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sábado, 29 de mayo de 2021

LA MISIÓN DEL LAICADO Y LA CRISIS DE LA COVID-19

 Curso virtual de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (Perú) se propone ser un espacio de diálogo, reflexión y acción sobre los retos de la crisis actual

 


El tiempo de la COVID-19 no nos ha sido ajeno a los miembros del pueblo de Dios. En todas partes del mundo, cristianas y cristianos hemos experimentado los sufrimientos y las esperanzas de la actual crisis. Inspirados en el Evangelio, muchos han respondido con generosidad, creatividad y audacia a las heridas generadas por la pandemia. Parroquias, Caritas diocesanas, movimientos eclesiales, hogares cristianos y tantos otros espacios de Iglesia se convirtieron en hospitales de campaña, como gusta decir el papa Francisco.

En medio de circunstancias tan desafiantes, estoy seguro de que Dios ha estado obrando en el corazón de muchos, cristalizando vocaciones al servicio de la fraternidad universal y el reconocimiento de la dignidad de todos. Sin lugar a duda, los frutos en la Iglesia y más allá de ella son abundantes. Pero para que estos compromisos alcancen su madurez y no se estanquen en el presentismo es fundamental generar espacios para reflexionar, examinar críticamente y expandir lo que venimos haciendo a la luz de la fe en el Dios revelado en Jesús.

En ese espíritu, la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (Perú) ha lanzado el curso virtual “La misión del laicado y la crisis de la COVID-19”. Este quiere ser un espacio de diálogo, reflexión y acción entre laicas y laicos sobre su compromiso cristiano ante los desafíos del momento actual. A nivel de contenidos, se propone poner en conversación las experiencias de los participantes con las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del papa Francisco, elaborando juntos criterios ético-teológicos para interpretar la crisis, discernir respuestas personales o comunitarias, e imaginar nuevos caminos de evangelización.

Para animar esta conversación, el curso cuenta con distinguidos expositores provenientes de diversos países latinoamericanos: las teólogas Consuelo Vélez (Colombia), Sandra Arenas (Chile) y Soledad del Villar (Chile), y los teólogos Carlos Schickendantz (Argentina), Rafael Luciani (Venezuela) y Raúl Pariamachi (Perú). Las presentaciones serán combinadas con trabajos grupales y personales cuya finalidad es apropiarse de los contenidos teológicos desde la propia experiencia, dando profundidad a lo que se viene haciendo o planteando propuestas para comprometerse con el entorno.

Por su dimensión teológica, el curso se propone disponernos a la escucha de la acción de Dios aconteciendo en medio de la pandemia, en nuestros contextos locales y en nosotros mismos. En primer lugar, es una invitación a escuchar la realidad. Vivimos un cambio de época y la pandemia de la COVID 19 sólo lo ha confirmado. Esa convicción que el Papa Francisco repite constantemente resuena más que nunca en un mundo en duelo, fracturado y en proceso de recomposición. En el último año, hemos sido golpeados por tantas muertes tempranas y despojo de la dignidad humana en todas partes del globo, mostrando las contradicciones del sistema político-económico vigente y profundizado sus desigualdades. Pero también hemos sido testigos de la esperanza activa que ha movilizado a comunidades en sus luchas por resistir a las otras pandemias sociales, honrar las memorias de sus difuntos e imaginar caminos para sanar nuestro mundo enfermo. En medio de todo eso, nos toca discernir dónde está Dios y a qué nos llama.

En segundo lugar, el curso quiere ser una plataforma de escucha y encuentro entre laicos y laicas para historizar nuestra vocación como pueblo sacerdotal y miembros del cuerpo de Cristo en medio de una de las crisis más graves de la humanidad. El papa Francisco, en continuidad con Vaticano II, nos convoca a construir una Iglesia misionera y sinodal, donde los laicos seamos plenamente sujetos eclesiales, donde nuestra voz sea escuchada y nuestro aporte reconocido. En tal sentido, los compromisos laicales son una fuente para reconocer el dinamismo del Espíritu Santo actuando en el pueblo de Dios y encausar la conversión de la Iglesia hacia la mayor gloria de Dios y el servicio de la humanidad.

La reflexión-acción de laicas y laicos tiene un valor imprescindible para encarnar el reinado de Dios aquí y ahora, así como para orientar el camino de la Iglesia en el cambio de época que vivimos. Tal contribución es fundamental cuando la Iglesia latinoamericana está en marcha a su Primera Asamblea Eclesial, que se propone crecer en la consciencia de que todos somos discípulos-misioneros en salida para así todos juntos soñar nuevos caminos de evangelización en el mundo de la post-pandemia. En tal sentido, esperamos este curso sea un granito de arena para que más laicos tengan más herramientas para aportar en el camino sinodal y misionero de la Iglesia del tercer milenio desde su rostro particular latinoamericano.

 

 

 

 

 

 

sábado, 10 de abril de 2021

ANTE LA DESESPERANZA ELECTORAL

Mañana iremos a votar en un momento donde el Perú se asfixia por la COVID-19 y sus efectos. Cuando más necesitábamos de diálogo y propuestas responsables, la campaña electoral ha polarizado y nos ha impedido hablar de lo que realmente importa para resucitar al país. Con una que otra excepción, los candidatos han usado la frustración acumulada para formar sectas, irradiar mentiras, insultar a los adversarios y reforzar las ideologías que nos impiden reconocer la agudeza de nuestros problemas. Lo que menos hemos escuchado es discursos donde el cuidado de las personas esté al centro, que lloren con las familias de los más de 100 mil fallecidos por la pandemia, que se solidaricen con quienes hacen colas interminables por oxígeno medicinal, los desempleados y todos quienes sufren las consecuencias de la tragedia que vivimos.

Cuando más necesitábamos candidatos afirmando la vida y los derechos fundamentales, lo que hemos visto es el reino de discursos de muerte, miedo y odio, presentes en más de una propuesta política. El fundamentalismo "pro-vida", que camufla como defensa de la familia y la religión una ideología autoritaria aferrada a una tradición sin importarle los problemas reales de las personas. El fundamentalismo neoliberal, que vocifera por la defensa de un modelo económico que ha mantenido las desigualdades, privilegiando a unos pocos y descartando a muchos. Los mesianismos populistas de derechas e izquierdas, que dicen actuar por el pueblo, pero solo esconden autoritarismo y ambición de poder sin interés alguno por construir vínculo real con las personas y elaborar planes concretos y viables. Las pocas alternativas democráticas con proyectos políticos, aun cuando han recibido ataques desproporcionados, es cierto que han tenido una gran dificultad para conectar con la gente y transmitir esperanza.

Los peruanos no nos merecemos esta clase política. Pero es cierto también que la polarización y el deterioro institucional solo son reflejo de un tejido social herido y dividido, que la pandemia ha visibilizado y recrudecido. Somos una sociedad donde día a día todos no nos reconocemos como ciudadanos y muchos son tratados como sujetos descartados. Pensando en el futuro, que honestamente no se ve muy prometedor, las elecciones confirman que es desde la base social donde hay que empezar a resucitar al Perú. Quizás la esperanza que anhelamos por un Perú resucitado hoy no encontrará su respuesta en el resultado electoral. Toca empezar a construirlo desde lo cotidiano y lo local, generando espacios para encontrarnos, mirarnos a la cara, reconocernos como iguales, abrirnos a la realidad y pensar juntos cómo responder ante los agobiantes problemas nacionales.

El cambio empieza con una semilla que si se cuida da fruto abundante. Cual sea el gobierno que salga elegido, lo que viene es un tiempo para sembrar, cuidar y sanar la vida que tanto se ha descuidado en nuestro país. Y, en esto, todos, seamos de izquierdas o derechas, tenemos algo que aportar y algo de lo cual convertirnos. La esperanza que anhelamos no caerá del cielo, como dice Gustavo Gutiérrez, somos nosotros los llamados a construirla. Y la esperanza verdadera, aquella que construye y no destruye, implica poner a las personas y sus necesidades al centro, poniéndolas por encima de nuestras ideas y creencias. El servicio nunca es ideológico, como dice el papa Francisco, porque servimos a personas y no a ideas. Recordar eso es una urgencia ante la crisis que vive el Perú. Quien tenga oídos que oiga.


martes, 9 de febrero de 2021

EL VUELO DE LA VACUNA

Captura de pantalla del Facebook de UNPRG Lovers

El Perú está siendo duramente golpeado por la segunda ola de la COVID-19. El último mes nos ha traído a la memoria los peores momentos del año 2020. Escenas de familias desesperadas buscando oxígeno o cama UCI, así como avisos de nuevos decesos cada día, vuelven a ser el pan de cada día. A esto se suman los temas irresueltos del estallido social de noviembre pasado y el panorama penumbroso de las elecciones del próximo abril. En el año del Bicentenario de nuestra Independencia, todo pareciera pintar mal.

Considerando ese escenario sombrío, no es de extrañar que la llegada del primer lote de vacunas al Perú ha sido una fiesta nacional. La cobertura de los medios de comunicación fue a todo dar. Pero quienes realmente se robaron las cámaras fueron los amigos de UNPRG Lovers, un grupo de chiclayanos a quienes se les ocurrió transmitir vía Facebook Live el vuelo de la vacuna hacia el Perú. Desde China hasta su desembarque en El Callao, cientos de miles de peruanos siguieron el acontecimiento acompañados de cumbia, nuestras canciones patrióticas y la chacota típica del humor nacional. Aunque algunos lo consideren una excentricidad, la verdad es que terminó alcanzando 913 mil reproducciones.

Muchos verán en esto una anécdota más del genio creativo peruano, capaz de reírse de las desgracias para encontrar motivos para seguir adelante. Honestamente, creo que hay algo más. Al conectarme, lo que mis ojos vieron fue un espacio de encuentro entre personas diversas, que no nos conocemos cara a cara, pero que compartimos un amor por el Perú y un deseo hondo de que las cosas se hagan bien para que el sufrimiento acabe. Allí se respiraba fraternidad y esperanza. Éramos testigos de una hermandad espontánea que celebraba que la muerte y el llanto no serán para siempre, y que la vida, al final, triunfará.

El espíritu reinante en ese espacio virtual me llenó de esperanza. Y no me refiero solo a las vidas que serán protegidas gracias a esas vacunas. En ese momento, sentí que los peruanos tenemos ganas de “querer ser pueblo”, como dice el papa Francisco; es decir, de entendernos como un nosotros que es más que una suma de individualidades (1). Un pueblo se construye a través de experiencias que hermanan, donde se forjan vínculos de amistad social, se descubren las cosas en común y se aprende a soñar juntos. Ser pueblo “es formar parte de una identidad común hecha de lazos sociales y culturales”, lo que constituye la base para pensar en un proyecto colectivo, que promueva la dignidad de todos y todas, y que se haga realidad gracias al compromiso colectivo (2). En la fiesta por la vacuna, reconocí un potencial para caminar hacia ese horizonte.

No quiero pecar de excesivo optimismo, pues admito que son muchas las limitaciones para constituirnos en pueblo. El Perú es de los países con más alto índice de desconfianza entre ciudadanos, donde la precariedad de la vida y la violación de derechos fundamentales se trata con normalidad, donde prima una cultura que privilegia la acción individual por encima de la colectiva, y donde la clase política decepciona cada día más. Basta ver las voces mezquinas de quienes se andan quejando que 300 mil vacunas no son suficientes para que la esperanza se desinfle un poco. Sin embargo, el domingo pasado sentí que no éramos causa perdida, tal y como los profetas de calamidades nos quieren vender siempre. Cuando nos lo proponemos, podemos aspirar a ser un Perú nuevo, regenerado desde el encuentro jovial y el trabajo duro de quienes formamos parte de esta nación.

Quizás mi esperanza no es tan infundada. “Poner el hombro” es uno de los lemas que han acompañado la algarabía por la llegada de la vacuna. Es un llamado a que cada uno asuma su responsabilidad en esta lucha que es de todos, y en la que solo nos salvaremos trabajando juntos. En el fondo, la pandemia es una oportunidad de aprendizaje. Ojalá sepamos mirar más lejos y hacer de esa alegría por las vacunas un motivo para hacernos más hermanos, soñar juntos el Perú que queremos y poner el hombro para hacerlo realidad.


(1) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 77.
(2) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 157-158

jueves, 24 de diciembre de 2020

UN NIÑO NOS HA NACIDO

James B. Janknegt, Nativity, 1995.
Fuente: https://thejesusquestion.org/2011/12/25/nativity-paintings-from-around-the-world/

Esta Navidad se presenta sombría tras un año 2020 marcado por el duelo, el desgaste y la incertidumbre. La llegada de la vacuna contra la COVID-19 alguna esperanza transmite que eventualmente volveremos a la “normalidad”, aun cuando esa sensación esconda injusticia por dejar a las naciones pobres al final de la cola. Igual, en todas partes del mundo, se recomienda suspender el acostumbrado boato de las celebraciones de fin de año y optar por la sencillez. Muchos extrañarán las grandes mesas que congregan a toda la familia y no pocos se verán obligados a pasarla solos. La fiesta más esperada del año se verá ensombrecida por las ausencias de los caídos por el virus y otras pandemias sociales, y por la falta de trabajo, pan y paz en muchos hogares y pueblos. Quienes pretenden celebrar como si nada estuviese pasando, harían bien en recordar que muchos han sufrido y siguen sufriendo.

Dicho todo esto, ¿tendrá sentido celebrar la Navidad? A lo mejor, es justo en medio de circunstancias duras donde el nacimiento de Jesús adquiere más sentido que nunca. Hace poco, una colega escribió que recibir noticias del nacimiento de hijos de amigos o familiares había sido una fuente de esperanza para sobrellevar las cargas de la pandemia. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. El traer al mundo a un niño o una niña en medio de tantas sombras es un acto de radical esperanza y de amor incondicional. Y nos recuerda que nadie ha comprado su propia vida. Esta se nos ha dado gratis, porque alguien tuvo el deseo, y no pocas veces también la valentía, de traernos al mundo. El nacimiento de un bebé es la afirmación más contundente que, pese a todas las sombras desatadas por la pandemia, la vida tiene sentido y vale la pena luchar por promoverla.

Cada niño o niña que viene al mundo es un regalo para su familia, su pueblo y la humanidad entera, especialmente en tiempos de crisis. El rostro de un recién nacido despierta una ternura que toca hasta el corazón más duro. Pero también es un llamado al compromiso con la vida de ese otro tan pequeño y frágil. A los bebés hay que cuidarlos, tarea que no siempre es fácil y placentera. Sin embargo, hay algo en el vínculo que se teje con los niños y las niñas que nos moviliza intensamente, que nos dispone a querer ofrecer la vida por esos seres que, aunque a veces fastidiosos, se vuelven un motivo de constante alegría y esperanza. Al acercarnos a ellos y ellas, descubrimos que el amor es el motor de la vida y de la historia humana, aquella fuerza que nos inspira a transformar la realidad para que sea un lugar mejor para las nuevas generaciones. Y a desvelarse por cuidar de los pequeños miembros de nuestras familias, para que crezcan haciéndose hombres y mujeres de bien.

Esto no es algo que hemos aprendido con la pandemia actual. Lo sabemos bastante quienes nacimos o crecimos durante los años 1980, cuando el Perú colapsaba por la violencia, la pobreza, el hambre. Cuantas familias peruanas encontraron en sus pequeños el motivo para seguir luchando en medio de tantas adversidades. Esta historia se repite ayer y hoy en tantos otros contextos del planeta. Incluso, es parte de la revelación bíblica. Varios hombres y mujeres llamados por Dios nacieron en circunstancias adversas y, gracias al cuidado de sus madres/padres y la gracia de Dios, se convirtieron en signo de esperanza para el pueblo de Israel. Fue la historia del mismo Jesús, nacido en un establo por falta de recursos y hospitalidad, en medio de la dominación de un Imperio que oprimía a su pueblo. Gracias al amor y ejemplo de María y José, aquel nacido en un pesebre se hizo profeta grande en obras y palabras, modelo de perfecta humanidad, rostro vivo de Dios para todas las generaciones.

El profeta Isaías entendió el poder de este símbolo, cuando le anunciaba a su pueblo que “caminaba en tinieblas” que “un niño nos ha nacido” trayendo una luz de esperanza. Con su venida renacería la alegría y se reestablecería la paz y la justicia, sentenciando que estos frutos eran acción del amor ardiente de Dios (Isaías 9, 1-6). La tradición cristiana ha leído en este oráculo de Isaías la encarnación de Jesús, el Hijo del Dios-amor, quien vino y sigue viniendo a nosotros para contagiarnos de esperanza y testimoniar la fuerza transformadora del amor, sobre todo en los tiempos más oscuros.  

La alegría y la esperanza que trae la Navidad no está en la mesa llena o la acumulación de regalos. Está en el celebrar a un Dios que ha querido hacerse concretamente parte de la vida de la humanidad, compartir nuestros gozos y tristezas, consolarnos en el dolor, avivar nuestra búsqueda de felicidad, inspirarnos a estar al servicio de los demás. Es hermoso que el signo por el que quiso hacer esto fue “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lucas 2, 12). Dios quiso nacer como cualquiera de nosotros, mostrándose como un bebé que nos recuerda lo fundamental de la condición humana y aquello a lo que estamos llamados. Que descubramos al Mesías y la alegría de la Navidad en tantos niños y niñas que nos han nacido durante la pandemia. Que en ellos y ellas encontremos la esperanza para regenerar al mundo y hacer de este una casa donde todos se sientan bienvenidos.


martes, 25 de agosto de 2020

DUELO Y ESPERANZA

Fuente: New York Times 


La imposibilidad de acompañar a nuestros seres queridos en su lecho de muerte debe ser una de las experiencias más dolorosas que ha traído la pandemia. No hay palabras suficientes para consolar a quienes ven partir a familiares y amigos (muchas veces de manera prematura). Y, por lo mismo, es admirable ser testigo de cómo las personas van creando sus maneras para expresar su inmenso amor en estas circunstancias. Hoy muchas historias nos invitan a redescubrir que un duelo vivido con esperanza nos sostiene en medio de la tragedia de perder a alguien en tiempos de distanciamiento social. Comparto algunas reflexiones que brotan de escuchar el testimonio valiente de quienes les ha tocado vivir esta penosa experiencia.

El duelo es amigo de la gratitud. Si la muerte de alguien nos afecta, es porque esa persona significa algo en nuestra vida. Despedir a un ser querido es oportunidad para hacer memoria de eso y traer al corazón aquellas experiencias que nos unen a quien ha partido. Es ponerse un tanto nostálgico, pero como camino para expresar nuestra gratitud por cuanto amor y bien hemos recibido de quien nos ha dejado. Pero para que sea un ejercicio sanador hay que encontrar formas personales de expresarlo. Escribir una carta, preparar una oración comunitaria o una reunión familiar virtual, escuchar o bailar música que nos evoca a esa persona, mirar fotografías, organizar sus pertenencias, etc. Aquellas alternativas (y muchas otras que broten en el corazón de los deudos) pueden ayudar a despedirse simbólicamente y expresar aquello que no se pudo decir en el momento oportuno. Sin duda, será doloroso, pero nos ayudará expresar esos sentimientos contenidos en el corazón.

Está bien sentirse triste. Hemos perdido a alguien que amamos. Que no nos afectase sería lo preocupante. Pero no tenemos que vivir esto solos. Al contrario, hemos de tener cuidado de no encerrarnos en nuestro dolor. Y es más fácil no caer en ello si recordamos que el duelo nos une a otros, quienes también extrañarán la presencia física del ser querido. Busquemos a familiares y amigos para compartir la tristeza y consolarnos. Dolor que es compartido es más llevadero. Sin duda, será motivo para fortalecer nuestros vínculos con quienes siguen caminando entre nosotros y reconocer que hay motivos para seguir adelante a pesar de la pérdida. En caso sintamos que la situación nos desborda podemos recurrir a acompañamiento profesional, sea psicológico o espiritual (o ambos). Hay instituciones que vienen brindando el servicio de escucha de manera gratuita. Lo importante es saber que no tenemos que pasar por esto solos.

Tener paciencia con uno mismo y con los demás. Hay días donde todo se revuelve y hay otros donde es posible cierta serenidad. Que nuestras emociones fluctúen de manera radical es parte del camino del duelo. Pero también hay que recordar que no todos vivimos la pérdida de la misma manera. Podemos caer en la tentación de querer que todos hagan luto según nuestro modo. Y así terminamos arrojando juicios contra quienes pensamos no les importa. Pero, en el fondo, sí les afecta, y al igual que nosotros les cuesta enfrentar la situación. Toca ser respetuoso y paciente del proceso de los demás, de la misma manera como deseamos que los demás sean respetuosos con nuestro proceso. Aprender que, ante un duelo, en vez de juicios y reclamos, lo único que funciona realmente es la compasión y la disposición de estar allí para el otro y de la manera en que ese otro quiera que estemos. Y, eso sí, no solamente ofrecer acompañamiento, sino dejarse acompañar, porque uno mismo también lo necesita.

El reto más grande es vivir el duelo con esperanza. Siempre me conmueve las palabras que las personas formulan para consolarse y confiar que el ser amado no se ha ido para siempre. En la cultura cristiana, la fe en la resurrección alimenta una mirada a la muerte sin desesperación. Usualmente decimos: “Ya descansa en paz”. Esa expresión es mucho más que resignación. Es signo de que la vida de nuestro ser querido no ha concluido con la muerte. Vive para siempre en la presencia de Dios y la muerte ya no tiene poder alguno sobre él o ella (Rom. 6:9). Allí donde ha ido ya no habrá sufrimiento ni dolor (Ap. 21:4). Cuando he perdido familiares o mentores, me da mucho consuelo imaginarme a esa persona encontrándose con Dios y dándose un abrazo larguísimo. Y repetirme y compartir con otros mi fe en que quien se ha ido ahora vive gozando eternamente del abrazo eterno de aquel Dios que es amor infinito e incondicional.

“Sigue viviendo en nuestros corazones” es otra frase que mucha gente dice para consolarse. Pienso que, desde una perspectiva cristiana, contiene mucha sabiduría. Nos confirma en que la muerte física no es el final del camino, pues creemos en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Pero además nos transmite la serenidad que esa persona sigue acompañándonos de alguna manera misteriosa. No como un fantasma que se asoma de vez en cuando, que termina siendo una ilusión. Más bien, habita en nuestro corazón, aquel órgano de nuestro cuerpo que en el pensamiento bíblico alberga la integralidad del ser humano. Quien nos deja nos ha marcado de maneras que son inolvidables y, por eso, sigue estando en nosotros a través de nuestros pensamientos, memoria, sentimientos, voluntad, acciones. Nuestra manera de hablar o de hacer, nuestros gustos o intereses, nuestros valores y sueños, entre tantas otras dimensiones de nuestra identidad nos conectan con el ser amado

“La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, sino se transforma”, reza el prefacio de la misa de difuntos. Es una buena manera de sintetizar la fe en que el duelo puede abrirnos a la esperanza. Es la confianza en que la muerte nunca tiene la última palabra. Que aquellos quienes la muerte física nos arrebata parten a un lugar donde gozarán de una vida plena. Y, lo más importante, que el amor no termina con la muerte física; al contrario, permanece nutriendo un vínculo que nunca se irá por completo. Por eso, quienes nos dejan físicamente siguen caminando con nosotros dentro del corazón, pero como una nueva presencia. La memoria agradecida del amor que nos dieron -signo real del amor de Dios en nuestra vida- es aliento para testimoniar que siempre es el amor el que vence a la muerte. Honremos la memoria de nuestros difuntos amando tal y como hemos sido amados.  Eso es vivir el duelo con esperanza.

martes, 4 de agosto de 2020

ANTE LA IMPOTENCIA DE ESTOS DÍAS

Creador: Diego Ramos - Fuente: Ojo Público

El corazón se me estremece constantemente durante estos días. Cada vez se hace más cotidiano enterarme del contagio, el deceso o la necesidad de personas por COVID-19. Y como creyente en un Dios que ama la vida no puedo dejar de preguntarme dónde está Él en medio de esta tragedia. El Salmo 70 resume la súplica de quienes hoy buscamos sentido en la fe cristiana: “¡Dios mío, ven a liberarme! Señor, ¡ven pronto a socorrerme!”.

Asumo que muchos compartirán mi impotencia. Es verdad que somos testigos de un despliegue de compasión y solidaridad que nos transmite esperanza. Como decía el arzobispo Castillo, en su homilía por 28 de julio, “en tan pocos meses, nunca tuvimos tantos mártires de la Patria, en quienes se unió la iniciativa individual y el sentido de bien común”. Sin embargo, las cifras de contagio y muerte no bajan, y los gritos desesperados de familias pasando necesidad recorren nuestras calles y llegan al cielo. En palabras del poeta César Vallejo -evocadas por Castillo- “¡tanto amor y no poder nada contra la muerte!”.

¿Qué hacer ante esta impotencia? Un camino legítimo es insistir en el servicio concreto, creativo y humanizador. Pero siento que hay algo más que Dios nos quiere comunicar y que involucra un trabajo desde nuestra interioridad. Según el jesuita Benjamín González Buelta, “la contemplación de lo real es el camino para reencontrarnos con la profundidad, con lo que se mueve más allá de las superficies brillantes o trágicas”. Como cristianos, nos toca orar personal o comunitariamente compartiendo con Dios nuestra frustración, angustia y tristeza. Volcar ante Dios esos sentimientos que acongojan nuestros corazones es el primer paso para intentar encontrar sentido.

Que esta oración sea contemplativa, no solo de palabras, sino imaginando que somos parte de las situaciones que nos duelen (en algunos casos esto no supondrá mayor esfuerzo porque somos nosotros los afectados directamente). Detengámonos a mirar los rostros de quienes sufren, escuchemos sus voces, conversemos con ellos, compartamos nuestros propios dolores. Estemos atentos a lo que estos encuentros suscitan en nuestros corazones y mentes. Y, antes de terminar estos momentos de oración, imaginémonos frente a Jesús. Como un amigo que habla con otro amigo, es decir con mucha libertad, digámosle qué nos deja este tiempo de contemplación.

Alguno podría pensar que contemplar el dolor es un ejercicio catártico, masoquista o insano. Sí, esto es una advertencia válida. Hay que cuidarse de que este modo de orar no profundice nuestra desesperación y la convierta en odio, egoísmo, indiferencia. Si prestamos atención al dolor ajeno o propio es para transformarlo en una oportunidad de sanación integral y conversión. Para González Buelta, “la contemplación nos lleva a la implicación”. Orar así nos concederá la gracia de sentirnos afectados por la tragedia y, por tanto, llamados a practicar la solidaridad, la fraternidad, la justicia como actos de resistencia ante la pandemia y sus males. No hay posibilidad de implicarse en la realidad si no hay empatía que nos conecte con quienes sufren.

Pero hay algo más. “La implicación, en muchas situaciones, nos conduce a la complicación”, dice González Buelta. Contemplar el dolor nos transforma en personas más sensibles, compasivas y encarnadas en la realidad. Palpar nuestra vulnerabilidad y la de los demás es descubrir el llamado a la conversión más urgente que nuestro mundo necesita: renunciar al egocentrismo para abrirnos a una comprensión relacional y comunitaria de la vida. El yo no tiene sentido sin el nosotros. El bienestar solo es pleno si es compartido. Y caminar hacia ello en un mundo tan autorreferencial como en el que vivimos es complicarse la vida, jugársela por un cambio de mentalidad que, aunque difícil, es necesario.

Contemplar los dolores causados por la pandemia nos conducirá a “implicarnos” en la realidad para “complicarnos” y hacer que esta sea más humana. Y lo hará porque desvelará los espejismos en los que hemos confiado ciegamente, “pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”, como dijo el papa Francisco. Confrontados con la verdad, necesitaremos recentrar nuestras prioridades como personas y comunidades, Estado, Iglesia y sociedad. El arzobispo Castillo hizo una buena síntesis de aquellos retos colectivos que el drama de la pandemia nos plantea: “superar la estrechez con la anchura, el monopolio con la sana competencia, la mezquindad y la corrupción con la ganancia adecuada y justa, el dominio de la naturaleza con su cuidado, la salud como negocio con la salud como servicio, la herencia de costumbres coloniales colonizadoras con el trato respetuoso y dignificador”.

Empecé preguntándome, ¿dónde está Dios en todo esto? Pues, como en todo tiempo y especialmente en medio de la crisis, lo podemos encontrar hablando desde nuestro interior y llamándonos a la conversión. Al igual que al profeta Ezequiel, nos renueva hoy su promesa de restaurar nuestra dignidad herida y renovar nuestra esperanza: "Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne" (36:26). Sin embargo, esa promesa no puede realizarse si no estamos abiertos a escucharlo. Para ello, una mirada contemplativa a los acontecimiento de la pandemia es un medio que nos dispondrá a la escucha, nos iluminará en medio de las sombras y nos comprometerá con la conversión a la que nos convoca Dios.

No podrá haber una "nueva normalidad" sino se estremecen nuestras entrañas por medio de la compasión que nos conecta con el dolor de quienes sufren. Acojamos el don que Dios quiere darnos hoy: un corazón de carne, sensible ante la tragedia que vivimos, y un espíritu renovado para sanar el mundo enfermo que habitamos y ser constructores de una nueva humanidad.



viernes, 31 de julio de 2020

SOBRE LA REAPERTURA DE IGLESIAS

Fuente: Instituto Bartolomé de las Casas

Ante la presión para reabrir las iglesias y permitir aglomeraciones, corresponde una respuesta pastoral que combine caridad y firmeza. Ante todo, ser contundentes en refutar las voces irresponsables que buscan invalidar las restricciones dadas para resguardar el bien común bajo la falacia de que atentan contra la libertad religiosa. Sus argumentos no solamente carecen de sensatez, sino que lo más grave es que distorsionan la imagen del Dios cristiano que ha venido a que tengamos vida en abundancia (Juan 10:10) y que, por tanto, no quiere más contagios y muertes por COVID-19. El cuidado de la vida humana, incluso por encima del culto religioso, es un tema central en la revelación bíblica: “Misericordia quiero, no sacrificios (Oseas 6:6). Al final, el verdadero culto es ofrecer la vida por los hermanos: Amar a Dios es amar al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:37-40). Contribuir a evitar los riesgos de contagio es un acto de amor a los hermanos y, a la vez, un acto de culto al Dios que ama incondicionalmente a la humanidad.

Pero simultáneamente se requiere empatía con el gran número de creyentes que extraña asistir al culto comunitario, y en el caso de los católicos, celebrar la Eucaristía y recibir los sacramentos. En la Iglesia católica, nuestra experiencia religiosa está estrechamente conectada con la dimensión sacramental de la fe. Cada domingo somos invitados a congregarnos en torno al altar y la Palabra de Dios para celebrar la Eucaristía que es “fuente y culmen de toda vida cristiana” (LG 11). Es decir, todo lo experimentado en la semana lo compartimos con el Señor y la comunidad, y en ese encuentro aumentamos nuestro deseo de cultivar una vida de fe, esperanza y caridad. Es retador pedirles a los fieles ayunar del pan eucarístico y del encuentro con los hermanos.

Sin embargo, las circunstancias nos obligan a ayunar de la Eucaristía. ¿Qué hacer ante esto? Pues ni caer en los discursos irresponsables que juzgan estas restricciones injustas, pero tampoco descalificar la legítima ansia de los fieles por participar de la misa dominical. Lo que corresponde es reeducarnos para ampliar nuestra imaginación teológica, de tal manera que, mientras aguardamos el retorno del culto, estemos abiertos a crecer en la fe en estos tiempos extraordinarios. Eso implica estar abiertos a reconocer la presencia de Dios en nuevas formas que, si bien no reemplazarán la Eucaristía y los otros seis sacramentos instituidos por Cristo, nos ayudarán a que esta adquiera un sentido más profundo y conectado con la vida.

En otras palabras, la actual crisis sanitaria y social está planteando el reto de re-descubrir la sacramentalidad de la Iglesia desde ojos renovados. Ante la suspensión de la administración presencial de los sacramentos, la comunidad cristiana está llamada a profundizar sobre esta enseñanza del Concilio Vaticano II: “la Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión” (SC 9).

Si afirmamos que la naturaleza y misión de la Iglesia es ser “sacramento de la unión íntima con Dios y de la unión de todo el género humano” (LG 1), la pandemia es una oportunidad para reavivar la convicción de que somos una comunidad visible de cristianos que, a través de su testimonio, portamos, manifestamos y comunicamos la gracia salvífica de Cristo. La sacramentalidad de la Iglesia, por tanto, refiere a cómo la Iglesia es puente entre lo humano y lo divino en una manera en que ambas dimensiones son indisociables. Es irresponsable decir que hay que priorizar la salud espiritual a la salud corporal, porque, ambas son interdependientes y complementarias.

En otras palabras, por medio de su relación con Cristo, la Iglesia da un significado tangible a la gracia redentora de Dios y la encarna en los pueblos y culturas de la tierra. Más aún, si la Iglesia y los sacramentos no están enganchados con la vida de quienes participan de ellos, no pueden ser vehículos eficaces de la gracia de Dios. Y lo sería menos si pretendiese continuar con las misas presenciales sin considerar que son focos de contagio. Actuar de esta manera es un acto de egoísmo e indiferencia ante una sociedad herida por la pandemia y, sin duda, un acto contrario a cómo Dios quiere que vivamos.

No sé trata de inventar nuevos sacramentos, sino de re-descubrir el valor de ellos en nuestra vida como cristianos. Un buen ejemplo lo estamos viendo cada domingo en las misas transmitidas desde la Catedral de Lima. El arzobispo Castillo nos propone palabras o signos que capturan las tristezas y las alegrías, los gozos y las esperanzas de nuestra nación. Nos ayuda a mirar las experiencias retadoras y desgastantes de la pandemia desde los ojos de la fe, aviva nuestra esperanza y nos exhorta a practicar la caridad en medio de tanto sufrimiento. De tal manera, la Eucaristía se convierte en un medio eficaz para transmitir la gracia y orientarnos cómo vivir la crisis en una perspectiva cristiana.

Por lo dicho, la práctica sacramental no se reduce a un rito que repetimos. Es un espacio y tiempo de encuentro con Dios y los hermanos, examen del camino recorrido y discernimiento de la voluntad de Dios para nuestras vidas. Es una oportunidad para renovar nuestra vocación personal y comunitaria de ser “sacramento de salvación”. Qué duda cabe, estamos ante un momento donde ese testimonio es más necesario que nunca. A la larga, las iglesias no han cerrado, ya que estas son constituidas por las comunidades que, a pesar de la distancia social, siguen actuando en el mundo.

Hoy hay tantos cristianos (y no cristianos) que están actualizando el sacrificio martirial de Jesús, haciéndose pan partido para los hambrientos, consuelo para los que están de duelo, esperanza para los angustiados, oxígeno para los infectados. Ver esa entrega por amor gratuito es una invitación para asumir nuestro compromiso cristiano con mayor coherencia y decisión. Y será aquello que presentaremos como dones cuando podamos volver a celebrar la Eucaristía cara a cara. Porque hemos visto y oído que aquello que creemos y celebramos no son conceptos vacíos, sino palabra hecha vida por hombres y mujeres de carne y hueso.

Mientras llega ese día del retorno a la Eucaristía presencial, nos toca profundizar la fe a través de las misas virtuales, la escucha de la Palabra de Dios u otras formas de oración. Pero, especialmente, nos toca acrecentarla desde el encuentro con el mundo que nos rodea, dejándonos afectar por lo que sucede. “Nada de lo que es humano es ajeno al corazón de los discípulos de Cristo" (GS 1).

A ejemplo de San Ignacio de Loyola, hemos de buscar a Dios en todas las cosas que van ocurriendo, las personas que nos vamos encontrando, en las luces y las sombras de este tiempo insólito. Este "peregrino loco por Jesucristo" nos enseña que la fe no consiste en certezas absolutas que nos sirven como "seguro de vida" y nos estancan en lo que siempre se ha hecho. Al contrario, es apertura a los cambios, en lo bueno y lo malo que traen, y el aprender a discernirlos desde la convicción firme que la vida adquiere sentido si la empleamos para "en todo amar y servir". En entrar en ese dinamismo, reconozcamos la gracia de Dios haciéndonos testigos de la vida y el bien en medio de la muerte y el mal traído por la pandemia.



viernes, 24 de julio de 2020

LA PANDEMIA DESDE LOS OJOS DE LOS POBRES

Fuente: RPP Noticias

Voces desesperadas claman por ayuda en todas partes del Perú. La imagen de una mujer persiguiendo la comitiva presidencial en Arequipa para pedir ayuda por su esposo enfermo, la de un periodista en Amazonas describiendo en lágrimas la situación de los hospitales en esa región, y la lista continúa. A pesar de los discursos oficiales de que caminamos hacia una “nueva normalidad”, la realidad es que el COVID-19 nos está golpeando sin piedad.

Quiero pensar que la mayoría se deja conmover por esta tragedia; más aún, porque cada vez son más los afectados por sus estragos. En esas cosas increíbles de la naturaleza humana, cuando uno palpa el dolor está más abierto a empatizar con el de los demás. Eso quizás explique porque, simultáneamente al avance de la pandemia, se ve la respuesta solidaria de tantos que quieren sumar un grano de arena para paliar sus efectos.

Qué duda cabe, estamos en un tiempo que nos desafía a vacunarnos contra la indiferencia y el egoísmo. Pero esta sensibilidad en expansión no puede quedarse en acciones personales, por más buenas, justas y necesarias que estas sean. Hay algo más en juego y es preguntarnos por qué un país que se creía económicamente exitoso está hoy en el ranking mundial del COVID-19. Claramente, nuestras prioridades han estado mal centradas y necesitamos cambiar.

Habiendo mucho por decir al respecto, me parece urgente una cosa: toca aprender a mirar el Perú desde el “reverso de la historia”. El teólogo Gustavo Gutiérrez acuñó esa expresión para recalcar que la justicia y la paz solo podrán ser reales si escuchamos la voz de quienes sufren la pobreza. El drama de ser pobre en países como el nuestro es que, además de carecer de lo mínimo para subsistir, son tratados como no-humanos. El papa Francisco habla de la “cultura del descarte”, que desecha a los pobres por considerarlos insignificantes, gente que no tiene nada que aportar a un mundo regido por la eficiencia y la hiper-productividad.

El signo más claro de la primacía de la “cultura del descarte” en el Perú son las respuestas a la emergencia sanitaria. Hemos visto cómo se dan medidas que, aunque bienintencionadas y lógicas, desconocen la realidad del mundo de los pobres y lo profundo de las desigualdades en países como el nuestro. No se consideró que un porcentaje alto de hogares peruanos no tiene un trabajo formal, un salario digno, un fondo de pensiones o una refrigeradora que le permita sostener una cuarentena estricta y larga. En la distribución de subsidios monetarios o alimenticios, no se consideró que muchas personas en situación de pobreza extrema no aparecen en las bases de datos de los programas sociales del Estado. Quizás el drama más duro lo viven los pueblos indígenas de la Amazonía que, a pesar de todas las advertencias hechas, no recibieron la prioridad que les correspondía por su alta vulnerabilidad.

Entrar en el mundo de los pobres implica escuchar sus historias de sufrimiento y colaborar en que sean escuchadas. No son cifras, son personas las afectadas. Hay que reconocer que los pobres tienen un rostro y algo que aportar. Ese es el primer paso hacia su dignificación. Pero también hacia una proyección realista de las metas del país. Mirar a los pobres es el mejor antídoto contra los espejismos del éxito fácil, que nos ha hecho creer que todo avanzaba bien. Sus vidas truncadas por la pandemia del COVID-19 y tantos otros males son un recordatorio permanente de que el Perú es no solo un proyecto inacabado, sino un cuerpo enfermo.

Sin embargo, si miramos la realidad desde los pobres no solamente encontramos sufrimientos, sino motivos de esperanza. Como en otras épocas de crisis, las organizaciones populares han respondido ante la necesidad con solidaridad, creatividad y entrega. Por todas partes, los comedores populares y las ollas comunes se expanden. Y en el campo, las rondas campesinas reaparecen para ayudar a prevenir el contagio del virus. Los que menos tienen son los que más saben compartir. Si así respondiesen los que más tienen, quizás la situación del Perú ante el COVID-19 sería otra. El papa Francisco dice que los movimientos populares son “poetas sociales” que desde las periferias del mundo nos testimonian que un estilo de vivir más humano es posible.

Estando cerca del 28 de julio, no hay mucho que celebrar. Pero sí mucho que reflexionar para sanar la sociedad enferma en la que vivimos. Eso implica colocar a los pobres como centro de la agenda pública. Y eso solo será factible si hacemos el esfuerzo de mirar los estragos de la pandemia desde los ojos de los pobres. Interpelados por sus experiencias de dolor, descubriremos las verdaderas urgencias de este tiempo.


miércoles, 8 de julio de 2020

¿FIN DEL CONFINAMIENTO?



Fuente: Agencia Andina

Tras más de 100 días de medidas estrictas de confinamiento, el Perú empieza a flexibilizar su cuarentena. Y tal escenario abre varias preguntas sobre cómo avanzar hacia una “nueva normalidad” que permita la reapertura de las actividades regulares, pero sin bajar la guardia ante el COVID-19 que sigue siendo una amenaza latente.

Sin embargo, entrar en modo “reapertura” puede llevarnos a la tentación de pensar que ya todo pasó. La mente humana tiene facilidad para bloquear recuerdos incómodos y hacernos creer que todo está bajo control. Si como sociedad caemos en ese juego, rápidamente olvidaremos que la pandemia nos ha confrontado con el hecho que somos una sociedad enferma necesitada de atender profundos males estructurales.

No es mi intención entrar a plantear cuáles son esos problemas. Más bien, lo que quiero apuntar es que necesitamos examinar nuestras actitudes ante la “nueva normalidad”. Como individuos, familias o comunidades, no podemos pretender que nada ha pasado y volver a nuestros estilos de vida previos a la cuarentena. Si somos de carne y hueso, este tiempo duro nos debe haber dejado lecciones. Reconocerlas es una obligación moral.

Si examinamos el impacto de la pandemia en nosotros, nuestras familias y el país no solamente es por saber más. Lo hemos de hacer porque esta realidad nos ha afectado. Aunque en distinta magnitud, según el lugar donde nos ha tocado estar, algo ha provocado en nosotros. Escuchar esos ecos dentro de nosotros y en nuestros seres queridos es un paso necesario. En estos días, ¿qué hemos descubierto como lo auténticamente valioso? ¿qué da la verdadera felicidad? ¿y qué es superficialidad que nos engaña?

Pero también pasa por escuchar cómo ha impactado nuestros vecindarios, la ciudad donde vivimos, el Perú, el mundo. En tanto nuestra experiencia no es la única existente, es saludable conectarse a lo que otros han vivido para identificar aspectos comunes, así como descubrir dimensiones desconocidas para nosotros.

Este ejercicio de escucha atenta de uno mismo y del entorno -si se hace con profundidad y sinceridad- nos conducirá a reconocer cuánto dolor ha provocado la pandemia, así como cuanta solidaridad ha despertado. Si nuestro corazón no es de piedra experimentará compasión, que para los cristianos es esa emoción que nos hace conmovernos, identificarnos y comprometernos con la vida del otro.

Sentir compasión es un movimiento interior que no solo nos concientiza de los problemas, sino nos involucra en ellos. Nos mueve a la acción desde un genuino deseo de querer aportar al bien común. Por eso, esta reflexión nos confrontará con nuevas preguntas: ¿qué papel juego yo en todo esto? ¿cómo lo que veo me invita a crecer como persona? ¿qué puedo hacer mejor para sanar tanto sufrimiento?

En medio de todo el horror que hemos vivido, la pandemia es una oportunidad para que crezcamos en humanidad. No pasemos indiferentes ante sus consecuencias, habiendo solo acumulado anécdotas. Tenemos la alternativa de que el fin del confinamiento no solo sea una reapertura económica. Que sea también un tiempo para forjar juntos un Perú y un mundo más justo y fraterno.

sábado, 20 de junio de 2020

UN CORPUS CHRISTI DISTINTO, UN LLAMADO A REFUNDAR EL PERÚ

Fuente: Arzobispado de Lima

La imagen de la Catedral de Lima repleta de fotografías de peruanos fallecidos por los estragos del COVID-19 dio la vuelta mundo. Más de 5 mil familias acogieron la iniciativa del arzobispado de homenajear a los caídos por la pandemia en la misa del Corpus Christi. Tal cifra muestra la gravedad de la crisis, por lo que lo ocurrido no es una anécdota. Es un desafío que nos confronta con la urgencia de unirnos para reflexionar sobre el presente y el futuro de este Perú herido.

El volumen de fotografías expresa el “sabor amargo” que viven miles de familias, que no han podido ofrecer un entierro digno a sus parientes por las restricciones del confinamiento. El arzobispado de Lima ha acogido esta necesidad espiritual, pero dándole un sentido aún más hondo. No se trató de una suma de duelos privados, sino un acto público de duelo nacional. Desde sus hogares, todo el país pudo unirse a quienes han perdido a alguien y solidarizarse, porque todos formamos una sola comunidad, un solo cuerpo.

El arzobispo Castillo destacó el sentido cristiano de orar por los difuntos en el Corpus Christi: “Unir esas muertes con el Cuerpo de Cristo que significa solidaridad, cariño por la gente, esperanza”. De manera especial, agradeció a los héroes que murieron dando la vida combatiendo la pandemia, cuyo testimonio actualiza la entrega generosa del cuerpo de Cristo para salvar la vida del mundo.

Esas palabras son un recordatorio a los católicos del significado de la comunión eucarística. Cada vez que comulgamos confirmamos nuestro deseo de ser uno con Cristo, alimentarnos de su estilo de vivir humanizador y compartir su misión de reconciliación. Simultáneamente, como enseña san Pablo, reconocemos nuestra interdependencia con los otros miembros de la Iglesia, porque “aun siendo muchos, un solo cuerpo somos” (1 Cor. 10:17). Somos una comunidad unida en Cristo y alimentada por su Cuerpo, lo que nos transforma en “pan partido” y ofrecido para alimentar a los demás. Como dice el apóstol, “y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Cor. 10:16).

Pero este mensaje tiene un valor universal, aplicable a toda la ciudadanía. En simple, el Perú no podrá enfrentar la pandemia y sus consecuencias si no se une como una comunidad de hermanos llamados a salir de sí mismos para ofrecer sus cuerpos al servicio de todos. En las últimas dos décadas hemos vivido en un espejismo, creyendo que somos un “milagro económico”, invisibilizando nuestras profundas desigualdades y descartando a muchos en el camino. Hemos sido infectados del “virus del egoísmo”, cultivando un individualismo que lleva a prescindir de los demás y defender privilegios a costa del sufrimiento de muchos.


En la misa, el arzobispo Castillo denunció cómo esta mentalidad está metida en estructuras y organizaciones, poniendo el caso del sistema de salud, donde las clínicas privadas, las empresas de seguros y los proveedores de oxígeno han pecado de indiferencia ante el colapso de los hospitales estales. Castillo dijo que la salud en el Perú parece organizada para ser “un sistema de enfermedad, porque está basado en el egoísmo y el negocio, y no en la misericordia, la solidaridad y la dignidad de la gente”. Para descubrir la verdad de estas palabras basta entrar a las redes sociales para recoger los testimonios de pacientes, como el de la historiadora Gabriela Adrianzén, que sienten que el sistema funciona en contra suyo.

La pandemia es una desgracia, que podemos convertir en oportunidad para regenerar el país desde una visión que pone a las personas en el centro. Para el arzobispo Castillo, esto implica desterrar el egoísmo tan enraizado en prácticas cotidianas y estructuras sociales. Para ello, la tarea es educarnos en una conciencia de interdependencia, fraternidad y solidaridad que nos permita reconocernos como una comunidad de ciudadanos iguales, libres y hermanados. Sus palabras sintetizan dónde está la clave para refundar el Perú: “Nos debemos los unos a los otros, todo lo que tenemos es prestado y debemos compartirlo”.

Este Corpus Christi “distinto” nos alerta del riesgo que la tormenta pase sin que hayamos aprendido lo que hicimos mal y articulado una visión de futuro que realmente incluya a todos los peruanos. Si lo logramos hacer, ese será el mejor homenaje a los compatriotas caídos por el COVID-19. De lo contrario, como advirtió el arzobispo Castillo, lo que vendrá es una catedral llena de rostros de muertos por hambre y abandono. Evitar esto es responsabilidad de todos los que integramos el Perú, pero sobremanera de los poderosos que están llamados a “abrir sus corazones” y “el puño” para compartir lo que tienen. Ojalá estemos a la altura de este reto histórico y todos (especialmente los que más tienen) nos hagamos “pan partido y compartido” para calmar el sufrimiento reinante.

El hambre y tantas necesidades en el país son un “problema espiritual”, dijo Castillo, porque nos involucran a todos los miembros de la comunidad para encontrar salidas al drama que viven los más indefensos. Por tanto, no basta solo desarrollar respuestas técnicas a los problemas. Menos aún -como viene pasando- reducir el debate público a la reapertura de la economía, por más importante que esta sea. Necesitamos una visión de país que nos inspire y hermane, que sea empática y solidaria con los más vulnerables, que nos haga autocríticos y propositivos de cambios por la igualdad de oportunidades y la justicia. Esa es la respuesta pendiente ante la pandemia, en la que ya hay instituciones -como la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y el Instituto de Estudios Peruanos- ofreciendo insumos.

Gracias, arzobispo Castillo, por recordarnos lo esencial: de la pandemia debe emerger un nuevo Perú donde realmente seamos hermanos los unos de los otros.

domingo, 31 de mayo de 2020

EL VALOR DE LA FE EN ÉPOCA DE CRISIS

Fuente: Arzobispado de Lima

El otro día una amiga me preguntó qué hacía cuando me costaba concentrarme. Sin pensarlo mucho dije que orar. Algo intrigada, ella me pidió que le explicase a qué me refería, porque no es creyente (en todo caso, no de la misma manera en que yo lo soy). Le conté entonces que, antes de hacer algo que sé que me tomará esfuerzo, hago una pausa, cierro los ojos y repito un par de oraciones de San Ignacio de Loyola. No lo hago pensando que por arte de magia lograré concentrarme. Más bien, empezar alguna actividad retadora de esta manera es conectar lo que estoy haciendo con mi proyecto de vida y los principios que lo orientan. Es reconocer que lo que hago día a día tiene un sentido que va más allá de ser una rutina o algo que me representa un beneficio concreto: en mi caso, intentar vivir al estilo de Jesús, encarnando sus enseñanzas y comunicando la esperanza que me contagia el encuentro con su persona.

Probablemente, esto hubiera quedado en una anécdota más si no hubiera tenido varias ocasiones en la semana para pensar sobre el valor de las creencias en tiempos de crisis. La pandemia ha trastocado los planes de todos y nos ha sumergido en una profunda incertidumbre acerca del futuro. Hasta el momento, la ciencia ha proporcionado herramientas cruciales para atender las consecuencias del COVID-19 y prevenir el contagio, pero hay preguntas que no es capaz de responder plenamente. ¿Cómo vivir el duelo en tiempos de distanciamiento social? ¿Cómo comprender tanto sufrimiento en nuestro entorno? ¿Qué hacer ante la incertidumbre que nos agobia? Para este tipo de interrogantes no bastan datos o teorías que nos explican el por qué de las cosas. Estas son preguntas que más apuntan al para qué o al hacia dónde nos movemos, es decir, cuestiones que nos desafían a darle sentido y orientación a la existencia, lo cual es particularmente necesario cuando atravesamos por situaciones adversas.

Por ello, estos días tantas personas encuentran en su práctica religiosa una fuente de consuelo e inspiración para enfrentar la pandemia. Encuentran en sus creencias una brújula para guiarse ante circunstancias sin precedentes. Sin embargo, es imprescindible pensar este aspecto de nuestras vidas, porque puede conducir a acciones irresponsables que nos ponen a nosotros mismos y a los demás en riesgo. La fe no puede servir para alimentar extremismos que nos deshumanizan. Debemos estar alertas a no reducir nuestras creencias a una razón rígida que quiere clasificar y controlar todo, ni menos a un emotivismo que se convierte en egoísmo que absolutiza nuestra voluntad por encima de los otros y del mundo.

Una fe auténtica aporta un sentido que ordena y orienta nuestros pensamientos, afectos, deseos y acciones hacia un fin que nos conduce a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. No solamente implica suscribir un conjunto de dogmas, sino entrar en una experiencia que nos ayuda a “sentir y gustar” de nuestras vivencias y encuentros, incluso aquello que resulta incómodo o doloroso, a la luz de aquello que es lo fundamental. Cuando miramos las cosas desde ese ángulo, somos capaces de romper con el egocentrismo, pues descubrimos que el estar encerrados en nosotros mismos nos enferma. En el fondo, la fe es un acto de liberación de la idea que somos superhéroes todopoderosos. La vida va más allá de nuestra existencia limitada y finita, por lo que solo nos sentimos plenos cuando reconocemos nuestra vulnerabilidad y nuestra necesidad de relaciones significativas con la familia, los amigos, la comunidad y Dios.

Lo anterior es factible porque la fe nos abre al Misterio, a la constatación de alguien o algo que trasciende nuestra humanidad, y que, simultáneamente, nos infunde la confianza y la fuerza para encontrar esperanza en medio de la crisis y seguir adelante. Y ese Misterio, si lo sabemos acoger serena y sensatamente, nos confronta con una verdad universalmente válida: somos seres humanos creados para transformar nuestro mundo en un lugar donde reine el amor, la libertad, la justicia, la paz y la fraternidad para todos sin exclusiones. Como tantos han repetido últimamente, solo nos salvaremos de la pandemia si cooperamos juntos, no si luchamos divididos, y eso exige saber renunciar un poco a nosotros mismos para abrirnos a la escucha y la colaboración con los otros.

Es oportuno, por tanto, incorporar esta dimensión en la búsqueda de soluciones ante el COVID-19. Esto implica un nivel personal, donde cada individuo emplee su propio sistema de creencias para calmar sus angustias, retomar el horizonte y tomar decisiones que le ayuden a navegar en la tormenta que vivimos. Pero también abarca un nivel colectivo, donde las comunidades de creyentes, tradicionalmente organizadas en iglesias o religiones tradicionales, reconozcan en la pandemia un contexto en el que están llamadas a dar testimonio de su fe en formas concretas de solidaridad, así como ofreciendo la sabiduría de su tradición al servicio del esfuerzo de toda la humanidad por encontrar esperanza en el drama actual.

Más aún, es necesario reconocer el valor público de la fe y los sistemas de creencias, cuestionando ese viejo prejuicio de que este aspecto está restringido al ámbito de la vida privada. Aquello en que creemos configura nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, todo nuestro ser. Un creyente coherente no puede divorciar su fe entre lo privado y lo público, pues su performance ético y social en ambos escenarios está fundamentado en su horizonte de fe. Quizás este momento ayude a que las universidades, la sociedad civil y el Estado revaloren esta dimensión de la condición humana, incorporando las perspectivas de las comunidades de fe en el diálogo por una sociedad mejor y brindándoles herramientas para una reflexión crítica que dé mayor densidad y pertinencia a su acción en el mundo. Ese es el camino, a mi parecer, para vacunarnos contra el fundamentalismo, el apego al poder y el afán colonizador que no pocas veces han ensombrecido la historia de las religiones.


De manera particular, quienes somos cristianos, hoy que celebramos Pentecostés, estamos llamados a afinar nuestros sentidos para reconocer al Espíritu Santo actuando en nosotros y en nuestro mundo, aún a pesar del mal imperante. Estemos abiertos al Misterio de Dios que hoy, a través de su Espíritu, nos convoca a poner nuestras creencias y nuestra vida al servicio de un mundo herido, imaginando formas creativas y concretas de dar razón de nuestra esperanza.

domingo, 24 de mayo de 2020

LLAMADOS A SANAR LAS HERIDAS DE LA PANDEMIA


Vamos más de dos meses en cuarentena en el Perú y la sensación de que la epidemia está fuera de control permanece. El optimismo con el que iniciamos este episodio inédito de nuestra historia va decayendo, dando paso a voces que dicen que hemos fracaso y que el sacrificio no ha valido la pena. Aunque hay esfuerzos notables para contener la pandemia, el ánimo de los peruanos está por los suelos, aplastados por un encierro que parece interminable, agobiados por tantas malas noticias y aterrados ante la partida de más de 3 mil compatriotas. Sospecho que hemos llegado a ese punto en el que todos conocemos de alguien que ha sido infectado de COVID-19 o que ha muerto en el tiempo de cuarentena. Por todo el territorio nacional, las historias de sufrimiento se repiten, siendo rápidamente olvidadas ante la vorágine de una crisis que no nos da respiro. Y, como siempre, son los más pobres quienes padecen con más agonía las restricciones de la cuarentena.

Más grave aún es que el sentimiento de unidad nacional ha sido resquebrajado por quienes buscan aprovechar la crisis en favor de sus intereses. Vemos al Congreso tomar decisiones que, en vez de responder al bien común y al buen criterio, parecen estar motivadas por el cálculo político, pensando en las futuras elecciones. Por si esto no fuera poco, salen a la luz denuncias de corrupción de quienes buscan sacar su tajada de los recursos públicos destinados a atender la emergencia, entre otros desórdenes morales tan propios de la “criollada” peruana que pone en riesgo la vida de las personas. Y, al estar en un tiempo de incertidumbre, el miedo colectivo se convierte en caldo de cultivo para discursos autoritarios y populismos irresponsables.

Sin duda, estamos ante tiempos tan duros que intentar decir una palabra desde la fe cada vez es más difícil sin que suene a optimismo sin fondo. Lo he experimentado en mi propia interioridad, sintiéndome seco espiritualmente hablando, poco disponible para la oración y la reflexión. Como les pasó a los discípulos de Emaús, la tentación de “tirar la toalla” es grande. Resulta menos desgastante mirar a otro lado, pretender que nada pasa en nuestro alrededor. No son pocos los que parecen creer que la indiferencia y el egoísmo, y no la esperanza y la solidaridad, son el mejor camino para sobrevivir la pandemia.

LIBERAR LOS “OJOS RETENIDOS”

Pero volver sobre el encuentro de los discípulos de Emaús y Jesús Resucitado (Lucas 24, 13-35) nos da una perspectiva sobre cómo sanar nuestras heridas y mirar más allá de la desolación imperante. Lucas dice que Jesús se les apareció a estos dos hombres, pero ellos no le reconocieron porque tenían los “ojos retenidos”.  El haber atestiguado la ejecución injusta de Jesús solo les permitía ver estos acontecimientos desde la perspectiva de la tristeza, el fracaso y la frustración. Y, en verdad, nadie los puede culpar por vivirlo de esa manera. Al igual que nosotros, estaban viviendo un tiempo de duelo.

Felizmente, Jesús es un experto en sanar las heridas del espíritu. Al toparse con ellos, inicia una conversación que les permite expresar lo que los acongoja. Como buen conocedor de la naturaleza humana, Jesús sabe que el acto de reconocer es el primer paso para todo proceso curativo. Aunque sea difícil, hoy estamos llamados a lo mismo: buscar palabras para articular lo que nos pasa, escuchando nuestra interioridad y la voz de quienes más sufren, así como prestando atención a las causas invisibles de tanto dolor.

Sin embargo, ahí no queda el asunto. Jesús les ayuda a interpretar su vivencia a la luz de los acontecimientos y de la Palabra de Dios. Si ellos están tan abatidos y con los “ojos retenidos” en parte es porque sus expectativas estaban mal centradas, olvidándose de lo que es realmente fundamental. Esperaban que Jesús liberase a Israel de la dominación extranjera e hiciera justicia para su pueblo, es decir, que sus problemas serían resueltos por medio de un caudillo, que instauraría por la fuerza y con rapidez una sociedad mejor. Jesús, a partir de las Escrituras, va alentándoles a mirar más allá de estas “falsas promesas” que les impiden ver la verdadera “Buena Noticia” de Dios y su acción en el mundo.

Como sociedad peruana estamos invitados a un ejercicio similar: ¿cuánta confianza hemos puesto en espejismos que no garantizan que seamos una tierra donde todos vivan con dignidad? En las últimas dos décadas, el crecimiento económico y el índice de consumo se han disparado a cifras sorprendentes, ¿pero acaso hicimos lo suficiente para fortalecer la institucionalidad democrática, los servicios públicos, la calidad del empleo y la gestión sostenible de nuestro territorio? La identidad nacional se ha sostenido en el orgullo por nuestra gastronomía y en el anhelo por ir al Mundial, ¿pero acaso hemos aprendido a reconocer la pluralidad cultural del país como una riqueza o crecido en una hermandad que afirme la igualdad de todos y erradique toda forma de discriminación? La saturación de los hospitales, los desplazamientos involuntarios por todo el territorio nacional y la creciente hambruna en varios hogares nos hacen reparar que hemos estado ciegos ante las profundas desigualdades y heridas estructurales. Nuestra frustración es atribuible a que la pandemia ha tumbado los espejismos en los que pusimos nuestra confianza, porque, aun sin ser cosas en sí mismas malas, eran eslóganes vacíos que ocultaban las necesidades reales del Perú.

“TRASPASAR” EL DUELO

Jesús tiene una lección adicional para los discípulos de Emaús. El diagnóstico del problema aporta, pero no basta para salir de la desolación. La sanación no es solamente racional, sino un proceso integral. Por ello, Jesús comunica a los discípulos de Emaús no solamente una interpretación de su situación, sino les transmite confianza y esperanza para que no se dejen derrotar. El texto no relata con detalle este último aspecto, pero esto queda claro en el gesto de los discípulos que le insisten en que se quede a cenar con ellos. Aún sin reconocerlo cabalmente, le piden a Jesús que no los abandone, porque su compañía ha hecho renacer la alegría en su corazón. Tal cambio no es producto de un efecto mágico, sino consecuencia de una actitud nueva: saber renunciar a las expectativas superfluas y recentrarse en lo que verdaderamente importa. El encuentro con Jesús les ha recordado que es el amor de Dios y de quienes nos rodean aquello que da sentido pleno a la vida y, adicionalmente, que no hay verdadera felicidad si es que no nos hacemos responsables de la felicidad de los demás.

Es hermoso que los ojos de los discípulos se abren cuando están compartiendo la comida con Jesús, concretamente cuando bendijo el pan, lo partió y se los ofreció para que se alimenten. No fue mientras interpretaban la realidad y hablaban de las Escrituras, sino en el acto íntimo de comer juntos, aquel ritual por excelencia que nos sirve para forjar relaciones de amistad, solidaridad y fraternidad. Es allí donde terminaron de captar dónde se juega la verdadera esperanza. Recién, en ese instante, fueron capaces de distinguir que todo este tiempo se había tratado de Jesús, actuando una vez más en su vida para renovar su confianza en que la vida sí tiene sentido a pesar de las dificultades. Y lo hicieron, como dice el papa Francisco, no pasando por encima del dolor, sino traspasándolo, “abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios”.

En vez de andar anhelando un pollo a la brasa, un partido de fútbol o un caudillo populista que arregle mágicamente los problemas, los peruanos estamos invitados a revalorar el amor como esa fuerza que dinamiza nuestra vida y que se expresa en tantos rostros de familiares, amigos e, incluso, de extraños. Pero hay que estar alertas de no reducir el amor a pura autocomplacencia. El amor verdadero, como el expresado por Jesús con los discípulos de Emaús, nos desafía a escudriñar la realidad con mayor profundidad y a comprometernos en hacer bien lo que está bajo la responsabilidad de cada uno en favor del bien común. Ese fue el efecto que el encuentro con el Resucitado tiene en los discípulos de Emaús. De inmediato regresaron a Jerusalén con los demás seguidores de Jesús. Volvieron a donde las cosas permanecían inciertas y donde su vida corría riesgos, porque lograron “traspasar” su duelo y convertirlo en esperanza. Se hicieron portadores de una alegría que brota del experimentarse amado y llamado a la misión de cuidar la vida de los demás.

En el fondo, la pandemia es una oportunidad para que los peruanos, así como los discípulos de Emaús, dejemos de vernos como espectadores del presente del país y pasemos a reconocernos como protagonistas de la historia de nuestro pueblo. No hemos nacidos para salvar nuestro pellejo y asegurar solo nuestro bienestar, sino para ser miembros de una comunidad que trabajando unida realice la promesa evangélica: “he venido para que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Y sí que hay mucho por sanar y reparar en nuestra patria. Esta tarea será posible solo con el aporte de todos, y el despliegue de un “amor cívico” y cierto nivel de desprendimiento que nos permita unirnos en torno al bien común. Aprendamos del modo de proceder de Jesús, teniendo gestos concretos de consolar a los afligidos, articular palabras de sentido, liberarnos de los “ojos retenidos”, recentrarnos en lo fundamental, compartir el pan, reavivar la alegría que ayude a “traspasar el duelo” y asumir con madurez nuestras responsabilidades. De esa manera, nos adherimos a la misión sanadora a la que Dios nos convoca hoy.