sábado, 29 de mayo de 2021

LA MISIÓN DEL LAICADO Y LA CRISIS DE LA COVID-19

 Curso virtual de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (Perú) se propone ser un espacio de diálogo, reflexión y acción sobre los retos de la crisis actual

 


El tiempo de la COVID-19 no nos ha sido ajeno a los miembros del pueblo de Dios. En todas partes del mundo, cristianas y cristianos hemos experimentado los sufrimientos y las esperanzas de la actual crisis. Inspirados en el Evangelio, muchos han respondido con generosidad, creatividad y audacia a las heridas generadas por la pandemia. Parroquias, Caritas diocesanas, movimientos eclesiales, hogares cristianos y tantos otros espacios de Iglesia se convirtieron en hospitales de campaña, como gusta decir el papa Francisco.

En medio de circunstancias tan desafiantes, estoy seguro de que Dios ha estado obrando en el corazón de muchos, cristalizando vocaciones al servicio de la fraternidad universal y el reconocimiento de la dignidad de todos. Sin lugar a duda, los frutos en la Iglesia y más allá de ella son abundantes. Pero para que estos compromisos alcancen su madurez y no se estanquen en el presentismo es fundamental generar espacios para reflexionar, examinar críticamente y expandir lo que venimos haciendo a la luz de la fe en el Dios revelado en Jesús.

En ese espíritu, la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (Perú) ha lanzado el curso virtual “La misión del laicado y la crisis de la COVID-19”. Este quiere ser un espacio de diálogo, reflexión y acción entre laicas y laicos sobre su compromiso cristiano ante los desafíos del momento actual. A nivel de contenidos, se propone poner en conversación las experiencias de los participantes con las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del papa Francisco, elaborando juntos criterios ético-teológicos para interpretar la crisis, discernir respuestas personales o comunitarias, e imaginar nuevos caminos de evangelización.

Para animar esta conversación, el curso cuenta con distinguidos expositores provenientes de diversos países latinoamericanos: las teólogas Consuelo Vélez (Colombia), Sandra Arenas (Chile) y Soledad del Villar (Chile), y los teólogos Carlos Schickendantz (Argentina), Rafael Luciani (Venezuela) y Raúl Pariamachi (Perú). Las presentaciones serán combinadas con trabajos grupales y personales cuya finalidad es apropiarse de los contenidos teológicos desde la propia experiencia, dando profundidad a lo que se viene haciendo o planteando propuestas para comprometerse con el entorno.

Por su dimensión teológica, el curso se propone disponernos a la escucha de la acción de Dios aconteciendo en medio de la pandemia, en nuestros contextos locales y en nosotros mismos. En primer lugar, es una invitación a escuchar la realidad. Vivimos un cambio de época y la pandemia de la COVID 19 sólo lo ha confirmado. Esa convicción que el Papa Francisco repite constantemente resuena más que nunca en un mundo en duelo, fracturado y en proceso de recomposición. En el último año, hemos sido golpeados por tantas muertes tempranas y despojo de la dignidad humana en todas partes del globo, mostrando las contradicciones del sistema político-económico vigente y profundizado sus desigualdades. Pero también hemos sido testigos de la esperanza activa que ha movilizado a comunidades en sus luchas por resistir a las otras pandemias sociales, honrar las memorias de sus difuntos e imaginar caminos para sanar nuestro mundo enfermo. En medio de todo eso, nos toca discernir dónde está Dios y a qué nos llama.

En segundo lugar, el curso quiere ser una plataforma de escucha y encuentro entre laicos y laicas para historizar nuestra vocación como pueblo sacerdotal y miembros del cuerpo de Cristo en medio de una de las crisis más graves de la humanidad. El papa Francisco, en continuidad con Vaticano II, nos convoca a construir una Iglesia misionera y sinodal, donde los laicos seamos plenamente sujetos eclesiales, donde nuestra voz sea escuchada y nuestro aporte reconocido. En tal sentido, los compromisos laicales son una fuente para reconocer el dinamismo del Espíritu Santo actuando en el pueblo de Dios y encausar la conversión de la Iglesia hacia la mayor gloria de Dios y el servicio de la humanidad.

La reflexión-acción de laicas y laicos tiene un valor imprescindible para encarnar el reinado de Dios aquí y ahora, así como para orientar el camino de la Iglesia en el cambio de época que vivimos. Tal contribución es fundamental cuando la Iglesia latinoamericana está en marcha a su Primera Asamblea Eclesial, que se propone crecer en la consciencia de que todos somos discípulos-misioneros en salida para así todos juntos soñar nuevos caminos de evangelización en el mundo de la post-pandemia. En tal sentido, esperamos este curso sea un granito de arena para que más laicos tengan más herramientas para aportar en el camino sinodal y misionero de la Iglesia del tercer milenio desde su rostro particular latinoamericano.

 

 

 

 

 

 

viernes, 28 de mayo de 2021

¿VOTO CATÓLICO? UNA REFLEXIÓN SOBRE FE Y ELECCIONES

                                                                                Fuente: Diócesis de Chillán

A inicios de mayo, escribí por invitación del boletín Signos del IBC una columna aclarando un poco la relación entre fe y elecciones desde la perspectiva católica. Me siento animado a compartirlo por aquí dado que el tema ha seguido generando discusión por intervenciones de sacerdotes, laicos y de la propia Conferencia Episcopal Peruana contra el comunismo que estaría representado por el candidato Pedro Castillo. Ojalá ayude a mirar más allá de las simplificaciones y dogmatismos en que algunos quieren encasillar el voto de los católicos. Espero el tiempo me dé para proponer una lectura más elaborada sobre lo que la doctrina social de la Iglesia tiene que decir respecto a esta campaña electoral, pero mientras tanto voy dejando este granito de arena a la conversación.

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El factor religioso está apareciendo bastante en la última campaña electoral. Más allá de la necesidad de analizar esta situación en términos sociológicos y políticos, considero estos sucesos son una invitación a reflexionar sobre qué significa que los católicos debemos considerar nuestra fe al ejercer nuestro deber-derecho a elegir nuestras autoridades.

LA IGLESIA NO TIENE CANDIDATO

Un error frecuente es pensar que la Iglesia católica apoya a determinados candidatos, como sí lo hacen otras comunidades de fe. De hecho, algunos hablan de un “voto católico”, pero ciertamente esto es un malentendido. Si bien es cierto que la Iglesia sostiene principios y enseñanzas respecto a la vida política y los asuntos públicos, ella aspira ser independiente y autónoma de los sistemas políticos para realizar su misión con libertad (GS 76). Respeta las normas civiles, coopera con la construcción del bien común y alienta a los fieles laicos a tener un compromiso ciudadano activo y responsable. Pero no debe pretender dirigir los destinos políticos del país a través de un partido autoproclamado católico. Por ello, prohíbe al clero y a miembros de institutos de vida consagrada hacer proselitismo por partidos políticos o postular a puestos de representación política (CIC 285§3, 287§2).

Por ello, fue desconcertante ver videos de clérigos llamando a votar por candidatos “católicos”, quebrando el principio de neutralidad que debe orientar su comportamiento en elecciones. El ministerio sacerdotal y las celebraciones litúrgicas no pueden utilizarse como instrumento de campaña. Además, fuimos testigos de asociaciones de laicos simpatizantes del candidato Rafael López Aliaga que pretendían imponer a su candidato al resto de la comunidad eclesial. Es su derecho darle su voto y hacer campaña por su agrupación política, pero lo que constituye una conducta inadecuada es pretender presentar el apoyo a este candidato como un mandamiento divino. Por momentos, incluso, se percibía una idealización de este líder que parecía olvidar que, como católicos, adoramos a Dios y no a políticos.

LA PRIMACÍA DE LA PROPIA CONCIENCIA

En breve, el hecho de ser católico no obliga a votar por un candidato determinado. Las autoridades de la Iglesia no pueden decirles a los fieles a quién deben apoyar. Al contrario, deben respetar la primacía de la propia conciencia moral, que cada creyente posee como don de Dios. Como insiste el papa Francisco, en la Iglesia, debemos buscar formar conciencias, no reemplazarlas. En tal sentido, el Derecho Canónico reconoce que todos los fieles gozan de libertad de opinión, en aquello que no es contenido de las verdades fundamentales de fe, como, por ejemplo, las preferencias políticas. Dicho derecho debe ser ejercido con responsabilidad, auténtico deseo de búsqueda de la verdad, respeto por los demás y procurando el bien común (CIC 209§1, 212§1,3). Pero implica que a los fieles no se les puede imponer opiniones o directivas, ya que tienen el derecho de que su conciencia sea respetada.

CRITERIOS PARA LO QUE VIENE

Las comunidades católicas debemos favorecer espacios de discernimiento para que todos sus miembros cultiven una consciencia informada y decidan un voto responsable. Para ello, contamos con las Sagradas Escrituras y la enseñanza social de la Iglesia como criterios éticos para interpretar nuestra realidad y evaluar propuestas políticas. No obstante, hay que tener cuidado de que el depósito de la fe no se convierta en un arma de batalla política o instrumento para expandir miedo y odio. La fe auténtica es dinamizada por la caridad, que, en elecciones, debe vivirse como valoración de la verdad, búsqueda del bien común, respeto de los adversarios y apertura al diálogo.

Para evitar abusos, el jesuita James Martin nos propone tres pasos para que nuestra fe oriente a un voto informado y responsable: 1) conocer los Evangelios, 2) entender la enseñanza de la Iglesia y 3) estudiar todos los asuntos públicos importantes. El tercero es quizás importante de recalcar. No se puede decidir el voto sin considerar los problemas que enfrentamos como sociedad, que son múltiples y complejos. Es una tentación centrarnos solo en un aspecto, desconociendo que hay muchos otros temas a considerar, o apoyar propuestas que nos venden soluciones fáciles, las cuales suelen ser inviables. Asimismo, es bueno recordar que ningún candidato es perfecto. Ninguno es capaz de recoger toda la enseñanza cristiana. Habrá temas en que lo haga más y otros en que menos. Por eso, toca discernir el conjunto de los planes de gobierno para ver cuáles dialogan mejor con los valores del Evangelio y cuáles consideramos responden mejor a las urgencias del país.

Nuestro voto debe ser manifestación de nuestra condición de discípulos de Jesús aquí y ahora. Así que asumamos esta responsabilidad ciudadana con la madurez del caso. Nuestra decisión electoral debe ser fruto del ejercicio de nuestra conciencia y expresión de nuestro amor por el Perú y nuestros hermanos.

sábado, 10 de abril de 2021

ANTE LA DESESPERANZA ELECTORAL

Mañana iremos a votar en un momento donde el Perú se asfixia por la COVID-19 y sus efectos. Cuando más necesitábamos de diálogo y propuestas responsables, la campaña electoral ha polarizado y nos ha impedido hablar de lo que realmente importa para resucitar al país. Con una que otra excepción, los candidatos han usado la frustración acumulada para formar sectas, irradiar mentiras, insultar a los adversarios y reforzar las ideologías que nos impiden reconocer la agudeza de nuestros problemas. Lo que menos hemos escuchado es discursos donde el cuidado de las personas esté al centro, que lloren con las familias de los más de 100 mil fallecidos por la pandemia, que se solidaricen con quienes hacen colas interminables por oxígeno medicinal, los desempleados y todos quienes sufren las consecuencias de la tragedia que vivimos.

Cuando más necesitábamos candidatos afirmando la vida y los derechos fundamentales, lo que hemos visto es el reino de discursos de muerte, miedo y odio, presentes en más de una propuesta política. El fundamentalismo "pro-vida", que camufla como defensa de la familia y la religión una ideología autoritaria aferrada a una tradición sin importarle los problemas reales de las personas. El fundamentalismo neoliberal, que vocifera por la defensa de un modelo económico que ha mantenido las desigualdades, privilegiando a unos pocos y descartando a muchos. Los mesianismos populistas de derechas e izquierdas, que dicen actuar por el pueblo, pero solo esconden autoritarismo y ambición de poder sin interés alguno por construir vínculo real con las personas y elaborar planes concretos y viables. Las pocas alternativas democráticas con proyectos políticos, aun cuando han recibido ataques desproporcionados, es cierto que han tenido una gran dificultad para conectar con la gente y transmitir esperanza.

Los peruanos no nos merecemos esta clase política. Pero es cierto también que la polarización y el deterioro institucional solo son reflejo de un tejido social herido y dividido, que la pandemia ha visibilizado y recrudecido. Somos una sociedad donde día a día todos no nos reconocemos como ciudadanos y muchos son tratados como sujetos descartados. Pensando en el futuro, que honestamente no se ve muy prometedor, las elecciones confirman que es desde la base social donde hay que empezar a resucitar al Perú. Quizás la esperanza que anhelamos por un Perú resucitado hoy no encontrará su respuesta en el resultado electoral. Toca empezar a construirlo desde lo cotidiano y lo local, generando espacios para encontrarnos, mirarnos a la cara, reconocernos como iguales, abrirnos a la realidad y pensar juntos cómo responder ante los agobiantes problemas nacionales.

El cambio empieza con una semilla que si se cuida da fruto abundante. Cual sea el gobierno que salga elegido, lo que viene es un tiempo para sembrar, cuidar y sanar la vida que tanto se ha descuidado en nuestro país. Y, en esto, todos, seamos de izquierdas o derechas, tenemos algo que aportar y algo de lo cual convertirnos. La esperanza que anhelamos no caerá del cielo, como dice Gustavo Gutiérrez, somos nosotros los llamados a construirla. Y la esperanza verdadera, aquella que construye y no destruye, implica poner a las personas y sus necesidades al centro, poniéndolas por encima de nuestras ideas y creencias. El servicio nunca es ideológico, como dice el papa Francisco, porque servimos a personas y no a ideas. Recordar eso es una urgencia ante la crisis que vive el Perú. Quien tenga oídos que oiga.


sábado, 20 de marzo de 2021

LUIS BAMBARÉN GASTELUMENDI, S.J.

Fuente: Archivo de Servicios Educativos El Agustino


La partida del jesuita Luis Bambarén Gastelumendi enluta a la Iglesia peruana y latinoamericana. Bambarén era de los últimos obispos que quedaban vivos de esa primera generación que vivió el Concilio Vaticano II y Medellín. Su vida grafica la terca apuesta de muchos cristianos en Latinoamérica por edificar una Iglesia pobre y al lado de los pobres, coherente con el Evangelio de Jesucristo, recinto de justicia, paz y reconciliación, comprometida con la vida plena para nuestros pueblos.

Nacido en Yungay (Ancash) en 1928, Bambarén tempranamente se trasladó a Lima, donde realizó sus estudios escolares en el colegio de la Inmaculada. Allí conoció a la Compañía de Jesús, a la que ingresó un 20 de abril de 1944 para iniciar el noviciado. El resto de su formación la hizo entre España y el Perú, siendo ordenado sacerdote en 1958. Sus primeros encargos pastorales fueron como profesor del Colegio de la Inmaculada en Lima y, luego, en el Colegio San Ignacio de Piura.

Por los años 1960, entre los jesuitas ya florecía una consciencia social y Bambarén se formó en este ambiente. Por eso, tanto en la Inmaculada como en el San Ignacio -ambos colegios de élite-, promovió que los estudiantes tuvieran experiencias de cercanía con el mundo de los pobres. Además, en 1964, creó el Instituto de Mecánica Agrícola en Piura como un centro de educación técnica para hombres del campo.

En 1968, el cardenal Juan Landázuri lo convocó para que fuera su obispo auxiliar en una Lima que crecía rápidamente. En signo de su opción por los pobres, pidió ser ordenado obispo en la parroquia San Martín de Porres, ubicada en uno de los nuevos barrios populares de la capital. Este evento marcó su misión, pues estuvo encargado de coordinar el trabajo pastoral en las zonas periféricas de Lima, donde los pobres levantaban sus viviendas en medio del desierto o los cerros. Al recorrer este camino, sumó esfuerzos con sus hermanos obispos auxiliares Germán Schmitz M.S.C. y Augusto Beuzeville, así como numerosas congregaciones religiosas, movimientos laicales y comunidades cristianas de base.

Testimonio de Bambarén sobre la pastoral social en Lima Norte

Las precarias condiciones de vida y el origen informal de estos asentamientos hicieron que en la opinión pública limeña fueran llamados despectivamente “barriadas” o “invasiones”. A Bambarén le pareció que esta manera de hablar deshumanizaba a hombres y mujeres que con mucho esfuerzo sacaban adelante a sus familias y buscaban forjarse un futuro mejor. Por eso, popularizó hablar de estos espacios como “pueblos jóvenes”, resaltando que eran comunidades que estaban luchando por ser agentes de su destino y construir una nueva ciudad.

Pero su apoyo no se quedó en el plano retórico. Su contacto directo con los “pueblos jóvenes” lo convirtió en aliado de las organizaciones vecinales en sus luchas por una vivienda digna. Esto se hizo visible cuando en 1971 fue arrestado por orden del ministro del Interior, el general Guillermo Artola, por solidarizarse con un grupo que había ocupado terrenos en Pamplona Alta. El intento de la Policía por desalojarlos había dejado como saldo un muerto, y Bambarén se hizo presente y celebró una misa por el fallecido. El incidente derivó no solo en la rápida liberación de Bambarén, sino en la reubicación de estas familias en lo que hoy es Villa El Salvador, distrito reconocido por su fuerte organización vecinal y autogestión popular, en donde se forjó la lideresa María Elena Moyano. Por gestos como este fue bautizado como el “obispo de los pueblos jóvenes”.

Bambarén y la historia de Villa El Salvador

Otro de sus grandes aportes fue constituir la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS), apoyado inicialmente por Ricardo Antoncich S.J. y luego por Ernesto Alayza Mujica. Durante las décadas de 1970 y 1980, CEAS fue una plataforma desde donde la Iglesia católica se conectó con los movimientos sociales y colaboró en afirmar una cultura democrática y de defensa de los derechos fundamentales de los pobres. Sus equipos de profesionales laicos contribuyeron a articular el trabajo social de la Iglesia, fortalecer a diversas organizaciones sociales y generar reflexión teológica y ética sobre la realidad nacional. 

En 1978, fue transferido para dirigir la entonces Prelatura de Chimbote, que se convirtió en diócesis en 1983. Allí le tocó vivir los años de la violencia política y resistir la acción asesina de Sendero Luminoso del lado de jóvenes y asociaciones vecinales. Como en otras partes del Perú, las parroquias de la diócesis de Chimbote fueron espacios comunitarios que trabajaron para resguardar a la población, defender los derechos humanos y detener el avance de Sendero. Como consecuencia de esta apuesta diocesana fueron asesinados tres sacerdotes de la diócesis, los franciscanos polacos Miguel Tomaszek y Zbiniew Strzalkowski, y el diocesano italiano Sandro Dordi. Ellos son hoy beatos mártires reconocidos por la Iglesia universal.

Entre 1998 y 2002, fue presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, teniendo un rol destacado en la caída del régimen fujimorista y la transición democrática. Tras la crisis política generada por el fraude electoral del año 2000, participó en la mesa de diálogo convocada por la OEA para intentar encontrar una salida democrática entre el gobierno de Alberto Fujimori y las fuerzas de oposición. Asimismo, fue observador en la Comisión de la Verdad y Reconciliación y participante en la firma del Acuerdo Nacional de 2002. Como obispo emérito, de vuelta en Lima, asumió la causa de preservar el Puericultorio Pérez Araníbar para los niños huérfanos. 

En esos procesos y en muchos otros conflictos sociales, puso al servicio del Perú sus habilidades para facilitar el diálogo y la concertación, como lo ha destacado Víctor Caballero en su nota de remembranza. No obstante, ese talante concertador no le impidió expresar sus posiciones firmes a favor de las causas justas, la defensa de los pobres, la Comisión de la Verdad o la teología de la liberación. Pero quizás su apuesta más terca fue ser un pastor cercano a su pueblo y comprometido con formar ciudadanos libres y servidores de la nación. Por donde fuera que pasó, es así como se le recuerda.

Demos gracias a Dios por tanto bien sembrado por el ministerio pastoral y el compromiso ciudadano de monseñor Bambarén. Pero, sobre todo, dejémonos inspirar por su testimonio profético. Su vida tiene mucho que enseñarnos a quienes hoy seguimos soñando con un Perú más justo y fraterno y una Iglesia empapada de Evangelio y solidaria con los últimos.

Para conocer a Mons. Bambarén, puede consultarse esta entrevista publicada por DESCO.

Bambarén sobre Teología de la liberación y el papa Francisco


martes, 9 de febrero de 2021

EL VUELO DE LA VACUNA

Captura de pantalla del Facebook de UNPRG Lovers

El Perú está siendo duramente golpeado por la segunda ola de la COVID-19. El último mes nos ha traído a la memoria los peores momentos del año 2020. Escenas de familias desesperadas buscando oxígeno o cama UCI, así como avisos de nuevos decesos cada día, vuelven a ser el pan de cada día. A esto se suman los temas irresueltos del estallido social de noviembre pasado y el panorama penumbroso de las elecciones del próximo abril. En el año del Bicentenario de nuestra Independencia, todo pareciera pintar mal.

Considerando ese escenario sombrío, no es de extrañar que la llegada del primer lote de vacunas al Perú ha sido una fiesta nacional. La cobertura de los medios de comunicación fue a todo dar. Pero quienes realmente se robaron las cámaras fueron los amigos de UNPRG Lovers, un grupo de chiclayanos a quienes se les ocurrió transmitir vía Facebook Live el vuelo de la vacuna hacia el Perú. Desde China hasta su desembarque en El Callao, cientos de miles de peruanos siguieron el acontecimiento acompañados de cumbia, nuestras canciones patrióticas y la chacota típica del humor nacional. Aunque algunos lo consideren una excentricidad, la verdad es que terminó alcanzando 913 mil reproducciones.

Muchos verán en esto una anécdota más del genio creativo peruano, capaz de reírse de las desgracias para encontrar motivos para seguir adelante. Honestamente, creo que hay algo más. Al conectarme, lo que mis ojos vieron fue un espacio de encuentro entre personas diversas, que no nos conocemos cara a cara, pero que compartimos un amor por el Perú y un deseo hondo de que las cosas se hagan bien para que el sufrimiento acabe. Allí se respiraba fraternidad y esperanza. Éramos testigos de una hermandad espontánea que celebraba que la muerte y el llanto no serán para siempre, y que la vida, al final, triunfará.

El espíritu reinante en ese espacio virtual me llenó de esperanza. Y no me refiero solo a las vidas que serán protegidas gracias a esas vacunas. En ese momento, sentí que los peruanos tenemos ganas de “querer ser pueblo”, como dice el papa Francisco; es decir, de entendernos como un nosotros que es más que una suma de individualidades (1). Un pueblo se construye a través de experiencias que hermanan, donde se forjan vínculos de amistad social, se descubren las cosas en común y se aprende a soñar juntos. Ser pueblo “es formar parte de una identidad común hecha de lazos sociales y culturales”, lo que constituye la base para pensar en un proyecto colectivo, que promueva la dignidad de todos y todas, y que se haga realidad gracias al compromiso colectivo (2). En la fiesta por la vacuna, reconocí un potencial para caminar hacia ese horizonte.

No quiero pecar de excesivo optimismo, pues admito que son muchas las limitaciones para constituirnos en pueblo. El Perú es de los países con más alto índice de desconfianza entre ciudadanos, donde la precariedad de la vida y la violación de derechos fundamentales se trata con normalidad, donde prima una cultura que privilegia la acción individual por encima de la colectiva, y donde la clase política decepciona cada día más. Basta ver las voces mezquinas de quienes se andan quejando que 300 mil vacunas no son suficientes para que la esperanza se desinfle un poco. Sin embargo, el domingo pasado sentí que no éramos causa perdida, tal y como los profetas de calamidades nos quieren vender siempre. Cuando nos lo proponemos, podemos aspirar a ser un Perú nuevo, regenerado desde el encuentro jovial y el trabajo duro de quienes formamos parte de esta nación.

Quizás mi esperanza no es tan infundada. “Poner el hombro” es uno de los lemas que han acompañado la algarabía por la llegada de la vacuna. Es un llamado a que cada uno asuma su responsabilidad en esta lucha que es de todos, y en la que solo nos salvaremos trabajando juntos. En el fondo, la pandemia es una oportunidad de aprendizaje. Ojalá sepamos mirar más lejos y hacer de esa alegría por las vacunas un motivo para hacernos más hermanos, soñar juntos el Perú que queremos y poner el hombro para hacerlo realidad.


(1) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 77.
(2) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 157-158

miércoles, 20 de enero de 2021

RECURSOS PARA CREYENTES EN BÚSQUEDA

Fuente: Freepik

Constantemente, me encuentro con personas que están en búsqueda de recursos para alimentar su vida de fe, pero tienen poco tiempo por la carga laboral (especialmente demandante en tiempos de pandemia) o les cuesta encontrarse en los formatos y lenguajes que tradicionalmente asociamos a la formación religiosa. Si eres uno de esos creyentes en búsqueda, pero ocupados o insatisfechos, comparto esta lista de sitios web que suelo recomendar cuando alguien me consulta. Todos estan planteados desde una perspectiva cristiana catolica, interesada en dialogar constructivamente con la diversidad religiosa y el mundo complejo en que vivimos. 

Ojala los encuentren utiles y, por favor, si tienen otros recursos que les parecen valioso compartir, sugieránmelos en la sección de comentarios. Abierto a sus contribuciones para enriquecer esta lista.

Para orar

Rezando voy es una aplicación de los jesuitas de España, que, a modo de podcast, propone secuencias diarias para orar por 10-15 minutos. Para ello, conecta alguna de las lecturas bíblicas de la liturgia del día con experiencias de la vida cotidiana. Es ideal para quienes encuentran dificil concentrarse, pues consta de grabaciones que presentan la Palabra de Dios acompañada por música y preguntas para reflexionar. El ideal es separar un espacio del día para orar con la propuesta de Rezando voy. Pero como esto no siempre se puede, lo bueno de este recurso es que pueden escucharlo en algún tiempo vacío (como en el transporte público o durante una caminata larga). Aunque no puedan dedicarse de lleno a la oracion, se quedarán con algo resonando en su corazon o alguna pregunta para seguir reflexionando en el dia.  

 

Espacio sagrado es un recurso administrado por los jesuitas de Irlanda bastante similar al anterior. Quizás la diferencia está en que la secuencia siempre está basada en el Evangelio del día y que sigue un formato más tradicional de navegación. Quizás es más útil para quienes se sienten mas cómodos leyendo, que escuchando un audio.

 

Ejercicios espirituales en la vida diaria es un sitio de los jesuitas de Chile, que es ideal para quienes estan buscando profundizar en su experiencia de oración o se sienten insatisfechos y necesitan hacer un alto para examinar el camino recorrido. En breve, ofrece la posibilidad de seguir de manera virtual la experiencia de los Ejercicios Espirituales, que es una pedagogia espiritual creada por san Ignacio de Loyola para ayudarnos a examinar nuestras experiencias a la luz del amor de Dios y orientarnos en la toma de decisiones que nos conduzcan hacia una vida cristiana más plena. 


Para integrar fe y vida

Pastoral SJ es otra propuesta fantástica de los jesuitas de España. Su propósito es dar una mirada a la realidad desde la fe y las inquietudes de la gente joven. Los materiales, en verdad, ayudan a mostrar que la fe cristiana, aun habiendo acumulado un par de milenios de antigüedad, tiene una actualidad impresionante. Para ello, usa un abánico amplio de recursos que van desde artículos breves, videos, música, recomendaciones de películas o pautas para oracion personal y comunitaria.


Si son más de seguir Youtubers, estos canales pueden resultarles interesantes. Ellos y ella intentan conectar las inquietudes de hoy con la sabiduria cristiana, y explícitamente generan un diálogo con quienes no creen al modo cristiano, pero tienen un corazón sediento de trascendencia. 


Jose Maria Rodriguez Olaizola es jesuita español y uno de los motores de PastoralSJ y RezandoVoy.


Smdani es el pseudónimo de Dani Pajuelo, sacerdote español marianista. Es reconocido por sus entrevistas a otros youtubers no cristianos, donde intenta tender puentes y mostrar que la inquietud espiritual está en todos.


Xiskya Valladares es religiosa nicaragüense de la congregacion Pureza de María, conocida en el mundo digital como la "monja tuitera".


Para educar a los niños en la fe

Varios amigos de mi generacion ya empezaron a tener descendencia, por lo que también me he encontrado con la pregunta sobre cómo introducir a los niños y las niñas en la experiencia de fe. Sin ser experto en la materia, encuentro estos dos recursos grandiosos para sembrar dos aspectos claves para todo itinerario cristiano: el contacto con la Palabra de Dios como fuente de sabiduría para la vida y la oración como espacio de encuentro con Dios.


Valivan es un programa donde un fraile franciscano y una comunidad de marionetas atraviesan situaciones de la vida cotidiana de los niños. El fraile Valivan utiliza las parábolas de Jesús para ayudar a las marionetas a responder a los retos que enfrentan. Las narraciones de las parábolas son hermosas e ideales para enganchar a los niños. 


Rezando voy tiene su sección Infantil para ayudar a los padres a enseñarles a los pequeños de la casa cómo orar. 


Ojalá estos materiales sean de utilidad. Y si están en búsqueda de recursos para cultivar otras dimensiones de la fe, por favor, no duden en comentar.



domingo, 10 de enero de 2021

LÁMPARAS Y NO ESTRELLAS

Fuente: Frame Pool

“Si cada uno hiciera bien lo que le toca hacer, tendríamos un mundo más justo y fraterno”. Aunque para muchos esa sea una frase cliché, encuentro en ella una profunda sabiduría. A fines de noviembre, se la volví a escuchar a un joven profesional del Cusco durante un encuentro virtual de voluntariados universitarios. En ese momento, resonaba fuerte los ecos del estallido social en el Perú y la esperanza en la “generación del Bicentenario”. Sus palabras no eran vacías, sino estaban llenas de convicción y ejemplo. Nos contó que era parte de un equipo de jóvenes que había creado una consultora. Su granito de arena para construir un Perú mejor era realizar sus contratos con eficiencia, compromiso y transparencia, y negándose a ceder ante los mecanismos tan naturalizados de corrupción en el sector público.

Al escucharlo, me quedé pensando qué pasa que se hace tan difícil poner en práctica ese mínimo indispensable de hacer bien lo que le toca a cada uno. Aunque claramente hay varias formas de entrar a esa pregunta, me animo a lanzar una idea para alentar una conversación al respecto. Para mí, tiene que ver con que la cultura hoy nos orienta a ser estrellas, que destaquen por encima de los demás y que acumulen poder, dinero, fama, experiencias memorables y un largo etc. Si bien hay algo de legítimo en esta aspiración a ser más, también se corre algunos riesgos cuando solo nos mueve el deseo de ser visto. Las estrellas usan su luz interior para captar la atención de los demás y ser alabados por todos. El mundo virtual es un buen ejemplo de esta mentalidad. La meta es ser un influencer que acumula contactos, likes y comentarios.

¿Dónde está el peligro? En un mundo de estrellas, se contagia la tendencia a colocarse en un pedestal por encima de los otros y a creer que el prestigio personal obliga a los demás a girar a nuestro alrededor. Nos concebimos como objetos de culto y, por tanto, todo se orienta a alimentar nuestro ego. La consecuencia es el narcisismo, la incapacidad de mirar más allá de uno mismo. Y en el reino del egocentrismo abunda la indiferencia y el abuso. Es el triunfo de la lógica del sacar provecho del otro para favorecer los propios intereses. Es una mentalidad que termina dejando personas heridas por doquier, muchas veces paralizadas e indefensas, o resentidas y buscando revancha.

El planteamiento de aquel joven cusqueño, más bien, implica que nos concibamos como lámparas, que comparten su luz para que otros puedan ver. Es vivir enraizado en la convicción que la misión -esa razón por la cual estamos en el mundo y que orienta la vida personal- es estar al servicio de los demás. No se trata de brillar para el goce individual, sino de ser medio para el crecimiento de los demás. En pocas palabras, usar el propio talento para que otros talentos brillen. En oposición al egocentrismo de las estrellas, el ser lámpara es practicar la humildad que nos libera de las ambiciones mundanas y la falsa seguridad que da acumular prestigio, poder o tantas otras cosas. Es convencerse de que es mejor comprometerse fielmente en lo poco y en lo cotidiano, en lo que uno tiene delante y que puede hacer bien.

Si aspiramos a marcar una diferencia en el mundo, el camino no es buscar reflectores para que todos nos miren, escuchen o toquen. Más bien, lo que nos conduce a ese horizonte es asumirnos como obreros comprometidos con la labor cotidiana de cuidar a las personas que nos rodean y asumir con seriedad y dedicación nuestras tareas como miembros de las comunidades e instituciones a las que pertenecemos. El servicio nunca es ideológico, como enseña el papa Francisco, porque se sirve a personas, no a ideas o a nuestro propio ego. Vivir como lámparas nos abre a la “verdadera sabiduría” que supera el narcisismo para abrirse al encuentro con la realidad, a sentarse a escuchar al otro y acogerlo como nuestro  hermano (1).

Qué duda cabe, necesitamos crecer en una mentalidad donde seamos más lámparas que estrellas. Solo así el mundo podrá ser lo que debe ser. En esta tarea, los cristianos tenemos una responsabilidad. Jesús nos enseña que aquel que quiera llegar a ser grande no debe dominar ni oprimir, sino ser servidor de todos (Mateo 20, 25-27). Al mirar la vida de Jesús descubrimos que estas no fueron palabras vacías, sino que, como el joven cusqueño y tantos otros héroes cotidianos, se la jugó en ser lámpara y no estrella. Aquel a quien los cristianos confesamos como “el nombre que está sobre todo nombre”, lo es porque “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo y se hizo semejante a los seres humanos” (Filipenses 2, 7.8). Que nuestra fe en Jesús, el servidor de todos y todas, nos inspire a encarnar una espiritualidad de lámparas en un mundo sombrío y cerrado, tan necesitado de luz y encuentros.  

(1) Papa Francisco, carta encíclica Fratelli Tutti, n. 47-48.