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martes, 9 de febrero de 2021

EL VUELO DE LA VACUNA

Captura de pantalla del Facebook de UNPRG Lovers

El Perú está siendo duramente golpeado por la segunda ola de la COVID-19. El último mes nos ha traído a la memoria los peores momentos del año 2020. Escenas de familias desesperadas buscando oxígeno o cama UCI, así como avisos de nuevos decesos cada día, vuelven a ser el pan de cada día. A esto se suman los temas irresueltos del estallido social de noviembre pasado y el panorama penumbroso de las elecciones del próximo abril. En el año del Bicentenario de nuestra Independencia, todo pareciera pintar mal.

Considerando ese escenario sombrío, no es de extrañar que la llegada del primer lote de vacunas al Perú ha sido una fiesta nacional. La cobertura de los medios de comunicación fue a todo dar. Pero quienes realmente se robaron las cámaras fueron los amigos de UNPRG Lovers, un grupo de chiclayanos a quienes se les ocurrió transmitir vía Facebook Live el vuelo de la vacuna hacia el Perú. Desde China hasta su desembarque en El Callao, cientos de miles de peruanos siguieron el acontecimiento acompañados de cumbia, nuestras canciones patrióticas y la chacota típica del humor nacional. Aunque algunos lo consideren una excentricidad, la verdad es que terminó alcanzando 913 mil reproducciones.

Muchos verán en esto una anécdota más del genio creativo peruano, capaz de reírse de las desgracias para encontrar motivos para seguir adelante. Honestamente, creo que hay algo más. Al conectarme, lo que mis ojos vieron fue un espacio de encuentro entre personas diversas, que no nos conocemos cara a cara, pero que compartimos un amor por el Perú y un deseo hondo de que las cosas se hagan bien para que el sufrimiento acabe. Allí se respiraba fraternidad y esperanza. Éramos testigos de una hermandad espontánea que celebraba que la muerte y el llanto no serán para siempre, y que la vida, al final, triunfará.

El espíritu reinante en ese espacio virtual me llenó de esperanza. Y no me refiero solo a las vidas que serán protegidas gracias a esas vacunas. En ese momento, sentí que los peruanos tenemos ganas de “querer ser pueblo”, como dice el papa Francisco; es decir, de entendernos como un nosotros que es más que una suma de individualidades (1). Un pueblo se construye a través de experiencias que hermanan, donde se forjan vínculos de amistad social, se descubren las cosas en común y se aprende a soñar juntos. Ser pueblo “es formar parte de una identidad común hecha de lazos sociales y culturales”, lo que constituye la base para pensar en un proyecto colectivo, que promueva la dignidad de todos y todas, y que se haga realidad gracias al compromiso colectivo (2). En la fiesta por la vacuna, reconocí un potencial para caminar hacia ese horizonte.

No quiero pecar de excesivo optimismo, pues admito que son muchas las limitaciones para constituirnos en pueblo. El Perú es de los países con más alto índice de desconfianza entre ciudadanos, donde la precariedad de la vida y la violación de derechos fundamentales se trata con normalidad, donde prima una cultura que privilegia la acción individual por encima de la colectiva, y donde la clase política decepciona cada día más. Basta ver las voces mezquinas de quienes se andan quejando que 300 mil vacunas no son suficientes para que la esperanza se desinfle un poco. Sin embargo, el domingo pasado sentí que no éramos causa perdida, tal y como los profetas de calamidades nos quieren vender siempre. Cuando nos lo proponemos, podemos aspirar a ser un Perú nuevo, regenerado desde el encuentro jovial y el trabajo duro de quienes formamos parte de esta nación.

Quizás mi esperanza no es tan infundada. “Poner el hombro” es uno de los lemas que han acompañado la algarabía por la llegada de la vacuna. Es un llamado a que cada uno asuma su responsabilidad en esta lucha que es de todos, y en la que solo nos salvaremos trabajando juntos. En el fondo, la pandemia es una oportunidad de aprendizaje. Ojalá sepamos mirar más lejos y hacer de esa alegría por las vacunas un motivo para hacernos más hermanos, soñar juntos el Perú que queremos y poner el hombro para hacerlo realidad.


(1) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 77.
(2) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 157-158

miércoles, 20 de enero de 2021

RECURSOS PARA CREYENTES EN BÚSQUEDA

Fuente: Freepik

Constantemente, me encuentro con personas que están en búsqueda de recursos para alimentar su vida de fe, pero tienen poco tiempo por la carga laboral (especialmente demandante en tiempos de pandemia) o les cuesta encontrarse en los formatos y lenguajes que tradicionalmente asociamos a la formación religiosa. Si eres uno de esos creyentes en búsqueda, pero ocupados o insatisfechos, comparto esta lista de sitios web que suelo recomendar cuando alguien me consulta. Todos estan planteados desde una perspectiva cristiana catolica, interesada en dialogar constructivamente con la diversidad religiosa y el mundo complejo en que vivimos. 

Ojala los encuentren utiles y, por favor, si tienen otros recursos que les parecen valioso compartir, sugieránmelos en la sección de comentarios. Abierto a sus contribuciones para enriquecer esta lista.

Para orar

Rezando voy es una aplicación de los jesuitas de España, que, a modo de podcast, propone secuencias diarias para orar por 10-15 minutos. Para ello, conecta alguna de las lecturas bíblicas de la liturgia del día con experiencias de la vida cotidiana. Es ideal para quienes encuentran dificil concentrarse, pues consta de grabaciones que presentan la Palabra de Dios acompañada por música y preguntas para reflexionar. El ideal es separar un espacio del día para orar con la propuesta de Rezando voy. Pero como esto no siempre se puede, lo bueno de este recurso es que pueden escucharlo en algún tiempo vacío (como en el transporte público o durante una caminata larga). Aunque no puedan dedicarse de lleno a la oracion, se quedarán con algo resonando en su corazon o alguna pregunta para seguir reflexionando en el dia.  

 

Espacio sagrado es un recurso administrado por los jesuitas de Irlanda bastante similar al anterior. Quizás la diferencia está en que la secuencia siempre está basada en el Evangelio del día y que sigue un formato más tradicional de navegación. Quizás es más útil para quienes se sienten mas cómodos leyendo, que escuchando un audio.

 

Ejercicios espirituales en la vida diaria es un sitio de los jesuitas de Chile, que es ideal para quienes estan buscando profundizar en su experiencia de oración o se sienten insatisfechos y necesitan hacer un alto para examinar el camino recorrido. En breve, ofrece la posibilidad de seguir de manera virtual la experiencia de los Ejercicios Espirituales, que es una pedagogia espiritual creada por san Ignacio de Loyola para ayudarnos a examinar nuestras experiencias a la luz del amor de Dios y orientarnos en la toma de decisiones que nos conduzcan hacia una vida cristiana más plena. 


Para integrar fe y vida

Pastoral SJ es otra propuesta fantástica de los jesuitas de España. Su propósito es dar una mirada a la realidad desde la fe y las inquietudes de la gente joven. Los materiales, en verdad, ayudan a mostrar que la fe cristiana, aun habiendo acumulado un par de milenios de antigüedad, tiene una actualidad impresionante. Para ello, usa un abánico amplio de recursos que van desde artículos breves, videos, música, recomendaciones de películas o pautas para oracion personal y comunitaria.


Si son más de seguir Youtubers, estos canales pueden resultarles interesantes. Ellos y ella intentan conectar las inquietudes de hoy con la sabiduria cristiana, y explícitamente generan un diálogo con quienes no creen al modo cristiano, pero tienen un corazón sediento de trascendencia. 


Jose Maria Rodriguez Olaizola es jesuita español y uno de los motores de PastoralSJ y RezandoVoy.


Smdani es el pseudónimo de Dani Pajuelo, sacerdote español marianista. Es reconocido por sus entrevistas a otros youtubers no cristianos, donde intenta tender puentes y mostrar que la inquietud espiritual está en todos.


Xiskya Valladares es religiosa nicaragüense de la congregacion Pureza de María, conocida en el mundo digital como la "monja tuitera".


Para educar a los niños en la fe

Varios amigos de mi generacion ya empezaron a tener descendencia, por lo que también me he encontrado con la pregunta sobre cómo introducir a los niños y las niñas en la experiencia de fe. Sin ser experto en la materia, encuentro estos dos recursos grandiosos para sembrar dos aspectos claves para todo itinerario cristiano: el contacto con la Palabra de Dios como fuente de sabiduría para la vida y la oración como espacio de encuentro con Dios.


Valivan es un programa donde un fraile franciscano y una comunidad de marionetas atraviesan situaciones de la vida cotidiana de los niños. El fraile Valivan utiliza las parábolas de Jesús para ayudar a las marionetas a responder a los retos que enfrentan. Las narraciones de las parábolas son hermosas e ideales para enganchar a los niños. 


Rezando voy tiene su sección Infantil para ayudar a los padres a enseñarles a los pequeños de la casa cómo orar. 


Ojalá estos materiales sean de utilidad. Y si están en búsqueda de recursos para cultivar otras dimensiones de la fe, por favor, no duden en comentar.



domingo, 10 de enero de 2021

LÁMPARAS Y NO ESTRELLAS

Fuente: Frame Pool

“Si cada uno hiciera bien lo que le toca hacer, tendríamos un mundo más justo y fraterno”. Aunque para muchos esa sea una frase cliché, encuentro en ella una profunda sabiduría. A fines de noviembre, se la volví a escuchar a un joven profesional del Cusco durante un encuentro virtual de voluntariados universitarios. En ese momento, resonaba fuerte los ecos del estallido social en el Perú y la esperanza en la “generación del Bicentenario”. Sus palabras no eran vacías, sino estaban llenas de convicción y ejemplo. Nos contó que era parte de un equipo de jóvenes que había creado una consultora. Su granito de arena para construir un Perú mejor era realizar sus contratos con eficiencia, compromiso y transparencia, y negándose a ceder ante los mecanismos tan naturalizados de corrupción en el sector público.

Al escucharlo, me quedé pensando qué pasa que se hace tan difícil poner en práctica ese mínimo indispensable de hacer bien lo que le toca a cada uno. Aunque claramente hay varias formas de entrar a esa pregunta, me animo a lanzar una idea para alentar una conversación al respecto. Para mí, tiene que ver con que la cultura hoy nos orienta a ser estrellas, que destaquen por encima de los demás y que acumulen poder, dinero, fama, experiencias memorables y un largo etc. Si bien hay algo de legítimo en esta aspiración a ser más, también se corre algunos riesgos cuando solo nos mueve el deseo de ser visto. Las estrellas usan su luz interior para captar la atención de los demás y ser alabados por todos. El mundo virtual es un buen ejemplo de esta mentalidad. La meta es ser un influencer que acumula contactos, likes y comentarios.

¿Dónde está el peligro? En un mundo de estrellas, se contagia la tendencia a colocarse en un pedestal por encima de los otros y a creer que el prestigio personal obliga a los demás a girar a nuestro alrededor. Nos concebimos como objetos de culto y, por tanto, todo se orienta a alimentar nuestro ego. La consecuencia es el narcisismo, la incapacidad de mirar más allá de uno mismo. Y en el reino del egocentrismo abunda la indiferencia y el abuso. Es el triunfo de la lógica del sacar provecho del otro para favorecer los propios intereses. Es una mentalidad que termina dejando personas heridas por doquier, muchas veces paralizadas e indefensas, o resentidas y buscando revancha.

El planteamiento de aquel joven cusqueño, más bien, implica que nos concibamos como lámparas, que comparten su luz para que otros puedan ver. Es vivir enraizado en la convicción que la misión -esa razón por la cual estamos en el mundo y que orienta la vida personal- es estar al servicio de los demás. No se trata de brillar para el goce individual, sino de ser medio para el crecimiento de los demás. En pocas palabras, usar el propio talento para que otros talentos brillen. En oposición al egocentrismo de las estrellas, el ser lámpara es practicar la humildad que nos libera de las ambiciones mundanas y la falsa seguridad que da acumular prestigio, poder o tantas otras cosas. Es convencerse de que es mejor comprometerse fielmente en lo poco y en lo cotidiano, en lo que uno tiene delante y que puede hacer bien.

Si aspiramos a marcar una diferencia en el mundo, el camino no es buscar reflectores para que todos nos miren, escuchen o toquen. Más bien, lo que nos conduce a ese horizonte es asumirnos como obreros comprometidos con la labor cotidiana de cuidar a las personas que nos rodean y asumir con seriedad y dedicación nuestras tareas como miembros de las comunidades e instituciones a las que pertenecemos. El servicio nunca es ideológico, como enseña el papa Francisco, porque se sirve a personas, no a ideas o a nuestro propio ego. Vivir como lámparas nos abre a la “verdadera sabiduría” que supera el narcisismo para abrirse al encuentro con la realidad, a sentarse a escuchar al otro y acogerlo como nuestro  hermano (1).

Qué duda cabe, necesitamos crecer en una mentalidad donde seamos más lámparas que estrellas. Solo así el mundo podrá ser lo que debe ser. En esta tarea, los cristianos tenemos una responsabilidad. Jesús nos enseña que aquel que quiera llegar a ser grande no debe dominar ni oprimir, sino ser servidor de todos (Mateo 20, 25-27). Al mirar la vida de Jesús descubrimos que estas no fueron palabras vacías, sino que, como el joven cusqueño y tantos otros héroes cotidianos, se la jugó en ser lámpara y no estrella. Aquel a quien los cristianos confesamos como “el nombre que está sobre todo nombre”, lo es porque “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo y se hizo semejante a los seres humanos” (Filipenses 2, 7.8). Que nuestra fe en Jesús, el servidor de todos y todas, nos inspire a encarnar una espiritualidad de lámparas en un mundo sombrío y cerrado, tan necesitado de luz y encuentros.  

(1) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 47-48.


jueves, 24 de diciembre de 2020

UN NIÑO NOS HA NACIDO

James B. Janknegt, Nativity, 1995.
Fuente: https://thejesusquestion.org/2011/12/25/nativity-paintings-from-around-the-world/

Esta Navidad se presenta sombría tras un año 2020 marcado por el duelo, el desgaste y la incertidumbre. La llegada de la vacuna contra la COVID-19 alguna esperanza transmite que eventualmente volveremos a la “normalidad”, aun cuando esa sensación esconda injusticia por dejar a las naciones pobres al final de la cola. Igual, en todas partes del mundo, se recomienda suspender el acostumbrado boato de las celebraciones de fin de año y optar por la sencillez. Muchos extrañarán las grandes mesas que congregan a toda la familia y no pocos se verán obligados a pasarla solos. La fiesta más esperada del año se verá ensombrecida por las ausencias de los caídos por el virus y otras pandemias sociales, y por la falta de trabajo, pan y paz en muchos hogares y pueblos. Quienes pretenden celebrar como si nada estuviese pasando, harían bien en recordar que muchos han sufrido y siguen sufriendo.

Dicho todo esto, ¿tendrá sentido celebrar la Navidad? A lo mejor, es justo en medio de circunstancias duras donde el nacimiento de Jesús adquiere más sentido que nunca. Hace poco, una colega escribió que recibir noticias del nacimiento de hijos de amigos o familiares había sido una fuente de esperanza para sobrellevar las cargas de la pandemia. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. El traer al mundo a un niño o una niña en medio de tantas sombras es un acto de radical esperanza y de amor incondicional. Y nos recuerda que nadie ha comprado su propia vida. Esta se nos ha dado gratis, porque alguien tuvo el deseo, y no pocas veces también la valentía, de traernos al mundo. El nacimiento de un bebé es la afirmación más contundente que, pese a todas las sombras desatadas por la pandemia, la vida tiene sentido y vale la pena luchar por promoverla.

Cada niño o niña que viene al mundo es un regalo para su familia, su pueblo y la humanidad entera, especialmente en tiempos de crisis. El rostro de un recién nacido despierta una ternura que toca hasta el corazón más duro. Pero también es un llamado al compromiso con la vida de ese otro tan pequeño y frágil. A los bebés hay que cuidarlos, tarea que no siempre es fácil y placentera. Sin embargo, hay algo en el vínculo que se teje con los niños y las niñas que nos moviliza intensamente, que nos dispone a querer ofrecer la vida por esos seres que, aunque a veces fastidiosos, se vuelven un motivo de constante alegría y esperanza. Al acercarnos a ellos y ellas, descubrimos que el amor es el motor de la vida y de la historia humana, aquella fuerza que nos inspira a transformar la realidad para que sea un lugar mejor para las nuevas generaciones. Y a desvelarse por cuidar de los pequeños miembros de nuestras familias, para que crezcan haciéndose hombres y mujeres de bien.

Esto no es algo que hemos aprendido con la pandemia actual. Lo sabemos bastante quienes nacimos o crecimos durante los años 1980, cuando el Perú colapsaba por la violencia, la pobreza, el hambre. Cuantas familias peruanas encontraron en sus pequeños el motivo para seguir luchando en medio de tantas adversidades. Esta historia se repite ayer y hoy en tantos otros contextos del planeta. Incluso, es parte de la revelación bíblica. Varios hombres y mujeres llamados por Dios nacieron en circunstancias adversas y, gracias al cuidado de sus madres/padres y la gracia de Dios, se convirtieron en signo de esperanza para el pueblo de Israel. Fue la historia del mismo Jesús, nacido en un establo por falta de recursos y hospitalidad, en medio de la dominación de un Imperio que oprimía a su pueblo. Gracias al amor y ejemplo de María y José, aquel nacido en un pesebre se hizo profeta grande en obras y palabras, modelo de perfecta humanidad, rostro vivo de Dios para todas las generaciones.

El profeta Isaías entendió el poder de este símbolo, cuando le anunciaba a su pueblo que “caminaba en tinieblas” que “un niño nos ha nacido” trayendo una luz de esperanza. Con su venida renacería la alegría y se reestablecería la paz y la justicia, sentenciando que estos frutos eran acción del amor ardiente de Dios (Isaías 9, 1-6). La tradición cristiana ha leído en este oráculo de Isaías la encarnación de Jesús, el Hijo del Dios-amor, quien vino y sigue viniendo a nosotros para contagiarnos de esperanza y testimoniar la fuerza transformadora del amor, sobre todo en los tiempos más oscuros.  

La alegría y la esperanza que trae la Navidad no está en la mesa llena o la acumulación de regalos. Está en el celebrar a un Dios que ha querido hacerse concretamente parte de la vida de la humanidad, compartir nuestros gozos y tristezas, consolarnos en el dolor, avivar nuestra búsqueda de felicidad, inspirarnos a estar al servicio de los demás. Es hermoso que el signo por el que quiso hacer esto fue “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lucas 2, 12). Dios quiso nacer como cualquiera de nosotros, mostrándose como un bebé que nos recuerda lo fundamental de la condición humana y aquello a lo que estamos llamados. Que descubramos al Mesías y la alegría de la Navidad en tantos niños y niñas que nos han nacido durante la pandemia. Que en ellos y ellas encontremos la esperanza para regenerar al mundo y hacer de este una casa donde todos se sientan bienvenidos.


martes, 27 de octubre de 2020

EL SEÑOR DE LOS MILAGROS EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO PERUANO

 


Las procesiones del Señor de los Milagros a lo largo de octubre son símbolo de la cultura viva de Lima. Es, sin duda, una de las devociones más arraigadas en el corazón del pueblo peruano, al punto que compatriotas migrantes la han llevado más allá de las fronteras nacionales. Por ello, es triste que la pandemia nos impida ser testigos un año más de ese mar humano peregrinando por las calles de la ciudad detrás del Cristo moreno. Pero estoy seguro de que el amor de los fieles va encontrando nuevas maneras de comunicarse en medio de los tiempos desafiantes que vivimos. En el espíritu de hacer memoria agradecida, comparto tres ideas que vienen a mi corazón al pensar en el Señor de los Milagros, devoción tan querida por el pueblo de Lima y del Perú.

Devoción cristocéntrica en el corazón de los pobres

Desde sus orígenes, el culto al Señor de los Milagros ha sido una manifestación de la fe de los pobres. Según el historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte, este surgió con la formación espontánea de una cofradía de esclavos negros del barrio de Pachacamilla, ubicado en las afueras de Lima. En el mundo colonial, estas agrupaciones religiosas eran espacios donde sus integrantes compartían las vivencias y se protegían mutuamente de las desavenencias del trabajo. La cofradía adquiría una identidad a partir de la adopción de un santo patrono. En este caso, los negros de Pachacamilla se congregaban en torno a la imagen de Cristo crucificado, reconociendo que Él los llevaba en su corazón y los amaba. Era el símbolo de la fraternidad y la solidaridad vivida en la cofradía. Los últimos de la sociedad colonial, como tantos pobres e insignificantes de nuestro tiempo, descubrían en el rostro de Jesús que no estaban solos ni olvidados. El sentirse amados por Dios y por los hermanos era una razón para caminar con esperanza y en solidaridad con los otros, y aspirar a una vida con dignidad.

La fiesta y la religiosidad popular

En su catequesis del 12 de agosto de 2015, Francisco recordaba que la fiesta es una “invención de Dios” y dimensión central de la fe cristiana. Pero esta “no es la pereza de estar en el sofá o la emoción de una tonta evasión”, sino en su sentido más hondo “una mirada amorosa y agradecida por el trabajo bien hecho”, un tiempo de contemplación y gozo porque se camina acompañado. En mis recuerdos, el mes morado tiene mucho de esto. Mi abuelo, fiel devoto del Señor de los Milagros, cada año congregaba a toda la familia para asistir a la misa y procesión del día 18. Era un momento para dar gracias por tanto bien recibido, pero además para gozar de la familia reunida. El ritual siempre conducía a un desayuno festivo en la calle Capón. La experiencia religiosa era parte de la alegría de vivir.

Camino para una cultura del encuentro

Para las comunidades de peruanos migrantes, el Cristo de Pachacamilla se ha convertido en un elemento de identidad que los mantiene unidos a su cultura originaria y los acompaña en las experiencias, muchas veces duras, de adaptarse a un nuevo contexto. Pero, adicionalmente, es una posibilidad para construir caminos de integración. Como anotan Claudia Rosas y Milton Godoy (1), la presencia del culto al Señor de los Milagros en Santiago de Chile, institucionalizada desde 1992, se ha convertido en un espacio de cercanía entre peruanos y chilenos, hijos de dos pueblos hermanados por la fe cristiana. La misma iglesia local reconoció y apoyó esta iniciativa, siendo un gesto de esta actitud la donación de la imagen por parte del cardenal Errázuriz en 1993. Al decir de Francisco, esta devoción se convierte en una oportunidad para cultivar una “cultura del encuentro”, aquella que aspira a que todos y todas nos reconozcamos como hijos del Dios de Jesús y aprendamos a colaborar juntos por una sociedad donde nadie se sienta excluido.

Que el Cristo moreno siga inspirándonos a hacer grande al Perú. Que cada uno de sus devotos se sienta animado a convertirse en un milagro para los demás.

Notas

(1) Milton Godoy Orellana y Claudia Rosas Lauro (2014). "Devociones compartidas: el culto a Santa Rosa y al Señor de los Milagros en Lima y Santiago de Chile, siglos XIX y XX". En Sergio González Miranda y Daniel Parodi, Las historias que nos unen. Episodios positivos de las relaciones peruano-chilenas, 1820-2010 (pp. 107-131). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. 

martes, 25 de agosto de 2020

DUELO Y ESPERANZA

Fuente: New York Times 


La imposibilidad de acompañar a nuestros seres queridos en su lecho de muerte debe ser una de las experiencias más dolorosas que ha traído la pandemia. No hay palabras suficientes para consolar a quienes ven partir a familiares y amigos (muchas veces de manera prematura). Y, por lo mismo, es admirable ser testigo de cómo las personas van creando sus maneras para expresar su inmenso amor en estas circunstancias. Hoy muchas historias nos invitan a redescubrir que un duelo vivido con esperanza nos sostiene en medio de la tragedia de perder a alguien en tiempos de distanciamiento social. Comparto algunas reflexiones que brotan de escuchar el testimonio valiente de quienes les ha tocado vivir esta penosa experiencia.

El duelo es amigo de la gratitud. Si la muerte de alguien nos afecta, es porque esa persona significa algo en nuestra vida. Despedir a un ser querido es oportunidad para hacer memoria de eso y traer al corazón aquellas experiencias que nos unen a quien ha partido. Es ponerse un tanto nostálgico, pero como camino para expresar nuestra gratitud por cuanto amor y bien hemos recibido de quien nos ha dejado. Pero para que sea un ejercicio sanador hay que encontrar formas personales de expresarlo. Escribir una carta, preparar una oración comunitaria o una reunión familiar virtual, escuchar o bailar música que nos evoca a esa persona, mirar fotografías, organizar sus pertenencias, etc. Aquellas alternativas (y muchas otras que broten en el corazón de los deudos) pueden ayudar a despedirse simbólicamente y expresar aquello que no se pudo decir en el momento oportuno. Sin duda, será doloroso, pero nos ayudará expresar esos sentimientos contenidos en el corazón.

Está bien sentirse triste. Hemos perdido a alguien que amamos. Que no nos afectase sería lo preocupante. Pero no tenemos que vivir esto solos. Al contrario, hemos de tener cuidado de no encerrarnos en nuestro dolor. Y es más fácil no caer en ello si recordamos que el duelo nos une a otros, quienes también extrañarán la presencia física del ser querido. Busquemos a familiares y amigos para compartir la tristeza y consolarnos. Dolor que es compartido es más llevadero. Sin duda, será motivo para fortalecer nuestros vínculos con quienes siguen caminando entre nosotros y reconocer que hay motivos para seguir adelante a pesar de la pérdida. En caso sintamos que la situación nos desborda podemos recurrir a acompañamiento profesional, sea psicológico o espiritual (o ambos). Hay instituciones que vienen brindando el servicio de escucha de manera gratuita. Lo importante es saber que no tenemos que pasar por esto solos.

Tener paciencia con uno mismo y con los demás. Hay días donde todo se revuelve y hay otros donde es posible cierta serenidad. Que nuestras emociones fluctúen de manera radical es parte del camino del duelo. Pero también hay que recordar que no todos vivimos la pérdida de la misma manera. Podemos caer en la tentación de querer que todos hagan luto según nuestro modo. Y así terminamos arrojando juicios contra quienes pensamos no les importa. Pero, en el fondo, sí les afecta, y al igual que nosotros les cuesta enfrentar la situación. Toca ser respetuoso y paciente del proceso de los demás, de la misma manera como deseamos que los demás sean respetuosos con nuestro proceso. Aprender que, ante un duelo, en vez de juicios y reclamos, lo único que funciona realmente es la compasión y la disposición de estar allí para el otro y de la manera en que ese otro quiera que estemos. Y, eso sí, no solamente ofrecer acompañamiento, sino dejarse acompañar, porque uno mismo también lo necesita.

El reto más grande es vivir el duelo con esperanza. Siempre me conmueve las palabras que las personas formulan para consolarse y confiar que el ser amado no se ha ido para siempre. En la cultura cristiana, la fe en la resurrección alimenta una mirada a la muerte sin desesperación. Usualmente decimos: “Ya descansa en paz”. Esa expresión es mucho más que resignación. Es signo de que la vida de nuestro ser querido no ha concluido con la muerte. Vive para siempre en la presencia de Dios y la muerte ya no tiene poder alguno sobre él o ella (Rom. 6:9). Allí donde ha ido ya no habrá sufrimiento ni dolor (Ap. 21:4). Cuando he perdido familiares o mentores, me da mucho consuelo imaginarme a esa persona encontrándose con Dios y dándose un abrazo larguísimo. Y repetirme y compartir con otros mi fe en que quien se ha ido ahora vive gozando eternamente del abrazo eterno de aquel Dios que es amor infinito e incondicional.

“Sigue viviendo en nuestros corazones” es otra frase que mucha gente dice para consolarse. Pienso que, desde una perspectiva cristiana, contiene mucha sabiduría. Nos confirma en que la muerte física no es el final del camino, pues creemos en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Pero además nos transmite la serenidad que esa persona sigue acompañándonos de alguna manera misteriosa. No como un fantasma que se asoma de vez en cuando, que termina siendo una ilusión. Más bien, habita en nuestro corazón, aquel órgano de nuestro cuerpo que en el pensamiento bíblico alberga la integralidad del ser humano. Quien nos deja nos ha marcado de maneras que son inolvidables y, por eso, sigue estando en nosotros a través de nuestros pensamientos, memoria, sentimientos, voluntad, acciones. Nuestra manera de hablar o de hacer, nuestros gustos o intereses, nuestros valores y sueños, entre tantas otras dimensiones de nuestra identidad nos conectan con el ser amado

“La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, sino se transforma”, reza el prefacio de la misa de difuntos. Es una buena manera de sintetizar la fe en que el duelo puede abrirnos a la esperanza. Es la confianza en que la muerte nunca tiene la última palabra. Que aquellos quienes la muerte física nos arrebata parten a un lugar donde gozarán de una vida plena. Y, lo más importante, que el amor no termina con la muerte física; al contrario, permanece nutriendo un vínculo que nunca se irá por completo. Por eso, quienes nos dejan físicamente siguen caminando con nosotros dentro del corazón, pero como una nueva presencia. La memoria agradecida del amor que nos dieron -signo real del amor de Dios en nuestra vida- es aliento para testimoniar que siempre es el amor el que vence a la muerte. Honremos la memoria de nuestros difuntos amando tal y como hemos sido amados.  Eso es vivir el duelo con esperanza.

martes, 4 de agosto de 2020

ANTE LA IMPOTENCIA DE ESTOS DÍAS

Creador: Diego Ramos - Fuente: Ojo Público

El corazón se me estremece constantemente durante estos días. Cada vez se hace más cotidiano enterarme del contagio, el deceso o la necesidad de personas por COVID-19. Y como creyente en un Dios que ama la vida no puedo dejar de preguntarme dónde está Él en medio de esta tragedia. El Salmo 70 resume la súplica de quienes hoy buscamos sentido en la fe cristiana: “¡Dios mío, ven a liberarme! Señor, ¡ven pronto a socorrerme!”.

Asumo que muchos compartirán mi impotencia. Es verdad que somos testigos de un despliegue de compasión y solidaridad que nos transmite esperanza. Como decía el arzobispo Castillo, en su homilía por 28 de julio, “en tan pocos meses, nunca tuvimos tantos mártires de la Patria, en quienes se unió la iniciativa individual y el sentido de bien común”. Sin embargo, las cifras de contagio y muerte no bajan, y los gritos desesperados de familias pasando necesidad recorren nuestras calles y llegan al cielo. En palabras del poeta César Vallejo -evocadas por Castillo- “¡tanto amor y no poder nada contra la muerte!”.

¿Qué hacer ante esta impotencia? Un camino legítimo es insistir en el servicio concreto, creativo y humanizador. Pero siento que hay algo más que Dios nos quiere comunicar y que involucra un trabajo desde nuestra interioridad. Según el jesuita Benjamín González Buelta, “la contemplación de lo real es el camino para reencontrarnos con la profundidad, con lo que se mueve más allá de las superficies brillantes o trágicas”. Como cristianos, nos toca orar personal o comunitariamente compartiendo con Dios nuestra frustración, angustia y tristeza. Volcar ante Dios esos sentimientos que acongojan nuestros corazones es el primer paso para intentar encontrar sentido.

Que esta oración sea contemplativa, no solo de palabras, sino imaginando que somos parte de las situaciones que nos duelen (en algunos casos esto no supondrá mayor esfuerzo porque somos nosotros los afectados directamente). Detengámonos a mirar los rostros de quienes sufren, escuchemos sus voces, conversemos con ellos, compartamos nuestros propios dolores. Estemos atentos a lo que estos encuentros suscitan en nuestros corazones y mentes. Y, antes de terminar estos momentos de oración, imaginémonos frente a Jesús. Como un amigo que habla con otro amigo, es decir con mucha libertad, digámosle qué nos deja este tiempo de contemplación.

Alguno podría pensar que contemplar el dolor es un ejercicio catártico, masoquista o insano. Sí, esto es una advertencia válida. Hay que cuidarse de que este modo de orar no profundice nuestra desesperación y la convierta en odio, egoísmo, indiferencia. Si prestamos atención al dolor ajeno o propio es para transformarlo en una oportunidad de sanación integral y conversión. Para González Buelta, “la contemplación nos lleva a la implicación”. Orar así nos concederá la gracia de sentirnos afectados por la tragedia y, por tanto, llamados a practicar la solidaridad, la fraternidad, la justicia como actos de resistencia ante la pandemia y sus males. No hay posibilidad de implicarse en la realidad si no hay empatía que nos conecte con quienes sufren.

Pero hay algo más. “La implicación, en muchas situaciones, nos conduce a la complicación”, dice González Buelta. Contemplar el dolor nos transforma en personas más sensibles, compasivas y encarnadas en la realidad. Palpar nuestra vulnerabilidad y la de los demás es descubrir el llamado a la conversión más urgente que nuestro mundo necesita: renunciar al egocentrismo para abrirnos a una comprensión relacional y comunitaria de la vida. El yo no tiene sentido sin el nosotros. El bienestar solo es pleno si es compartido. Y caminar hacia ello en un mundo tan autorreferencial como en el que vivimos es complicarse la vida, jugársela por un cambio de mentalidad que, aunque difícil, es necesario.

Contemplar los dolores causados por la pandemia nos conducirá a “implicarnos” en la realidad para “complicarnos” y hacer que esta sea más humana. Y lo hará porque desvelará los espejismos en los que hemos confiado ciegamente, “pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”, como dijo el papa Francisco. Confrontados con la verdad, necesitaremos recentrar nuestras prioridades como personas y comunidades, Estado, Iglesia y sociedad. El arzobispo Castillo hizo una buena síntesis de aquellos retos colectivos que el drama de la pandemia nos plantea: “superar la estrechez con la anchura, el monopolio con la sana competencia, la mezquindad y la corrupción con la ganancia adecuada y justa, el dominio de la naturaleza con su cuidado, la salud como negocio con la salud como servicio, la herencia de costumbres coloniales colonizadoras con el trato respetuoso y dignificador”.

Empecé preguntándome, ¿dónde está Dios en todo esto? Pues, como en todo tiempo y especialmente en medio de la crisis, lo podemos encontrar hablando desde nuestro interior y llamándonos a la conversión. Al igual que al profeta Ezequiel, nos renueva hoy su promesa de restaurar nuestra dignidad herida y renovar nuestra esperanza: "Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne" (36:26). Sin embargo, esa promesa no puede realizarse si no estamos abiertos a escucharlo. Para ello, una mirada contemplativa a los acontecimiento de la pandemia es un medio que nos dispondrá a la escucha, nos iluminará en medio de las sombras y nos comprometerá con la conversión a la que nos convoca Dios.

No podrá haber una "nueva normalidad" sino se estremecen nuestras entrañas por medio de la compasión que nos conecta con el dolor de quienes sufren. Acojamos el don que Dios quiere darnos hoy: un corazón de carne, sensible ante la tragedia que vivimos, y un espíritu renovado para sanar el mundo enfermo que habitamos y ser constructores de una nueva humanidad.



viernes, 31 de julio de 2020

SOBRE LA REAPERTURA DE IGLESIAS

Fuente: Instituto Bartolomé de las Casas

Ante la presión para reabrir las iglesias y permitir aglomeraciones, corresponde una respuesta pastoral que combine caridad y firmeza. Ante todo, ser contundentes en refutar las voces irresponsables que buscan invalidar las restricciones dadas para resguardar el bien común bajo la falacia de que atentan contra la libertad religiosa. Sus argumentos no solamente carecen de sensatez, sino que lo más grave es que distorsionan la imagen del Dios cristiano que ha venido a que tengamos vida en abundancia (Juan 10:10) y que, por tanto, no quiere más contagios y muertes por COVID-19. El cuidado de la vida humana, incluso por encima del culto religioso, es un tema central en la revelación bíblica: “Misericordia quiero, no sacrificios (Oseas 6:6). Al final, el verdadero culto es ofrecer la vida por los hermanos: Amar a Dios es amar al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:37-40). Contribuir a evitar los riesgos de contagio es un acto de amor a los hermanos y, a la vez, un acto de culto al Dios que ama incondicionalmente a la humanidad.

Pero simultáneamente se requiere empatía con el gran número de creyentes que extraña asistir al culto comunitario, y en el caso de los católicos, celebrar la Eucaristía y recibir los sacramentos. En la Iglesia católica, nuestra experiencia religiosa está estrechamente conectada con la dimensión sacramental de la fe. Cada domingo somos invitados a congregarnos en torno al altar y la Palabra de Dios para celebrar la Eucaristía que es “fuente y culmen de toda vida cristiana” (LG 11). Es decir, todo lo experimentado en la semana lo compartimos con el Señor y la comunidad, y en ese encuentro aumentamos nuestro deseo de cultivar una vida de fe, esperanza y caridad. Es retador pedirles a los fieles ayunar del pan eucarístico y del encuentro con los hermanos.

Sin embargo, las circunstancias nos obligan a ayunar de la Eucaristía. ¿Qué hacer ante esto? Pues ni caer en los discursos irresponsables que juzgan estas restricciones injustas, pero tampoco descalificar la legítima ansia de los fieles por participar de la misa dominical. Lo que corresponde es reeducarnos para ampliar nuestra imaginación teológica, de tal manera que, mientras aguardamos el retorno del culto, estemos abiertos a crecer en la fe en estos tiempos extraordinarios. Eso implica estar abiertos a reconocer la presencia de Dios en nuevas formas que, si bien no reemplazarán la Eucaristía y los otros seis sacramentos instituidos por Cristo, nos ayudarán a que esta adquiera un sentido más profundo y conectado con la vida.

En otras palabras, la actual crisis sanitaria y social está planteando el reto de re-descubrir la sacramentalidad de la Iglesia desde ojos renovados. Ante la suspensión de la administración presencial de los sacramentos, la comunidad cristiana está llamada a profundizar sobre esta enseñanza del Concilio Vaticano II: “la Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión” (SC 9).

Si afirmamos que la naturaleza y misión de la Iglesia es ser “sacramento de la unión íntima con Dios y de la unión de todo el género humano” (LG 1), la pandemia es una oportunidad para reavivar la convicción de que somos una comunidad visible de cristianos que, a través de su testimonio, portamos, manifestamos y comunicamos la gracia salvífica de Cristo. La sacramentalidad de la Iglesia, por tanto, refiere a cómo la Iglesia es puente entre lo humano y lo divino en una manera en que ambas dimensiones son indisociables. Es irresponsable decir que hay que priorizar la salud espiritual a la salud corporal, porque, ambas son interdependientes y complementarias.

En otras palabras, por medio de su relación con Cristo, la Iglesia da un significado tangible a la gracia redentora de Dios y la encarna en los pueblos y culturas de la tierra. Más aún, si la Iglesia y los sacramentos no están enganchados con la vida de quienes participan de ellos, no pueden ser vehículos eficaces de la gracia de Dios. Y lo sería menos si pretendiese continuar con las misas presenciales sin considerar que son focos de contagio. Actuar de esta manera es un acto de egoísmo e indiferencia ante una sociedad herida por la pandemia y, sin duda, un acto contrario a cómo Dios quiere que vivamos.

No sé trata de inventar nuevos sacramentos, sino de re-descubrir el valor de ellos en nuestra vida como cristianos. Un buen ejemplo lo estamos viendo cada domingo en las misas transmitidas desde la Catedral de Lima. El arzobispo Castillo nos propone palabras o signos que capturan las tristezas y las alegrías, los gozos y las esperanzas de nuestra nación. Nos ayuda a mirar las experiencias retadoras y desgastantes de la pandemia desde los ojos de la fe, aviva nuestra esperanza y nos exhorta a practicar la caridad en medio de tanto sufrimiento. De tal manera, la Eucaristía se convierte en un medio eficaz para transmitir la gracia y orientarnos cómo vivir la crisis en una perspectiva cristiana.

Por lo dicho, la práctica sacramental no se reduce a un rito que repetimos. Es un espacio y tiempo de encuentro con Dios y los hermanos, examen del camino recorrido y discernimiento de la voluntad de Dios para nuestras vidas. Es una oportunidad para renovar nuestra vocación personal y comunitaria de ser “sacramento de salvación”. Qué duda cabe, estamos ante un momento donde ese testimonio es más necesario que nunca. A la larga, las iglesias no han cerrado, ya que estas son constituidas por las comunidades que, a pesar de la distancia social, siguen actuando en el mundo.

Hoy hay tantos cristianos (y no cristianos) que están actualizando el sacrificio martirial de Jesús, haciéndose pan partido para los hambrientos, consuelo para los que están de duelo, esperanza para los angustiados, oxígeno para los infectados. Ver esa entrega por amor gratuito es una invitación para asumir nuestro compromiso cristiano con mayor coherencia y decisión. Y será aquello que presentaremos como dones cuando podamos volver a celebrar la Eucaristía cara a cara. Porque hemos visto y oído que aquello que creemos y celebramos no son conceptos vacíos, sino palabra hecha vida por hombres y mujeres de carne y hueso.

Mientras llega ese día del retorno a la Eucaristía presencial, nos toca profundizar la fe a través de las misas virtuales, la escucha de la Palabra de Dios u otras formas de oración. Pero, especialmente, nos toca acrecentarla desde el encuentro con el mundo que nos rodea, dejándonos afectar por lo que sucede. “Nada de lo que es humano es ajeno al corazón de los discípulos de Cristo" (GS 1).

A ejemplo de San Ignacio de Loyola, hemos de buscar a Dios en todas las cosas que van ocurriendo, las personas que nos vamos encontrando, en las luces y las sombras de este tiempo insólito. Este "peregrino loco por Jesucristo" nos enseña que la fe no consiste en certezas absolutas que nos sirven como "seguro de vida" y nos estancan en lo que siempre se ha hecho. Al contrario, es apertura a los cambios, en lo bueno y lo malo que traen, y el aprender a discernirlos desde la convicción firme que la vida adquiere sentido si la empleamos para "en todo amar y servir". En entrar en ese dinamismo, reconozcamos la gracia de Dios haciéndonos testigos de la vida y el bien en medio de la muerte y el mal traído por la pandemia.



viernes, 24 de julio de 2020

LA PANDEMIA DESDE LOS OJOS DE LOS POBRES

Fuente: RPP Noticias

Voces desesperadas claman por ayuda en todas partes del Perú. La imagen de una mujer persiguiendo la comitiva presidencial en Arequipa para pedir ayuda por su esposo enfermo, la de un periodista en Amazonas describiendo en lágrimas la situación de los hospitales en esa región, y la lista continúa. A pesar de los discursos oficiales de que caminamos hacia una “nueva normalidad”, la realidad es que el COVID-19 nos está golpeando sin piedad.

Quiero pensar que la mayoría se deja conmover por esta tragedia; más aún, porque cada vez son más los afectados por sus estragos. En esas cosas increíbles de la naturaleza humana, cuando uno palpa el dolor está más abierto a empatizar con el de los demás. Eso quizás explique porque, simultáneamente al avance de la pandemia, se ve la respuesta solidaria de tantos que quieren sumar un grano de arena para paliar sus efectos.

Qué duda cabe, estamos en un tiempo que nos desafía a vacunarnos contra la indiferencia y el egoísmo. Pero esta sensibilidad en expansión no puede quedarse en acciones personales, por más buenas, justas y necesarias que estas sean. Hay algo más en juego y es preguntarnos por qué un país que se creía económicamente exitoso está hoy en el ranking mundial del COVID-19. Claramente, nuestras prioridades han estado mal centradas y necesitamos cambiar.

Habiendo mucho por decir al respecto, me parece urgente una cosa: toca aprender a mirar el Perú desde el “reverso de la historia”. El teólogo Gustavo Gutiérrez acuñó esa expresión para recalcar que la justicia y la paz solo podrán ser reales si escuchamos la voz de quienes sufren la pobreza. El drama de ser pobre en países como el nuestro es que, además de carecer de lo mínimo para subsistir, son tratados como no-humanos. El papa Francisco habla de la “cultura del descarte”, que desecha a los pobres por considerarlos insignificantes, gente que no tiene nada que aportar a un mundo regido por la eficiencia y la hiper-productividad.

El signo más claro de la primacía de la “cultura del descarte” en el Perú son las respuestas a la emergencia sanitaria. Hemos visto cómo se dan medidas que, aunque bienintencionadas y lógicas, desconocen la realidad del mundo de los pobres y lo profundo de las desigualdades en países como el nuestro. No se consideró que un porcentaje alto de hogares peruanos no tiene un trabajo formal, un salario digno, un fondo de pensiones o una refrigeradora que le permita sostener una cuarentena estricta y larga. En la distribución de subsidios monetarios o alimenticios, no se consideró que muchas personas en situación de pobreza extrema no aparecen en las bases de datos de los programas sociales del Estado. Quizás el drama más duro lo viven los pueblos indígenas de la Amazonía que, a pesar de todas las advertencias hechas, no recibieron la prioridad que les correspondía por su alta vulnerabilidad.

Entrar en el mundo de los pobres implica escuchar sus historias de sufrimiento y colaborar en que sean escuchadas. No son cifras, son personas las afectadas. Hay que reconocer que los pobres tienen un rostro y algo que aportar. Ese es el primer paso hacia su dignificación. Pero también hacia una proyección realista de las metas del país. Mirar a los pobres es el mejor antídoto contra los espejismos del éxito fácil, que nos ha hecho creer que todo avanzaba bien. Sus vidas truncadas por la pandemia del COVID-19 y tantos otros males son un recordatorio permanente de que el Perú es no solo un proyecto inacabado, sino un cuerpo enfermo.

Sin embargo, si miramos la realidad desde los pobres no solamente encontramos sufrimientos, sino motivos de esperanza. Como en otras épocas de crisis, las organizaciones populares han respondido ante la necesidad con solidaridad, creatividad y entrega. Por todas partes, los comedores populares y las ollas comunes se expanden. Y en el campo, las rondas campesinas reaparecen para ayudar a prevenir el contagio del virus. Los que menos tienen son los que más saben compartir. Si así respondiesen los que más tienen, quizás la situación del Perú ante el COVID-19 sería otra. El papa Francisco dice que los movimientos populares son “poetas sociales” que desde las periferias del mundo nos testimonian que un estilo de vivir más humano es posible.

Estando cerca del 28 de julio, no hay mucho que celebrar. Pero sí mucho que reflexionar para sanar la sociedad enferma en la que vivimos. Eso implica colocar a los pobres como centro de la agenda pública. Y eso solo será factible si hacemos el esfuerzo de mirar los estragos de la pandemia desde los ojos de los pobres. Interpelados por sus experiencias de dolor, descubriremos las verdaderas urgencias de este tiempo.


miércoles, 8 de julio de 2020

¿FIN DEL CONFINAMIENTO?



Fuente: Agencia Andina

Tras más de 100 días de medidas estrictas de confinamiento, el Perú empieza a flexibilizar su cuarentena. Y tal escenario abre varias preguntas sobre cómo avanzar hacia una “nueva normalidad” que permita la reapertura de las actividades regulares, pero sin bajar la guardia ante el COVID-19 que sigue siendo una amenaza latente.

Sin embargo, entrar en modo “reapertura” puede llevarnos a la tentación de pensar que ya todo pasó. La mente humana tiene facilidad para bloquear recuerdos incómodos y hacernos creer que todo está bajo control. Si como sociedad caemos en ese juego, rápidamente olvidaremos que la pandemia nos ha confrontado con el hecho que somos una sociedad enferma necesitada de atender profundos males estructurales.

No es mi intención entrar a plantear cuáles son esos problemas. Más bien, lo que quiero apuntar es que necesitamos examinar nuestras actitudes ante la “nueva normalidad”. Como individuos, familias o comunidades, no podemos pretender que nada ha pasado y volver a nuestros estilos de vida previos a la cuarentena. Si somos de carne y hueso, este tiempo duro nos debe haber dejado lecciones. Reconocerlas es una obligación moral.

Si examinamos el impacto de la pandemia en nosotros, nuestras familias y el país no solamente es por saber más. Lo hemos de hacer porque esta realidad nos ha afectado. Aunque en distinta magnitud, según el lugar donde nos ha tocado estar, algo ha provocado en nosotros. Escuchar esos ecos dentro de nosotros y en nuestros seres queridos es un paso necesario. En estos días, ¿qué hemos descubierto como lo auténticamente valioso? ¿qué da la verdadera felicidad? ¿y qué es superficialidad que nos engaña?

Pero también pasa por escuchar cómo ha impactado nuestros vecindarios, la ciudad donde vivimos, el Perú, el mundo. En tanto nuestra experiencia no es la única existente, es saludable conectarse a lo que otros han vivido para identificar aspectos comunes, así como descubrir dimensiones desconocidas para nosotros.

Este ejercicio de escucha atenta de uno mismo y del entorno -si se hace con profundidad y sinceridad- nos conducirá a reconocer cuánto dolor ha provocado la pandemia, así como cuanta solidaridad ha despertado. Si nuestro corazón no es de piedra experimentará compasión, que para los cristianos es esa emoción que nos hace conmovernos, identificarnos y comprometernos con la vida del otro.

Sentir compasión es un movimiento interior que no solo nos concientiza de los problemas, sino nos involucra en ellos. Nos mueve a la acción desde un genuino deseo de querer aportar al bien común. Por eso, esta reflexión nos confrontará con nuevas preguntas: ¿qué papel juego yo en todo esto? ¿cómo lo que veo me invita a crecer como persona? ¿qué puedo hacer mejor para sanar tanto sufrimiento?

En medio de todo el horror que hemos vivido, la pandemia es una oportunidad para que crezcamos en humanidad. No pasemos indiferentes ante sus consecuencias, habiendo solo acumulado anécdotas. Tenemos la alternativa de que el fin del confinamiento no solo sea una reapertura económica. Que sea también un tiempo para forjar juntos un Perú y un mundo más justo y fraterno.

sábado, 20 de junio de 2020

UN CORPUS CHRISTI DISTINTO, UN LLAMADO A REFUNDAR EL PERÚ

Fuente: Arzobispado de Lima

La imagen de la Catedral de Lima repleta de fotografías de peruanos fallecidos por los estragos del COVID-19 dio la vuelta mundo. Más de 5 mil familias acogieron la iniciativa del arzobispado de homenajear a los caídos por la pandemia en la misa del Corpus Christi. Tal cifra muestra la gravedad de la crisis, por lo que lo ocurrido no es una anécdota. Es un desafío que nos confronta con la urgencia de unirnos para reflexionar sobre el presente y el futuro de este Perú herido.

El volumen de fotografías expresa el “sabor amargo” que viven miles de familias, que no han podido ofrecer un entierro digno a sus parientes por las restricciones del confinamiento. El arzobispado de Lima ha acogido esta necesidad espiritual, pero dándole un sentido aún más hondo. No se trató de una suma de duelos privados, sino un acto público de duelo nacional. Desde sus hogares, todo el país pudo unirse a quienes han perdido a alguien y solidarizarse, porque todos formamos una sola comunidad, un solo cuerpo.

El arzobispo Castillo destacó el sentido cristiano de orar por los difuntos en el Corpus Christi: “Unir esas muertes con el Cuerpo de Cristo que significa solidaridad, cariño por la gente, esperanza”. De manera especial, agradeció a los héroes que murieron dando la vida combatiendo la pandemia, cuyo testimonio actualiza la entrega generosa del cuerpo de Cristo para salvar la vida del mundo.

Esas palabras son un recordatorio a los católicos del significado de la comunión eucarística. Cada vez que comulgamos confirmamos nuestro deseo de ser uno con Cristo, alimentarnos de su estilo de vivir humanizador y compartir su misión de reconciliación. Simultáneamente, como enseña san Pablo, reconocemos nuestra interdependencia con los otros miembros de la Iglesia, porque “aun siendo muchos, un solo cuerpo somos” (1 Cor. 10:17). Somos una comunidad unida en Cristo y alimentada por su Cuerpo, lo que nos transforma en “pan partido” y ofrecido para alimentar a los demás. Como dice el apóstol, “y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Cor. 10:16).

Pero este mensaje tiene un valor universal, aplicable a toda la ciudadanía. En simple, el Perú no podrá enfrentar la pandemia y sus consecuencias si no se une como una comunidad de hermanos llamados a salir de sí mismos para ofrecer sus cuerpos al servicio de todos. En las últimas dos décadas hemos vivido en un espejismo, creyendo que somos un “milagro económico”, invisibilizando nuestras profundas desigualdades y descartando a muchos en el camino. Hemos sido infectados del “virus del egoísmo”, cultivando un individualismo que lleva a prescindir de los demás y defender privilegios a costa del sufrimiento de muchos.


En la misa, el arzobispo Castillo denunció cómo esta mentalidad está metida en estructuras y organizaciones, poniendo el caso del sistema de salud, donde las clínicas privadas, las empresas de seguros y los proveedores de oxígeno han pecado de indiferencia ante el colapso de los hospitales estales. Castillo dijo que la salud en el Perú parece organizada para ser “un sistema de enfermedad, porque está basado en el egoísmo y el negocio, y no en la misericordia, la solidaridad y la dignidad de la gente”. Para descubrir la verdad de estas palabras basta entrar a las redes sociales para recoger los testimonios de pacientes, como el de la historiadora Gabriela Adrianzén, que sienten que el sistema funciona en contra suyo.

La pandemia es una desgracia, que podemos convertir en oportunidad para regenerar el país desde una visión que pone a las personas en el centro. Para el arzobispo Castillo, esto implica desterrar el egoísmo tan enraizado en prácticas cotidianas y estructuras sociales. Para ello, la tarea es educarnos en una conciencia de interdependencia, fraternidad y solidaridad que nos permita reconocernos como una comunidad de ciudadanos iguales, libres y hermanados. Sus palabras sintetizan dónde está la clave para refundar el Perú: “Nos debemos los unos a los otros, todo lo que tenemos es prestado y debemos compartirlo”.

Este Corpus Christi “distinto” nos alerta del riesgo que la tormenta pase sin que hayamos aprendido lo que hicimos mal y articulado una visión de futuro que realmente incluya a todos los peruanos. Si lo logramos hacer, ese será el mejor homenaje a los compatriotas caídos por el COVID-19. De lo contrario, como advirtió el arzobispo Castillo, lo que vendrá es una catedral llena de rostros de muertos por hambre y abandono. Evitar esto es responsabilidad de todos los que integramos el Perú, pero sobremanera de los poderosos que están llamados a “abrir sus corazones” y “el puño” para compartir lo que tienen. Ojalá estemos a la altura de este reto histórico y todos (especialmente los que más tienen) nos hagamos “pan partido y compartido” para calmar el sufrimiento reinante.

El hambre y tantas necesidades en el país son un “problema espiritual”, dijo Castillo, porque nos involucran a todos los miembros de la comunidad para encontrar salidas al drama que viven los más indefensos. Por tanto, no basta solo desarrollar respuestas técnicas a los problemas. Menos aún -como viene pasando- reducir el debate público a la reapertura de la economía, por más importante que esta sea. Necesitamos una visión de país que nos inspire y hermane, que sea empática y solidaria con los más vulnerables, que nos haga autocríticos y propositivos de cambios por la igualdad de oportunidades y la justicia. Esa es la respuesta pendiente ante la pandemia, en la que ya hay instituciones -como la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y el Instituto de Estudios Peruanos- ofreciendo insumos.

Gracias, arzobispo Castillo, por recordarnos lo esencial: de la pandemia debe emerger un nuevo Perú donde realmente seamos hermanos los unos de los otros.

domingo, 14 de junio de 2020

EL RACISMO: UN DESAFÍO ESPIRITUAL

Fuente: Steel Brooks/Anadolu Agency via Getty Images

Además del COVID-19, actualmente, los Estados Unidos enfrentan otra epidemia: El COVID-1619.  Esa frase se popularizó en las manifestaciones en Minneapolis, tras el asesinato del afroamericano George Floyd. Refería al año 1619 en que los primeros esclavos africanos desembarcaron en la colonia de Virginia. Y es que, por más guerra de independencia en 1776, la guerra civil (1861-65), la lucha por los derechos civiles en la década de 1960 o el triunfo de Obama en 2008, el racismo sigue estando enraizado en la política y la sociedad norteamericana. Hoy por hoy, los afroamericanos y los hispanos son las principales víctimas del COVID-19, pero también de las profundas desigualdades que fracturan a la nación que se autoconcibe como la “tierra de los libres”.

El caso de George Floyd -es decir, afroamericanos muertos como consecuencia de abuso policial- no es una excepción, sino un fenómeno recurrente. La semana pasada estuve en una oración pública donde se mencionaron al menos 100 nombres de hombres y mujeres que murieron en circunstancias similares a las de Floyd. De hecho, el lema de las protestas #BlackLivesMatter es, en realidad, el nombre de una asociación de ciudadanos que, desde 2013, promueve acciones públicas de visibilización de los crímenes contra afroamericanos que, casi siempre, quedan impunes.

Estos eventos me han llevado a hacer muchas preguntas para conocer mejor la sociedad norteamericana. Entre las cosas más impactantes, me topé con un video que simula la cotidiana experiencia de padres afroamericanos instruyendo a sus hijos cómo deben actuar si son detenidos por la policía en la calle. Me quedé atónito: lidiar con el asedio policial es parte de la socialización de los niños y adolescentes afroamericanos. En pocas palabras, la comunidad negra crece con el temor de que su vida está en riesgo constante y tan solo por la arbitraria razón de su color de piel.

Más allá del asunto del abuso policial, la naturalidad con que el racismo fluye en las relaciones sociales es realmente alarmante. Bryan Massingale, sacerdote afroamericano y profesor de Fordham University, utilizó un incidente en el Central Park de Nueva York -ocurrido el mismo día de la muerte de Floyd- para explicar esta perversa dinámica. Amy Cooper, una mujer blanca, fue confrontada por Christian Cooper, un hombre negro, por incumplir las normas del parque. La reacción de Amy fue llamar a la policía denunciando que estaba siendo hostigada por Christian. No importaba que era ella quien estaba trasgrediendo la ley, asumía que le darían la razón por el hecho de ser blanca. A esto es a lo que se denomina “supremacía blanca” (white supremacy), una ideología que opera de manera “natural” y que, en la práctica, se traduce en privilegiar a los blancos a costa del agobio de las personas de color.

La lucha contra el racismo no es una cuestión de izquierdas contra derechas, de republicanos contra demócratas. Es un life issue, como se dice en inglés, un asunto que concierne a la defensa de la dignidad de toda persona y de todas las personas. Y por serlo es más que un asunto político, ideológico o cultural: es un desafío espiritual, que nos confronta con qué significa ser auténticamente humano y qué tipo de convivencia aspiramos construir entre los que integramos la familia humana. El racismo es una barrera que impide que todos podamos ser plenamente libres, ser tratados con respeto, ser reconocidos como personas valiosas sin importar nuestro color de piel o nuestras raíces étnico-culturales. Mirar este problema como un asunto espiritual es ubicarlo por encima de banderas ideológicas o intereses políticos para afirmar que es algo que nos involucra a todos sin distinciones.

La pregunta sobre cómo erradicar este mal social es algo que nos atañe a los cristianos. Es, sin duda, parte de la proclamación del Evangelio de Jesús, cuyo horizonte es sembrar vida plena, amor, libertad, justicia, paz en todos los rincones del mundo. Digámoslo con contundencia: El racismo es incompatible con la experiencia cristiana. Es un pecado, como recientemente ha recordado el papa Francisco. Los cristianos creemos que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, dotando a cada vida humana de un valor sagrado e inquebrantable. Por ello, como han afirmado los obispos de los Estados Unidos: “no podemos hacernos de la vista gorda ante estas atrocidades y aún así pretender que respetamos toda vida humana”.

En la muerte de George Floyd y la de tantos otros afroamericanos, descubrimos un grito de inmenso dolor y desesperación de tantos hermanos y hermanas que viven en el miedo, porque su color de piel los hace víctimas de violencia y marginación. No podemos ser indiferentes. Los videos que retratan estos atropellos son un llamado a prestar atención, escuchar, involucrarnos. En el lenguaje cristiano, hablamos de “conversión” como ese proceso permanente en que buscamos transformar nuestras vidas según el fin por el que hemos sido creados, que, para los cristianos, es seguir la voluntad de Dios. A eso estamos llamados todos ante el racismo: a la conversión espiritual. Eso pasa por examinarnos personal y colectivamente, así como nuestros sistemas y estructuras. Pidamos la gracia de reconocer cómo el racismo lastima y produce injusticia (a los otros y a nosotros mismos), y cómo nuestras acciones perpetúan la discriminación. Dicha reflexión no puede quedar en palabras, sino debe traducirse en compromisos y acciones concretas, cada uno según el lugar donde está y desde lo que le toca hacer.


En este escenario, la conversión empieza por escuchar las voces de quienes reclaman indignados por la muerte de George Floyd y tantos otros que sufren por la violencia racial. Muchos han criticado los desmanes y el radicalismo de ciertas manifestaciones, perdiendo de vista, no solo que la mayoría han sido movilizaciones pacíficas, sino que la indignación y la rabia ante la injusticia son respuestas comprensibles y legítimas. “Las protestas son el lenguaje de los que no son escuchados”, dijo el arzobispo José Gómez, presidente de los obispos norteamericanos, citando a Martin Luther King. Como enseña la doctrina social de la Iglesia, es una hipocresía clamar por paz social si es que simultáneamente no se está comprometido con la concreción de la justicia. El padre Massingale, citando a Tomás de Aquino, afirma que el pecado de ira puede ser por exceso, porque se desborda y produce destrucción de la vida. Pero también por deficiencia, es decir, porque no nos enojamos ante una situación de injusticia que debería enojarnos. El mismo Jesús, ante la corrupción del Templo de Jerusalén, sintió una indignación que expresó en un acto de protesta.

Sin embargo, la ira per se no nos conduce a la solución integral del problema. Es un motor que nos pone en movimiento, pero necesitamos ver con mayor amplitud. Más aún, por más legítima que sea, la expresión de la indignación requiere límites éticos. Concretamente, marcar distancia ante el desborde de violencia. Defender que esta es la única manera de visibilizar la protesta es un discurso ambiguo que se presta a legitimar abusos. Ha sido muy doloroso contemplar cómo ciertos actos de vandalismo en el marco de las protestas antirracistas terminaron dañando a pequeños comerciantes, varios de ellos afroamericanos o personas favorables a la causa. La espiral de la violencia solo engendra más violencia, que usualmente termina volviéndose contra los inocentes y los vulnerables como “efectos inevitables”. Avalar la violencia como medio necesario es traicionar los ideales de defender que todas las vidas importan.

Más bien, la indignación bien dirigida conduce a la creatividad y la valentía. Por lo que he apreciado, las protestas recientes han servido como medio de sensibilización ciudadana y la mayoría de los norteamericanos las respaldan. El desafío actual es cómo se aterriza en propuestas para la “conversión” de todos, particularmente de quienes se sienten ajenos a esta lucha. ¿Qué está detrás de quienes ejercen la violencia racial? ¿Cómo un oficial de la policía fue capaz de aplastar su rodilla contra el cuello de George Floyd por 8 minutos y 46 segundos sin sentir ningún remordimiento? Son preguntas que necesitan plantearse para reconocer las raíces de la violencia racial y encontrar rutas para transformarla. A la larga, la meta no puede ser solo castigar a los perpetradores de delitos, sino educar una nueva humanidad. Eso será lo que garantice un cambio duradero. En breve, para desmantelar el racismo como estructura de injusticia, es fundamental formar personas justas y sensibles que encarnen la convicción que todas las vidas importan (particularmente las afroamericanas) y sean las constructoras de nuevas estructuras coherentes con tal principio.

Si bien todos estamos llamados a esta “conversión”, este llamado es doblemente necesario entre quienes detentan posiciones de poder y gozan de los privilegios de la “supremacía blanca”. Por ello, desconcierta ver autoridades, comenzando por el presidente, alimentando la polarización y amenazando con reprimir el movimiento popular, en vez de comprender en la magnitud de estos hechos una oportunidad histórica para sanar la herencia de la esclavitud. Felizmente, esta no es la actitud de todos. En un acto ejemplar, policías de Miami se arrodillaron ante la muchedumbre que protestaba frente a una comisaría. Era una manera de admitir culpa y pedir perdón, que contribuyó a reconciliar a dos bandos que no son enemigos, sino miembros de un mismo pueblo.

En ese signo, reconocemos la enseñanza de Jesús de “ofrecer la otra mejilla” no como un acto de pasividad o sometimiento, sino como una forma de romper la dinámica de la confrontación y abrir la posibilidad de sanar las heridas que nos impiden vernos como hermanos. Estas son expresiones de la conversión creativa que necesitamos. Dígase de paso estas actitudes necesitan venir principalmente de quienes son blancos y gozan de los beneficios de tal condición. Son ellos los que necesitan poner la “otra mejilla” ante la rabia de los afroamericanos, aceptando “incomodarse” y renunciar a privilegios. Como enseña Jesús, “a quien se le dio mucho, se le exigirá mucho” (Lucas 12:48).

Las víctimas, como en tantas otras historias de violencia sistemática, nos marcan la dirección por dónde ir. Las declaraciones del hermano de George Floyd se centraron no en el resentimiento, sino en el pedido de acciones para que esto no se repita más. Según él, esa era la mejor manera de honrar la memoria de su hermano. Teniendo todas las razones para optar por el odio y la venganza, ha preferido dar testimonio de la conversión necesaria para sanar las heridas del racismo. Me hace recordar a Jesús, desde la cruz, ofreciendo perdón a sus asesinos como signo de renuncia al círculo del ojo por ojo para posibilitar una humanidad nueva. Como Jesús, el hermano de George Floyd ha sido capaz de traspasar su dolor y transformarlo en una voz que afirma que todas las vidas importan sin distinción de color de piel. Unidos a él, descubrámonos llamados a entrar en el camino de convertirnos en hombres y mujeres conscientes del poder perverso del racismo, y forjadores de caminos valientes y creativos que destierren este mal de la faz de la tierra.