermúdez contra los sindicatos.

En paralelo, estuvo activamente involucrado con el Instituto Bartolomé de las Casas, fundado en 1974 para promover iniciativas de formación, reflexión y práctica en la perspectiva de la opción preferencial por los pobres y la teología de la liberación. Jorge era un asiduo colaborador de los “cursos de teología” del Bartolo, que cada verano congregaron miles de asistentes entre 1971 y 2000. Allí siempre se le encontraba deseoso de aprender de la experiencia de los agentes pastorales de tantas diversas regiones del Perú y Latinoamérica.

Al dividirse la arquidiócesis de Lima en 1996, Jorge pasó a ser sacerdote de la diócesis de Chosica (Lima Este) en cuya jurisdicción está San Juan de Lurigancho. Allí fue párroco hasta su jubilación al cumplir 75 años. Asimismo, promovió el Programa Jóvenes, Discípulos y Ciudadanos que, hasta la actualidad, es una escuela de líderes cristianos comprometidos con el desarrollo integral de Lima Este.

Jorge fue un sacerdote diocesano. Fue parte de su itinerario reflexionar sobre qué era lo distintivo de esta forma de vida eclesial. Hacia el final de su vida descubrió a Antonio Chevrier y a la Asociación de Sacerdotes del Prado. En ellos descubrió una espiritualidad fecunda para dinamizar la vocación del sacerdote diocesano. Por ello, animó a jóvenes sacerdotes cercanos a los pobres a forjar una comunidad del Prado en el Perú. Más recientemente estuvo volcado a consolidar una rama laical del movimiento, que fue posiblemente su último sueño pastoral. Desde ese lugar, fue un promotor de la Mesa de Movimientos Laicales que integra a los diversos grupos de apostolado seglar adheridos a la Iglesia del Vaticano II y la opción preferencial por los pobres.

Sus últimos años los pasó en el Asilo de las Hermanas de los Ancianos Desamparados de la Av. Brasil. Era bastante conocido por ser el “padrecito” que más paraba en la calle que en el asilo. Incluso, en su retiro, no perdió ese dinamismo pastoral que lo acompañó toda su vida. Un cáncer al páncreas lo deterioró hasta producir su deceso el 10 de julio de 2020.

Pero quien ha dado la vida como Jorge la dio nunca muere. Los frutos de su ministerio son carne en personas concretas a quienes él acompañó en su proceso de hacerse cristianos adultos para el servicio del Reino de Dios y de los pobres. Sus amigos, al organizar la misa por sus 90 años, escogieron como lema esa bella imagen de Mateo: “sal de la tierra y luz del mundo” (5: 13-16). Que duda cabe que el testimonio cristiano de Jorge encarna esas palabras de Jesús. Que su memoria nos siga inspirando en el camino de dar razón de nuestra esperanza en el Perú de nuestros días, tan herido y a la vez tan lleno de esperanzas.

domingo, 16 de febrero de 2020

PARA LEER “QUERIDA AMAZONÍA”





A horas de su publicación, la exhortación apostólica pos-sinodal “Querida Amazonía” levantó mucha polémica más por sus omisiones que por sus contenidos. En el espíritu de animar a participar informadamente del debate, comparto un resumen de cinco puntos que me parecen claves para acercarse al documento.

Mirar más a fondo

La ausencia de un pronunciamiento sobre el sacerdocio para hombres casados y el diaconado para las mujeres fue presentado por algunas voces dentro de la Iglesia como el fracaso del sínodo, mientras otras celebraban la preservación del celibato como sello distintivo del ministerio ordenado. Además, fue el tema que la prensa levantó con mayor insistencia. Acertadamente, Mauricio López, secretario ejecutivo de la REPAM, calificó estos planteamientos como unilaterales y reduccionistas, en tanto provienen “desde fuera” de la Amazonía e invisibilizan muchas otras propuestas esenciales que reflejan el sentir directo de los pueblos.

Por tanto, el valor de la exhortación apostólica no puede restringirse al tema de los ministerios eclesiales, aun cuando este sea un asunto relevante. Es necesario mirar el documento con mayor amplitud. “Querida Amazonía” debe examinarse en relación con todo el camino sinodal y la complejidad de la problemática de la Amazonía que abarca la promoción de una ecología integral y el discernimiento de nuevos caminos para la evangelización. La exhortación viene a ser el inicio de una nueva etapa de la conversación y no el punto final.

Estructura de “Querida Amazonía”

La exhortación se organiza en cuatro capítulos. Cada uno de ellos, corresponde con “sueños” del papa Francisco para el futuro de la Amazonía. Primero, el “sueño social” relacionado con la lucha por los derechos de los pueblos originarios y los pobres de la Amazonía para que su voz sea escuchada y su dignidad promovida. Luego, el “sueño cultural” que apela a la preservación de las culturas de los pueblos amazónicos y la valoración de sus maneras de vivir y trabajar. Tercero, el “sueño ecológico” centrado en el cuidado responsable de la naturaleza de los ríos y las selvas de la Amazonía para que las próximas generaciones puedan contar con sus recursos. Finalmente, el “sueño eclesial”, en que anima a la Iglesia a abrazar y escuchar a los pueblos indígenas para abrir nuevos caminos de evangelización que permitan la inculturación plena del Evangelio en esta zona del planeta.



Emergencia de una “nueva hermenéutica” en el magisterio

El papa afirma que la exhortación no pretende reemplazar ni repetir el “Documento Final del Sínodo”, sino ofrecer un marco de reflexión que oriente la recepción de todo el camino sinodal. En ese sentido, para el teólogo venezolano Rafael Luciani, es clave que, en vez de integrarlo a “Querida Amazonía”, Francisco asuma la autonomía del “Documento Final del Sínodo”, invitando a leerlo y aplicarlo. Según Luciani, tal afirmación implicaría que la autoridad de las Iglesias locales en el discernimiento de su misión está por encima de la Curia romana, estableciendo una “nueva dialéctica” entre el peso de un documento de un sínodo regional y el magisterio pontificio.

Justicia para la Amazonía

La exhortación destaca por su reclamo de justicia para la región amazónica y sus pueblos, exigiendo un desarrollo que ni colonice el territorio ni debilite su identidad. Como ha anotado Mauricio López, la cobertura dada al tema de ministerialidad hace perder de vista que “Querida Amazonía” se pronuncia con firmeza respecto a estructuras económicas y macropolíticas, y a la crisis ambiental, que ponen en riesgo esta reserva ecológica del planeta. El documento califica como “injusticia y crimen” los emprendimientos que dañan el medio ambiente y no respetan el derecho de los pueblos originarios al territorio, la autodeterminación y el consentimiento previo.

Además, se insiste en el cuidado de la casa común como responsabilidad global que abarca a los gobiernos y a la ciudadanía. En ese sentido, la encíclica Laudato Si’ constituye un referente clave para “Querida Amazonía” y de todo el camino sinodal por su planteamiento de una interconexión ineludible entre la crisis ecológica y el clamor de los pobres.



Ministerialidad y reforma de la Iglesia

El documento alienta a las comunidades cristianas en la Amazonía en el discernimiento de nuevos caminos para una auténtica inculturación del Evangelio en esta región. En esa perspectiva, “Querida Amazonía” es consciente de la necesidad de nuevos ministerios para encarnar una Iglesia con rostro amazónico. Sin embargo, el “Documento Final del Sínodo” planteó propuestas en el tema (viri probati, diaconado femenino, etc.) que la exhortación no recoge, sin desestimarlas ni legitimarlas. Cuesta interpretar el silencio de Francisco: para algunos significa “cerrar el paso” a estas alternativas, mientras para otros es una “carta abierta” para que los obispos amazónicos insistan en la cuestión. Más aún, desconcierta que el papa invite a buscar “nuevos caminos” y, ante la apremiante realidad de comunidades que no celebran regularmente la Eucaristía por la ausencia de sacerdotes, plantee soluciones tradicionales tales como la generosidad en el envío de misioneros y la oración por las vocaciones sacerdotales.

Al momento, quizás toque escuchar la posición moderada del británico Austen Ivereigh, biógrafo de Bergoglio, para quien el papa está aplicando las reglas del discernimiento espiritual a esta difícil decisión. Ante los enfrentamientos internos que generan estas propuestas, no quiere una salida que imponga una posición como victoriosa sobre la otra. Más bien, el llamado está en intensificar la búsqueda e imaginar una “tercera vía” que responda a la problemática de fondo y reciba un mayor consenso dentro de la Iglesia. En todo caso, este pontificado tiene el mérito de estar generando condiciones para un debate sobre cuestiones que, hasta hace cinco años, se pensaban inmodificables e indiscutibles.